PARTE IV: Fiel hasta la muerte   

ESCENA 15

AMBROSIO: Hermanos míos, ¿recordáis lo que en la parábola le dijo Abraham al rico epulón? “Si no creen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán aunque uno resucite de entre los muertos” (Lc 16,31). Pues bien, sucedió exactamente así cuando Claudio hubo resucitado. Aquella generación, que no había creído el elocuente testimonio de tantos mártires, tampoco al ver este potente signo se convirtió de sus malas obras ni dio la gloria al Dios del cielo (Ap 16,9.11). Antes bien, así como en su tiempo los fariseos quisieron aniquilar el testimonio del Lázaro a quien Jesús hubo resucitado, los sacerdotes de los ídolos enviaron a Claudio al destierro, para silenciar este viviente testimonio a favor de Cristo. Su padre Minucio Rufo, Prefecto y Supremo Juez de Roma, al ver tan grande milagro, quiso una vez más salvar a Inés; pero temió la cólera del pueblo y abdicó su autoridad en manos de su representante, por nombre Aspasiano.

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PARTE III: Intacta en su pureza   

ESCENA 12

PREFECTO MINUCIO RUFO: Hoy abro la última sesión de este proceso, para anunciar pública y solemnemente la sentencia contra la acusada. ¡Levántate, acusada, para escuchar el dictamen de la Suprema Corte de Justicia de Roma! En nombre del Augusto Emperador, de la santa Ciudad de Roma y del pueblo romano. En su duodécimo año de vida, la virgen Inés, hija del patricio Honorio Plácido y su esposa Laurencia, ha sido acusada de alta traición y de blasfemia. Después de haber investigado los hechos y examinado justa e imparcialmente a la persona de la acusada en sus actos y omisiones, ponderando el grado de su responsabilidad y el peso de sus propias declaraciones, dictamos la siguiente sentencia: La acusada es hallada culpable de blasfemia. Aunque la acusada afirme que renunciar a nuestros dioses no necesariamente implica blasfemar contra ellos, es evidente que la fe en los dioses resulta del todo incompatible con la doctrina cristiana. Por tanto, la sentencia contra la virgen Inés, acusada y condenada por blasfemia contra los dioses, es: a perpetuidad el trabajo forzado más despreciable, en un burdel del más bajo nivel.

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PARTE II: Firme en la tribulación   

ESCENA 7

CLAUDIO (en la Corte Suprema de Justicia): Vengo a poner una denuncia pública contra la virgen Inés, hija del patricio Honorio Plácido y su esposa Laurencia. Los cargos que presento contra ella son blasfemia y alta traición. Para evitar una fuga, solicito inmediata aprehensión de la acusada.

AMBROSIO (en la homilía): Fue así como la pequeña Inés, contando apenas 12 años de vida, fue encadenada y encerrada en un calabozo… En la prisión y en el proceso, la doncella demostró que verdaderamente pertenecía al séquito del Cordero, no solo habiendo preservado a todo precio su virginidad, sino también en cuanto que “no se halló mentira en su boca” y la veracidad resplandecía en cada una de sus palabras.

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En la escuela de los padres del desierto (IV): “El combate por la pureza”

Durante las tres últimas meditaciones, desarrollamos un consejo indirecto que nos da San Antonio Abad, un sabio padre del desierto. En este contexto, reflexionamos sobre el combate en lo que escuchamos, hablamos y miramos, y vimos cuán necesario es colocar estos importantes ámbitos de la vida humana bajo el dominio de Dios y defenderlos contra múltiples ataques.

“El que está sentado en el desierto y procura tener el corazón calmado, ha quedado a salvo de tres combates: el de la escucha, el del habla y el de la vista. Sólo le queda un combate por librar: la lucha contra la impureza.”

Entonces, nos queda ahora por tratar la lucha contra la impureza, que es uno de los combates más difíciles para el hombre. No sólo se refiere a la impureza a nivel corporal; sino también a las inclinaciones desordenadas a nivel espiritual y psicológico. Pero en esta ocasión nos enfocaremos en la dimensión corporal.

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En la escuela de los padres del desierto (III): “El combate en lo que miramos”

Retomemos una vez más la meditación de estas palabras de San Antonio Abad:

“El que está sentado en el desierto y procura tener el corazón calmado, ha quedado a salvo de tres combates: el de la escucha, el del habla y el de la vista. Sólo le queda un combate por librar: la lucha contra la impureza.”

Los dos últimos días, habíamos reflexionado acerca del combate contra lo que escuchamos y contra lo que hablamos. Hoy nos dedicaremos a la lucha en relación con lo que miramos.

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En la escuela de los padres del desierto (II): “El combate en lo que hablamos”

En la meditación de hoy, continuamos con el tema que habíamos iniciado ayer, en la memoria de San Antonio Abad. Volvamos a escuchar las palabras de este padre del desierto, para seguir describiendo el combate que los cristianos estamos llamados a librar:

“El que está sentado en el desierto y procura tener el corazón calmado, ha quedado a salvo de tres combates: el de la escucha, el del habla y el de la vista. Sólo le queda un combate por librar: la lucha contra la impureza.”

Ayer habíamos reflexionado acerca de la escucha; hoy meditaremos sobre el combate en el hablar. San Antonio, estando en el desierto, aprendió a callar. Pero, conforme a sus palabras, también cultivaba una calma en el corazón, con lo cual se refiere a un recogimiento interior, una paz que va creciendo conforme vivamos en un diálogo confiado con Dios y nos enfoquemos totalmente en Él.

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En la escuela de los padres del desierto (I): “El combate en lo que escuchamos”

Ef 6,10-13.18

Lectura correspondiente a la memoria de San Antonio Abad

Hermanos, fortaleceos por medio del Señor, de su fuerza poderosa. Revestíos de las armas de Dios para poder resistir a las acechanzas del diablo. Porque nuestra lucha no va dirigida contra simples seres humanos, sino contra los principados, las potestades, los dominadores de este mundo tenebroso y los espíritus del mal que están en el aire. Por eso, tomad las armas de Dios, para que podáis resistir en el día funesto; y manteneros firmes después de haber vencido todo. Manteneos siempre en la oración y en la súplica, orando en toda ocasión por medio del Espíritu, velando juntos con perseverancia e intercediendo por todos los santos.

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Los protomártires franciscanos

San Francisco había enviado a seis de sus frailes a predicar el Evangelio en tierras de sarracenos. Él mismo había intentado convertir al sultán de Egipto, pero no lo consiguió.

El superior de los seis misioneros enfermó, por lo que los cinco restantes partieron hacia España. Se llamaban Berardo, Otón, Pedro, Acursio y Adyuto. Su misión era anunciar el mensaje de Cristo a los musulmanes que vivían en España. Su primer destino fue Sevilla, que por entonces estaba bajo dominio musulmán, al igual que todo el sur de la península ibérica.

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San Elredo de Rievaulx: Un ardiente abad cisterciense

Tras la serie de meditaciones sobre la Epístola de Santiago, me gustaría retomar algo que empecé el año pasado: presentar la vida de algunos santos.

El santo de hoy, San Elredo, nació en Hexham (Inglaterra) en 1109. Sus padres, reconocidos en el mundo por su origen noble, se preocuparon especialmente por su educación. En su juventud, Elredo gozó de una amplia formación clásica en el monasterio benedictino de Durham. En la época del rey David I (1124-1153), vivió en la corte real escocesa: primero, como compañero de los príncipes de Escocia y, posteriormente, como economista.

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