«Yo soy la luz del mundo» (Jn 8,12).
¿Acaso hay palabra más hermosa que ésta que Tú, amado Padre, nos concediste a través de tu Hijo? Todos anhelamos la luz. Incluso en el plano natural, la luz nos llena de alegría, ¡y cuánto más la sobrenatural, que todo lo esclarece!
¿Por qué tantas personas pasan de largo ante esta luz? ¿Acaso aman más las tinieblas que la luz, como atestigua la Sagrada Escritura?
