«Mas tú con todas las cosas eres indulgente, porque son tuyas, Señor, amigo de la vida» (Sab 11,26).
Si tenemos en cuenta todas las atrocidades que los seres humanos cometemos en la Tierra, ¡cuántas veces nuestro Padre podría haberla aniquilado!
«Mas tú con todas las cosas eres indulgente, porque son tuyas, Señor, amigo de la vida» (Sab 11,26).
Si tenemos en cuenta todas las atrocidades que los seres humanos cometemos en la Tierra, ¡cuántas veces nuestro Padre podría haberla aniquilado!
«[Sed] alegres en la esperanza y pacientes en la tribulación» (Rom 12,12).
El apóstol san Pablo dirige esta exhortación a la comunidad cristiana de Roma para fortalecerla en el Espíritu del Señor. Siempre hay que mantener viva la llama de la esperanza. Sin embargo, no debe ser confundida con un optimismo humano, que es efímero, sino que es una de las tres virtudes teologales que nos unen profundamente a nuestro Padre celestial. La verdadera esperanza siempre está dirigida a Dios, pues Él mismo es nuestra esperanza.
«La indiferencia silenciosa ante las calumnias o injusticias suele ser un antídoto más saludable que la excesiva sensibilidad, la discordia o la venganza» (San Francisco de Sales).
Es un gran problema cuando las personas hablan mal unas de otras. Las calumnias pueden llegar a tal extremo y causar tanto sufrimiento a un alma sensible que ella puede llegar a pensar que su vida está destruida. En la actualidad, con los medios de comunicación modernos, este peligro se intensifica aún más y las calumnias pueden convertirse en una verdadera plaga.
«No esperes hasta que llegue otro momento más oportuno, porque no tienes la certeza de que lo vivirás. El tiempo se escapa sin que lo notemos. Por eso, quien es prudente no pierde el tiempo ni desaprovecha la hora presente, que le pertenece, a cambio de una hora que aún no está en sus manos» (Santa Catalina de Siena).
«Precisamente en esto consiste la vida dichosa: alegrarse con vistas a ti, en ti y por ti» (San Agustín).
En la frase de hoy, san Agustín nos invita a anticipar ya aquí en la tierra —aunque aún no sea en toda su plenitud— la vida dichosa que él mismo halló tras su conversión.
«Yo soy tu fuente» (Palabra interior).
En todo momento podemos acudir a esta fuente, de la que siempre mana el agua de la vida divina para iluminar y sanar nuestra vida, para saciar nuestra sed de amor y de verdad. Como dijo Jesús a la samaritana junto al pozo de Jacob: «El que beba del agua que yo le daré no tendrá sed nunca más, sino que el agua que yo le daré se hará en él fuente de agua que salta hasta la vida eterna» (Jn 4,14).
«¡Cuánto desearía que los hombres escucharan a mi Hijo y glorificaran así al Padre que está en los cielos!» (Palabra interior).
Estamos en este mundo con el fin de servir a nuestro Padre y glorificarle mediante una vida de seguimiento de su Hijo. Para que este sentido más profundo de la existencia humana se haga realidad, es preciso anunciar el Evangelio con autoridad. En efecto, ¿cómo podrían las personas conocer a su Padre del Cielo durante su vida terrenal si no es a través de aquel que es «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6)?
«Aunque nuestro corazón carezca de amor, anhela el amor» (San Francisco de Sales).
San Francisco de Sales era un guía espiritual muy delicado que siempre sabía cómo alentar a un alma y partir de lo bueno que encontraba en ella, sobre todo cuando esta se encontraba en la oscuridad. Así, la frase de hoy también puede servirnos de consuelo y hablarnos en medio de nuestra oscuridad interior cuando nos sentimos incapaces de amar y nuestro corazón parece estar encerrado en sí mismo.
«Entrégate a Dios sin reservas. Él es un Padre, y un Padre sumamente amoroso, que preferiría permitir que el cielo y la tierra se derrumbaran antes que abandonar a alguien que ha puesto su confianza en Él» (San Pablo de la Cruz).
«¡Mantente firme en ti mismo! Ningún enemigo, ni interior ni exterior, podrá vencerte si eres dueño de ti mismo» (San Buenaventura).
También podríamos parafrasear a san Buenaventura de la siguiente manera: «Mantén tu casa interior en orden para que todo esté centrado en Dios y en armonía con su voluntad. Entonces, pase lo que pase, podremos retirarnos a ese refugio interior de paz y permanecer en él».