«Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre» (Mt 6,6).
¡Qué espacio tan íntimo nos ofrece el Señor! Por muy hermosas que sean las iglesias y los recintos sacros, cuando albergan dignas liturgias y la oración común de los fieles, nuestro Padre celestial nos concede un acceso a Él que permanece siempre abierto. Las puertas de su corazón nunca se cierran y está siempre presto a escucharnos. Por tanto, podemos entrar en un diálogo incesante con Él. Esta oración en lo escondido es inmensamente valiosa y no siempre requiere gestos externos, sino un corazón abierto hacia nuestro Padre.
