«No tengo nada más que dar, sino lo que Tú mismo me has dado» (Santa Catalina de Siena).
Si asimilamos estas palabras en lo más profundo de nuestro ser, despertaremos a la dichosa realidad de nuestra vida y aprenderemos la actitud de amorosa humildad. Todo lo que tenemos nos ha sido dado y confiado por nuestro Padre celestial. Es su viña a la que hemos sido llamados y Él nos provee de todo lo necesario para que seamos buenos obreros. Todo lo inflado, egocéntrico, vanidoso y orgulloso no es más que una máscara que, no pocas veces, representa una caricatura de lo que en realidad somos.
