Hoy, en el cuarto día de nuestro itinerario cuaresmal, el Señor, por medio del profeta Isaías, insiste una vez más en la importancia de actuar justamente con el prójimo y de cumplir sus mandamientos. Si lo hacemos, la verdadera paz podrá entrar en nuestra alma y sucederá tal y como nos asegura la lectura:
«Serás como huerto bien regado y como manantial perenne cuyas aguas jamás faltarán (…). Entonces tendrás tus delicias en el Señor y yo te elevaré sobre toda terrena altura» (Is 58,11b.14a).
En efecto, solo la recta conducta y el cumplimiento de los mandamientos de Dios traen la verdadera paz al hombre y le capacitan para convertirse, a su vez, en «instrumento de paz». Si vivimos en la gracia de Dios —o, en palabras del profeta Isaías, si somos un «huerto bien regado»—, entonces también daremos buenos frutos. En cambio, ¿cómo podría haber paz si, a causa del pecado, vivimos en contradicción interior y en oposición a Dios? Por eso, el llamado a la conversión siempre es prioritario, ya sea que nos hayamos desviado totalmente del camino, que no conozcamos a Dios o que hayamos descuidado el seguimiento de Cristo y no hayamos respondido lo suficiente a la gracia que se nos ha confiado.
