Amado Espíritu Santo, dulce huésped de las almas,
infunde en nosotros el espíritu de mansedumbre;
aquel espíritu que todo lo penetra,
que transforma el corazón y lo hace dócil,
que lo purifica de toda dureza,
que es tan suave y dulce como Tu Amada Esposa, nuestra Madre María.
“Dichosos los mansos, porque ellos heredarán la tierra” (Mt 5,5)
En lugar de forzarnos, Tú, Espíritu Santo, nos seduces con tu amor.
Prefieres darnos a saborear tu amor como miel, antes que ofrecernos hierbas amargas, aunque a veces las mereceríamos.
A tu amigo, el profeta Elías, te manifestaste como una suave brisa, mientras él creyó encontrarte en la tormenta. Pero una vez que percibió tu afable presencia, se cubrió el rostro (cf. 1Re 19,11-13).
¡Se requiere valentía para ser manso! En efecto, la mansedumbre no es sentirse indefenso y expuesto, ni tampoco ser cobarde y evitar toda confrontación. ¡Ésta no es la verdadera mansedumbre! Ella es firme en su interior y está enraizada en la verdad. Por eso, no necesita recurrir a la violencia.
