¡Cuán ricas son las historias de los santos, que nos hacen conocer a personas que vivieron su fe hasta las últimas consecuencias y siguieron con total convicción a Nuestro Señor! Sin duda, muchas de ellas nos muestran una radicalidad que podría asustarnos. Como decía san Francisco de Sales, algunos santos son más para admirar que para imitar. Sin embargo, hay algo que siempre debemos tener presente y de lo que cada uno de ellos daría fe: fue la gracia de nuestro Padre celestial la que los hizo capaces de realizar cosas extraordinarias. Ya se trate de los incansables misioneros que no escatimaron esfuerzos para anunciar el Evangelio hasta los confines de la Tierra, o de aquellos santos que practicaron las obras de misericordia hasta la total abnegación de sí mismos, o de aquellos monjes que vivieron la vida monástica con gran disciplina y ascetismo y contribuyeron a la edificación de la Iglesia.
Pero tampoco podemos olvidar a tantos otros que, de forma más discreta pero no menos fructífera, sirvieron a Dios en el heroico cumplimiento de sus deberes de estado. Siempre fue la santa presencia del Señor la que los modeló y santificó. En este sentido, la vida de cada santo es también un mensaje de Cristo dirigido a nosotros, que nos exhorta a recorrer el camino que Dios ha trazado para nosotros y nos anima a responder al llamado universal a la santidad.
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