MIÉRCOLES DE LA OCTAVA DE PASCUA: “¡Es el Señor!”

«Muchachos, ¿tenéis algo de comer?» (Jn 21,5).

Así se dirigió Jesús a sus discípulos cuando se les apareció por tercera vez a orillas del mar de Tiberíades. Una vez más, no lo reconocieron de inmediato, pero, en esta ocasión, Jesús encontró una nueva forma de revelarse para que pudieran entenderlo fácilmente. De hecho, la mayoría de los apóstoles eran pescadores a quienes Jesús había elegido para que se convirtieran en pescadores de hombres (Mt 4,18-20).

Pero primero debían asimilar que su Señor verdaderamente había resucitado de entre los muertos. Esa nueva realidad debía calar hondo en ellos, pues posteriormente tendrían que portar al mundo entero el mensaje de su Resurrección. No podía quedarles ninguna duda y sus ojos debían abrirse por completo.

«Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis» (Jn 21,6), les dijo. La asombrosa cantidad de peces que entonces pescaron fue motivo suficiente para que Juan reconociera a Jesús. Él, con su mirada llena de amor hacia el Señor, fue el primero en reconocerlo.

«¡Es el Señor!», le dijo a Pedro (v. 7). Estas palabras lo contenían todo: la alegría y el alivio de reconocerlo, todo su amor por Jesús, su Maestro y Señor, la esperanza y la gratitud…

«¡Es el Señor!»

¡Con qué profundidad pueden y deben brotar estas palabras de nuestro corazón cuando, gracias a la luz que Dios nos concede, comprendemos ciertas situaciones que hasta entonces no habíamos podido captar debidamente!

«¡Es el Señor!»

Por la palabra del Resucitado se produjo una pesca milagrosa. Sin duda, los discípulos recordarían que ya habían presenciado un acontecimiento similar en otra ocasión, tal y como relata el Evangelio de San Lucas. En aquella ocasión, Jesús le había dicho a Pedro: «‘Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar’. Simón le respondió: ‘Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, en tu palabra, echaré las redes’. Y, haciéndolo así, pescaron gran cantidad de peces, de modo que las redes amenazaban romperse» (Lc 5,4-6).

Ahora, los discípulos sacaron a tierra ciento cincuenta y tres peces: una pesca sobreabundante (Jn 21,11).

Entretanto, Jesús ya había encendido un fuego, asado un pescado y preparado pan (v. 9). ¡Con qué gesto tan delicado y con qué atención consentía a sus discípulos!

«Traed algunos de los peces que habéis pescado ahora», les dice Jesús (v. 10), y los invita: «¡Venid a comer!» (v. 12).

Ahora podía comenzar un banquete de alegría, tal y como ya lo habían experimentado con Él. Sin embargo, esta vez era distinto: estaba en medio de ellos el Señor Resucitado, el Vencedor que salió de la tumba tras haber triunfado sobre la muerte y el diablo. Los discípulos sabían que era el mismo Señor, pero primero tenía que surgir una nueva familiaridad entre ellos. Jesús les allanó el camino para facilitarlo, retomando las costumbres que ya conocían de Él cuando vivía entre ellos.

«¡Es el Señor!»

Sí, oh discípulos, es el mismo Señor, pero ahora con el cuerpo glorioso que todos recibiremos tras nuestra muerte si permanecemos fieles a Él hasta el final.

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Meditación sobre la lectura del día: https://es.elijamission.net/11140-2/

Meditación sobre el evangelio del día: https://es.elijamission.net/el-resucitado-se-revela/

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