Parte II: Figuras anticristianas y el último Anticristo

Parte II: Figuras anticristianas y el último Anticristo

Como mencionamos ayer en la introducción a esta serie, las Sagradas Escrituras no solo hablan del «Anticristo» en singular, sino también de «muchos anticristos». Al final de la meditación de ayer, hablé del «espíritu anticristiano», que debemos aprender a identificar dondequiera que se manifieste e intente confundir a las personas con su perniciosa influencia.

El «anticristo interior»

Algunos autores que han estudiado este tema también hablan de un «anticristo interior» que habita en cada uno de nosotros. Esto es cierto en el sentido de que la tentación de oponerse a Dios anida en nuestro interior y debemos aprender a rechazarla y, si es posible, incluso a vencerla. Resulta fácil entenderlo si tenemos presente que el «espíritu anticristiano» es el espíritu de Lucifer, que intenta ejercer su influencia por doquier, ya sea confundiendo a las personas desde dentro o influyendo en ellas de muchas formas externas. El objetivo sigue siendo el mismo: los poderes de las tinieblas quieren dominar a las personas y rivalizar así con el reinado de Cristo. Para luchar contra ese «anticristo interior», debemos recurrir a todas las armas espirituales que forman parte del equipamiento básico en el seguimiento de Cristo, que abordaremos más adelante.

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LA AMENAZA ANTICRISTIANA Y CÓMO AFRONTARLA Parte I: Introducción al tema

Observaciones preliminares

Tras haber profundizado recientemente en el tema del autoengaño y en algunos engaños comunes en el mundo y en la Iglesia, conviene iniciar ahora una serie de meditaciones sobre el Anticristo y el espíritu en el que éste actuará. Ya he abordado este tema en varias publicaciones y, en el año 2020, escribí una serie de reflexiones que ahora me servirán de base. Este tema cobra cada vez más relevancia, ya que el espíritu anticristiano está actuando de forma masiva en el mundo y, entretanto, incluso en la Iglesia. Algunos podrían objetar que sería mejor centrarse en los aspectos positivos del Evangelio. Sin embargo, una cosa no excluye la otra. La Sagrada Escritura habla con bastante frecuencia de Satanás y de la influencia de los poderes hostiles a Dios, y exhorta a los fieles a estar preparados para el combate espiritual. Por tanto, no se puede pasar por alto estos temas. Lo importante es no abordarlos de forma sensacionalista y no despertar una fascinación malsana por lo oscuro.

Quienes prefieran escuchar una meditación sobre la lectura o el evangelio del día, encontrarán los respectivos enlaces al final del texto. Quisiera recalcar que algunas de estas meditaciones fueron escritas hace varios años, por lo que quizá a veces hagan referencia a temas que hoy en día ya no sean actuales.

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San Buenaventura: el Doctor Seráfico

Una de las estrellas que brillan en el firmamento de la Iglesia, como podríamos definir a los santos, es San Buenaventura. En el calendario tradicional, su fiesta se celebra el 14 de julio; en el nuevo rito, un día más tarde.

Buenaventura poseía grandes dotes intelectuales y supo ponerlas enteramente al servicio del Reino de Dios. Nació hacia el año 1221 en Bagnoregio (Italia) y murió el 15 de julio de 1274 en Lyon (Francia). De nuestro santo puede decirse que era un escriba que brillaba como el sol (cf. Mt 13,43). Debido a su ardiente amor al Señor, se lo llamó el “Doctor Seráfico”.

Se cuenta que, cuando Buenaventura era niño, fue curado por Dios gracias a una bendición que le dio San Francisco de Asís. Según esta misma fuente, también su nombre se lo habría dado este santo. Cuando su madre llevó al niño curado donde el moribundo Francisco, éste habría exclamado: “¡Oh, buena ventura!” Así, posteriormente su nombre religioso como franciscano fue: Buenaventura.

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San Juan Gualberto: Fundador de la Orden de Vallombrosa

¡Qué flores tan maravillosas crecen en el jardín de Dios! Nunca podremos admirarlas lo suficiente si las entendemos como las vidas de los santos que nos han sido legadas. De hecho, la Iglesia goza de una gran riqueza de santos y cada una de sus vidas, así como de sus muertes, nos relata la historia del amor de Dios hacia aquellos hijos suyos que decidieron seguir sus caminos. Sin embargo, algunos no lo hicieron desde el principio.

Así sucedió con san Juan Gualberto.

Nació en Florencia en el año 985 en el seno de una familia noble. Desde su juventud, estaba destinado al servicio militar. Su padre, un guerrero, educó a aquel muchacho tan vivaz en las bellas artes y cultivó en él la conciencia de la dignidad y el honor de un guerrero. Sin embargo, no se menciona nada acerca de una educación en la religiosidad y la virtud cristiana.

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Envía a tus profetas

Is 6,1-8

El año de la muerte del rey Ozías vi al Señor sentado en un trono excelso y elevado, y sus haldas llenaban el templo. Unos serafines se mantenían erguidos por encima de él; cada uno tenía seis alas: con un par se cubrían la faz, con otro par se cubrían los pies, y con el otro par aleteaban. Uno a otro se gritaban: “Santo, santo, santo, Yahvé Sebaot: llena está toda la tierra de su gloria.” 

