Flavia Elena Augusta

La meditación de hoy queremos dedicársela a Santa Elena, Emperatriz y madre del Emperador Constantino. El 18 de agosto es considerado el día de su muerte, por lo que en esta fecha suele celebrarse su memoria en la Iglesia Católica.

En lugar de tomar una lectura bíblica, iniciaremos esta meditación con unas palabras del cántico del Magníficat:

El Señor “derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes” (Lc 1,52).

Elena, la gran emperatriz que jugó un rol tan importante en la difusión del cristianismo, nació en una familia pobre y pagana en Bitinia (Asia Menor), hacia mediados del siglo III.

En su adolescencia y juventud trabajaba como posadera, y fue allí donde se encontró con un famoso general del ejército romano, llamado Constancio, que la tomó por esposa, a pesar de su diferencia de rango. Elena siguió siendo sencilla y modesta, no obstante la alta posición que gozó a partir de entonces. Hacia el año 274, Elena dio a luz a su único hijo, a quien conocemos como Constantino el Grande.

leer más

Santa Radegunda de Turingia

Existe una gran variedad de santos sobre los que se podría hablar y, cada vez que se leen sus historias, resulta conmovedor percibir cómo la gracia de Dios transforma a una persona y la lleva más allá de sí misma.

Los santos nos muestran lo que se puede lograr cuando se escucha el llamado de Dios y se le sigue. No debemos pensar que ellos no tuvieron que librar combates en los que experimentaron su propia debilidad. Sin embargo, se aferraron a Dios y así Él pudo guiarlos y glorificarse en ellos. Resulta particularmente conmovedor cuando una persona que ocupa una alta posición social se siente tan atraída por la fe que no tiene reparos en prestar los servicios más sencillos —y a menudo tan difíciles— en favor del prójimo. La reina santa Radegunda recorrió ese camino de humildad y se convirtió en un modelo a seguir para muchos otros nobles, que imitaron su seguimiento de Cristo y la entrega de su vida.

leer más

MEDITACIONES MARIANAS: “María: Esposa del Espíritu Santo”  

Amada Virgen: ¡Cuántas manifestaciones del amor resplandecen en ti!

En relación con el Padre, te vemos como una amorosa hija; para el Hijo eres madre y discípula; al Espíritu Santo te une un amor esponsal.

Si ya aquí, en nuestra realidad terrenal, nos conmueve el tierno amor de una esposa humana, y podemos observar cómo ella florece y le dirige todo su corazón y su atención a su esposo, ¡cuánto más sucede así contigo, siendo así que tu Esposo es el Espíritu Santo mismo!

Esposa del Espíritu Santo… ¡Cuánto misterio envuelve a este título!

leer más

MEDITACIONES MARIANAS: “María: Madre del Hijo”  

¡Cuán excelsa es la elección que te fue concedida, amada Madre de nuestro Señor Jesucristo!

Con asombro constatamos que no sólo te fue confiado el mismo Hijo de Dios; sino también todos aquellos que le pertenecen y entonan el cántico de los redimidos (cf. Ap 14,3). Y más aún: tú eres Madre de todos los hombres, y te conviertes en luz y consuelo para los que retornan a casa.

Muchas personas acuden llenas de confianza a ti y apelan a tu Corazón de Madre, porque entienden que tu Hijo divino escucha tus súplicas.

En ti, la compasión maternal ante las necesidades terrenales de tus hijos va de la mano con la preocupación por la salvación de sus almas.

leer más

MEDITACIONES MARIANAS: “María: Hija del Padre”  

¿Podría uno imaginar una hija del Padre Celestial más encantadora que tú, amada Virgen María?

Una hija que embelesa tanto a su Padre que Él le confía lo más precioso: su amado Hijo.

No, no puede haber alguien que se te iguale.

Tú eres aquella a la que el Señor ha elegido. Sólo Dios, el Santo, conoce toda tu belleza, con la que Él mismo te adornó; y sabe con cuánta alegría y ternura colmaste Su Corazón, viéndote en el esplendor de Su gracia.

Tota pulchra… ¡Toda hermosa eres, oh Hija del Padre!

