«Yo soy el Eterno y tengo el tiempo en mis manos» (Palabra interior).
Esta certeza quiere infundirnos paz y serenidad. Resulta particularmente importante aferrarse a ella en estos tiempos turbulentos, en los que el mundo y la Iglesia navegan a la deriva como un gran barco en el vasto océano. El timón parece estar atascado. Además, no se pueden pasar por alto las grietas por las que se cuela el agua en el barco. Por ninguna parte se vislumbra un capitán humano que sepa cómo hacer frente a esta situación de emergencia.
Por tanto, en la actualidad cobran aún más importancia las palabras del salmo: «No confiéis en los príncipes, seres de polvo que no pueden salvar» (Sal 145,3).
