«Demos gracias a Dios Padre, que nos ha hecho capaces de compartir la herencia de los santos en la luz» (Col 1,12).
Con estas palabras, San Pablo inicia su alabanza a Dios en el himno cristológico que abre la Epístola a los Colosenses. De este modo, nos recuerda enfáticamente que todas las gracias que recibimos a través del Hijo de Dios proceden de nuestro Padre celestial. Por ello, es «justo y necesario» tenerlo siempre presente y elevar una y otra vez nuestro corazón hacia nuestro Padre con gozo, alabanza y gratitud, del mismo modo que en la Santa Misa las oraciones van dirigidas a Dios, nuestro Padre.
