«Yo amo tus preceptos, Señor, dame la vida por tu amor» (Sal 118,159).
Los santos mandamientos de Dios son vida. Al permanecer en ellos, vivimos en la gracia de nuestro Padre. Son las instrucciones que Dios, en su bondad, nos ha dado para que no sucumbamos a los torbellinos de este mundo ni seamos presa del mal. Basta con examinar uno por uno los mandamientos para reconocer la gran sabiduría que contienen. Si nuestro Padre nos ordena en primer lugar: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente» (Mt 22,37), ya nos ha comunicado lo más esencial.
