«Jesús se complace en mostrarme el único camino que me conduce a esa hoguera divina. Ese camino es el abandono del niñito que se duerme sin miedo en los brazos de su padre…» (Santa Teresita del Niño Jesús).
«Jesús se complace en mostrarme el único camino que me conduce a esa hoguera divina. Ese camino es el abandono del niñito que se duerme sin miedo en los brazos de su padre…» (Santa Teresita del Niño Jesús).
«La santidad consiste simplemente en hacer la voluntad de Dios y ser exactamente lo que Dios quiere que seamos» (Santa Teresita del Niño Jesús).
«Un alma en estado de gracia no tiene nada que temer por parte de unos cobardes demonios» (Santa Teresita del Niño Jesús).
«Ten cuidado de no dejarte llevar por la curiosidad» (Palabra interior).
«Ni las circunstancias físicas ni las del espacio pueden limitar la libertad de un alma que ama» (San Bernardo de Claraval).
«¡Es hora de que despertemos y nos levantemos!» (San Benito).
Ciertamente, san Benito no dirigió esta exhortación exclusivamente a sus monjes. Por tanto, podemos tomarla como una orientación en nuestro camino, que se extiende a todos los discípulos del Señor.
«Tu corazón debe estar arraigado en mí, lavado y purificado por la Sangre del Cordero y lleno del Espíritu Santo. Entonces, bajo la protección de María, estará a salvo» (Palabra interior).
«Mi alegría al estar entre vosotros no es menor a la que experimentaba cuando estaba junto a mi Hijo Jesús durante su vida terrenal» (Mensaje del Padre a Sor Eugenia Ravasio).
Nuestro Padre no se cansa de expresarnos su amor de mil maneras para que finalmente creamos en él y correspondamos a su amor.
«Cuando Dios mira a un alma con ojos de misericordia y se inclina hacia ella para perdonarla, todas sus faltas quedan arrojadas al olvido eterno» (Santa Matilde de Hackeborn).
«Dios busca un corazón lleno de amor por Él y por el prójimo. Ese es el trono en el que se deleita en sentarse y en el que se manifiesta en toda la plenitud de su gloria celestial. ‘Hijo mío, dame tu corazón –nos dice– y yo te daré todo lo demás’; porque en el corazón del hombre está el Reino de Dios» (Serafín de Sarov).