«La muerte no infunde terror a un sincero servidor de Cristo, que se esfuerza por guiar a las almas hacia el conocimiento de la verdad» (Beato Ramón Llull).
A medida que nos acercamos a la gran meta de encontrarnos con el Señor en la hora de nuestra muerte, resulta muy reconfortante saber que hemos intentado sinceramente cumplir con nuestro trabajo en la viña del Señor. Apenas hay algo más importante que podamos hacer en la Tierra que ayudar a las personas a conocer a Dios y seguir sus caminos. Si lo hemos hecho, puede surgir en nosotros esa seguridad que se aprecia en san Pablo cuando afirma que le «está reservada la merecida corona» de la victoria (2Tim 4,8).
Entonces, la muerte deja de ser ese «gran desconocido» al que hay que temer y, por el contrario, se convierte en la puerta de entrada hacia la gloria y en una valiosa amonestación para que no decaigamos en nuestros esfuerzos por la salvación de las almas. Porque ¿quién, salvo Dios mismo, sabe cuánto tiempo nos queda aún en la Tierra?