En ti resplandece sin mancha la belleza del primer día, cuando Dios nos creó a Su imagen.

leer más

VIDAS DE SANTOS: “Santa Susana, mártir”

En una época en la que, lamentablemente, la confusión moral prolifera en el mundo y ni siquiera se detiene ante nuestra Santa Iglesia, de modo que muchas personas se han apartado del camino de la virtud o ni siquiera lo han emprendido, es importante no olvidar a los santos, en particular a los de la Iglesia primitiva, que nos ofrecen un brillante ejemplo de castidad.

Estos santos, que dieron su vida para preservar su castidad, no solo hicieron brillar su luz en medio de la oscuridad de su época, sino que obtuvieron de Dios una gran gracia para la Iglesia de todos los tiempos. Son un vivo recuerdo y un ejemplo de cuán importante es anteponer los preceptos de Dios a todo lo demás.

Una de estas mujeres radiantes es santa Susana. No se trata de aquella Susana del Antiguo Testamento, en la que quizá pensemos en primer lugar al escuchar este nombre, a la que Dios salvó de la muerte y devolvió su honor ante todo el pueblo por medio de Daniel. No, la santa de hoy es Susana de Roma.

leer más

VIDAS DE SANTOS: “Fiel hasta la muerte: El beato John Felton, mártir”

El santo que conoceremos hoy —y no me refiero a Santo Domingo de Guzmán— nos traslada a Inglaterra en una época de grandes tensiones políticas. Bajo el reinado de Enrique VIII comenzó un período particularmente difícil para los católicos que querían permanecer fieles a su fe.

Enrique VIII había subido al trono de su padre en 1509, a la edad de 17 años. Al principio, sus súbditos estaban entusiasmados, ya que el joven rey parecía destacar positivamente en comparación con su padre. Sin embargo, con el paso de los años, fue instaurando un régimen opresivo. Luego se produjo la fatal ruptura con la Iglesia Católica. El rey quería separarse de su esposa, Catalina de Aragón, que no le había dado un heredero al trono, y anular su matrimonio para desposarse con otra mujer. Pero el papa no dio su consentimiento a tal pretensión. Su pasión por aquella mujer, Ana Bolena, era tan grande que optó por la ruptura con Roma. En 1543, Enrique y Ana Bolena fueron excomulgados por el Papa. Ese mismo año, Enrique se autoproclamó «jefe supremo en la tierra de la Iglesia de Inglaterra». Así nació el anglicanismo.

leer más

Fiesta de Dios Padre: “El Padre de toda la humanidad”

A través de las meditaciones de los últimos días, hemos tenido la oportunidad de encontrarnos más de cerca con Dios Padre. A veces las experiencias negativas que hayamos podido tener en nuestra vida nos impiden reconocer la verdadera imagen de Dios, por ejemplo, si la relación con nuestro padre biológico ha sido más bien problemática. Sin embargo, uno no debe quedar atrapado en estas experiencias, sino que entonces se vuelve aún más necesario descubrir a Dios como nuestro amoroso Padre, capaz de sanar nuestras heridas y llenar consigo mismo cualquier vacío interior.

Como habíamos mencionado al inicio de la novena, esta Fiesta a Dios Padre como Padre de toda la humanidad responde a una petición que Él mismo transmitió a través de la Madre Eugenia Ravasio. Sólo la jerarquía eclesiástica puede instaurarla como fiesta oficial en el calendario litúrgico; pero, hasta que eso suceda, los sacerdotes que se unen a esta intención podrían celebrar en este día una Misa votiva a la Santísima Trinidad, particularmente dedicada al Padre Celestial.

leer más

Novena a Dios Padre – Día 9 – Al servicio del amor del Padre

Esta novena que hoy culminamos tenía como objetivo mostrarnos más de cerca el amor del Padre, para que podamos experimentarlo como fuente de nuestra alegría. Durante estos nueve días, hemos sido invitados a profundizar nuestra confianza en Dios, a glorificarlo y a amarlo, entrando en una íntima amistad con Él.

 

La dicha de Dios es estar en medio de nosotros, los hombres. Y esto cuenta para cada persona en particular.

