«Mi existencia permanece oculta para mí hasta que Tú, oh Dios, me miras, y mi oscuridad se vuelve tan clara como el mediodía» (San Agustín).
Solo a través de la mirada de nuestro Padre sobre nosotros comprendemos nuestra verdadera vocación como seres humanos. Es tal y como describe San Agustín. Mientras aún no percibimos esa mirada, a menudo seguimos buscando nuestra propia identidad por diversos caminos y construimos una imagen de nosotros mismos, en lugar de que ésta se despliegue de forma orgánica según el plan de Dios para con nosotros.
¿Quiénes somos? ¿Qué somos? ¿De dónde venimos y adónde vamos?
La amorosa mirada de nuestro Padre nos despierta a la verdadera vida. Debemos dejar que esa mirada se pose sobre nosotros y permitir que el “SÍ” de nuestro Padre sobre nuestra existencia penetre suavemente en nuestro interior, entregarle a Dios el miedo y la inseguridad ante la vida y sumergirnos confiadamente en su amorosa mirada. Así podremos comprender cada vez mejor las palabras que el Padre quiere susurrar a nuestro corazón mediante el Mensaje a la Madre Eugenia.
