Nuestro itinerario cuaresmal nos presenta hoy una oración suplicante del profeta Daniel, que tenía muy claro el motivo por el que Jerusalén había caído en la ruina.
“Señor Dios nuestro (…), nosotros hemos pecado y actuado injustamente. Señor, por tu infinita justicia, retira tu cólera enfurecida de Jerusalén, tu ciudad y monte santo; pues por nuestros pecados y por los crímenes de nuestros antepasados, Jerusalén y tu pueblo son la burla de cuantos nos rodean. Y ahora, Dios nuestro, escucha la oración y las súplicas de tu siervo y mira con buenos ojos tu santuario arruinado, ¡por tu honor, Señor! Inclina, Dios mío, tu oído y escucha; abre tus ojos y mira nuestra desolación y la ciudad en la que se invoca tu nombre, pues nuestras súplicas no se fundan en nuestra justicia, sino en tu gran misericordia. ¡Señor, escucha! ¡Señor, perdona! ¡Señor, atiende y actúa sin tardanza! ¡Por tu honor, Dios mío, pues tu nombre se invoca en tu ciudad y en tu pueblo!” (Dan 9,15-19).