Lamentablemente, son muchos los que aún no conocen a su Padre Celestial, y a nosotros, los cristianos, generalmente nos falta vivir en una relación de plena confianza en Él. ¡Pero qué riqueza adquiere la vida cuando empezamos a descubrir en todas partes el amor de nuestro Padre, cuando nos sabemos protegidos por Él, cuando percibimos cómo su amor obra en nosotros y nos conduce por el camino de la perfección!

Dios quiere que aquellos que ya lo conocen vivan en una relación cada vez más íntima con Él. Así podrán comprender con creciente claridad sus deseos, que brotan del Corazón de un Padre que está sediento de sus hijos y quiere colmarlos de su riqueza.

Es sencillo comprender que el Padre invite a aquellos que ya han comenzado a amarlo, a buscar junto a Él a los que todavía están perdidos.

En el Mensaje a la Madre Eugenia Ravasio, nuestro Padre menciona su deseo de que los justos –es decir, aquellos que intentan vivir conforme a sus mandamientos– muestren aún más fervor en ayudar a que las personas encuentren la fe en Dios. En dicho Mensaje, el Padre nos pide que vayamos hacia las personas para dar testimonio de su amor, pues si ellas supieran cómo Él es en verdad y con cuánta ternura ama a sus hijos, los corazones de muchos se volverían más fácilmente hacia Él.

Tanto para nuestra vida personal como para el apostolado es esencial que nosotros mismos despertemos plenamente al amor de nuestro Padre y nos dejemos llenar por él. Entonces podremos mostrar a los hombres de forma más convincente cómo es Dios en verdad.

Dios anhela a todos los pueblos, y de forma especial al Pueblo que Él se escogió como primicia y que hasta el día de hoy, al menos en su mayoría, no ha reconocido a su Mesías.

Hay tantas maneras de llegar a las personas hoy en día: caminos directos y caminos indirectos.

Nuestro Padre está en busca de almas que se pongan al servicio de su amor sin reservas. De manera particular, llama a aquellos que, por su misma consagración, han entrado en una relación especial de amor con Él. Son precisamente estos “hijos de su amor” en los que Dios quiere habitar más profundamente, haciéndolos capaces de dar al mundo el testimonio de su amor.

Día a día podemos descubrir el amor del Padre y crecer en él. Día a día, a través de nuestra oración y de nuestro testimonio, podemos anunciar el amor del Padre a aquellos que están lejos de Él. Día a día podemos ser causa de alegría para el Padre, que puede hacer obras grandes a partir de las cosas más pequeñas.

Todo el cielo, y particularmente nuestro Señor Jesucristo, se regocijaría si nos abandonáramos y entregáramos del todo y sin reservas al amor del Padre. Podríamos hacerlo, por ejemplo, a través de una consagración personal a Él o renovando y profundizando nuestra consagración. De Él procede todo y todo vuelve a Él. La Iglesia dirige cada una de sus oraciones al Padre, a través de Jesucristo y en el Espíritu Santo.

¡Que nuestra amada Madre nos ayude a cumplir la Voluntad del Padre como Ella lo hizo, para que nos convirtamos como Ella en vasijas de su amor, para que el Espíritu Santo pueda descender sobre nosotros y Cristo nazca cada vez más profundamente en nuestro corazón!

¡Que nuestra vida acoja el infinito amor de nuestro Padre y lo glorifique a través de nuestra respuesta a su amor y el servicio a los demás!

Descargar PDF

Novena a Dios Padre – Día 8 – Amar a nuestro Padre

Lo mejor que podemos darle a nuestro Padre es nuestro amor sincero. Recordemos que Jesús nos dijo: “El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama” (Jn 14,21). He aquí la respuesta constante y necesaria para que el amor de Dios no sólo tenga que salir en nuestra busca, sino que además pueda impregnarnos. Mientras no vivamos de acuerdo a los mandamientos, Dios llamará a la puerta de nuestro corazón para que lo dejemos entrar. Si le abrimos la puerta, el Padre junto con el Hijo y el Espíritu Santo vendrán a poner su morada en nosotros (cf. Jn 14,23). leer más