«El martirio no consiste únicamente en morir por la fe. También consiste en servir a Dios con amor y pureza de corazón cada día de nuestra vida» (San Jerónimo).
Estas palabras de san Jerónimo nos exhortan a todos a padecer —o, mejor dicho, a consumar— día a día el martirio del amor. No solo brilla con gran esplendor el martirio de sangre, tan apreciado en la Iglesia desde siempre, sino también la vida oculta en Cristo, que denominamos el camino de la santidad. Irradia su luz incluso cuando nadie se entera, pues nuestro Padre celestial ve cada uno de nuestros esfuerzos, los apoya y los estimula con su gracia.
Es un camino que requiere perseverancia y ánimo constante, sobre todo cuando percibimos los límites de nuestra capacidad de amar. Es provechoso tomar conciencia de nuestra limitación, pero es un error quedarse estancado en la decepción.