Se conmovieron los quicios y los dinteles a la voz de los que clamaban, y el templo se llenó de humo. Yo me dije: “¡Ay de mí, estoy perdido, pues soy un hombre de labios impuros y vivo entre gente de labios impuros; y he visto con mis propios ojos al rey Yahvé Sebaot!” Entonces voló hacia mí uno de los serafines con una brasa en la mano, que con las tenazas había tomado de sobre el altar, y tocó mi boca diciendo: “Como esto ha tocado tus labios, se ha retirado tu culpa, tu pecado está expiado.” Y percibí la voz del Señor que decía: “¿A quién enviaré?, ¿quién irá de nuestra parte?” Dije: “Yo mismo: envíame.” leer más

Astutos como serpientes y mansos como palomas

Mt 10,16-23

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: “Mirad que os envío como a ovejas en medio de lobos: sed, pues, astutos como serpientes y mansos como palomas. Cuidaos de los hombres, porque os entregarán a los tribunales y os azotarán en las sinagogas. A causa de mí, seréis llevados ante gobernadores y reyes, para dar testimonio delante de ellos y de los paganos. Cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo vais a hablar o qué vais a decir: lo que debáis decir se os dará a conocer en ese momento, porque no seréis vosotros los que hablaréis, sino que el Espíritu de vuestro Padre hablará en vosotros. El hermano entregará a su hermano para que sea condenado a muerte, y el padre a su hijo; los hijos se rebelarán contra sus padres y los harán morir. Vosotros seréis odiados por todos a causa de mi Nombre, pero aquel que persevere hasta el fin se salvará. Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra, y si os persiguen en esta, huid a una tercera. Os aseguro que no acabaréis de recorrer las ciudades de Israel, antes de que llegue el Hijo del hombre.”

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GRANDES ENGAÑOS: “Engaños en la Iglesia”  

Hoy concluimos la serie sobre los «grandes engaños». En las meditaciones anteriores, he señalado repetidamente que el autoengaño empaña la luz del discernimiento espiritual. Así, uno se vuelve más propenso a caer en los engaños que se nos presentan en el mundo e incluso en la Iglesia.

Ayer mencioné que la superación del autoengaño no solo es importante en el ámbito personal y para nuestro testimonio cristiano, sino también para hacer frente a los engaños de un anticristo. Si nos volvemos ciegos espiritualmente, no estaremos preparados para resistir. También sobre el tema del Anticristo recomiendo escuchar esta conferencia que he preparado al respecto: https://www.youtube.com/watch?v=xzGrEYm-kfA

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GRANDES ENGAÑOS: “Un grave engaño en el año 2020”  

En la meditación de ayer, hablamos del peligro de que, si permanecemos atrapados en un autoengaño y no logramos salir de él, nuestro discernimiento espiritual puede verse empañado, de manera que ya no seamos capaces de reconocer con claridad los engaños en el mundo o en la Iglesia que, en realidad, deberíamos detectar fácilmente gracias a nuestra fe católica. Hay que tener en cuenta que, por lo general, no se trata de meros errores humanos, sino que, en cuestiones tan importantes como las mencionadas ayer, es el «padre de la mentira» quien actúa detrás y no escatima esfuerzos para apartar a los hombres del camino de la salvación o, al menos, dificultarlo.

El engaño del que hablaré hoy afecta tanto al mundo como a la Iglesia. En este contexto, me gustaría señalar que ya he tratado a fondo este tema en varias publicaciones disponibles en mi página web. En en el marco de esta meditación, me limitaré a tratarlo en relación con el autoengaño y los grandes engaños. Dada su importancia, recomiendo encarecidamente leer los artículos más detallados en los siguientes enlaces:

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El autoengaño (IV): Consecuencias del autoengaño a la hora de reconocer y defender la verdad  

Consecuencias del autoengaño a la hora de reconocer y defender la verdad

El autoengaño, sobre el que hemos reflexionado en las tres últimas meditaciones, puede repercutir negativamente en el discernimiento de los espíritus en general. Ya en el ámbito natural, podemos observar que, cuando las personas sobreestiman sus capacidades, pasan por alto sus debilidades y no aceptan ciertas limitaciones, su visión para juzgar correctamente las cosas se ve empañada e, incluso, puede desaparecer por completo. Están cegadas por una imagen errónea de sí mismas.

Al igual que les cuesta verse a sí mismas tal y como son, también resulta difícil que vean a los demás y las cosas y circunstancias que se presentan con una mirada sobria y clara.

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“El autoengaño (III)”        

En lo que respecta al autoengaño, ya hemos señalado que se trata de un estado peligroso que, además, puede hacernos más propensos a caer en los engaños presentes en el mundo y en la Iglesia. Antes de profundizar en ello mañana, me gustaría explicar primero qué otras circunstancias pueden propiciar que caigamos en un autoengaño.

Debemos tener en cuenta que, en no pocos casos, la ceguera frente a uno mismo también está condicionada por heridas emocionales. Por ejemplo, una persona a la que su padre haya corregido con excesiva severidad o incluso maltratado físicamente por cada falta cometida, tendrá más dificultades para reconocer a Dios como un Padre amoroso ante el que pueda abrirse sin temor y confesarle sinceramente sus errores y pecados.

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