nos encomendamos enteramente y sin reservas,
pues Tú eres nuestro amado y amantísimo Padre.
Coloco estas palabras como inicio de la novena a Dios Padre que hoy iniciamos, porque es así como nosotros, los hombres, deberíamos vivir.
Si lo hiciéramos realidad, Amado Padre, ¡cuán distintas serían las cosas! Los hombres despertaríamos a la realidad, y Tú, Amado Padre, podrías concedernos todo aquello que has previsto para nosotros. Tu Corazón podría reposar en el nuestro y nosotros, ofrecerte una morada.
