“UN CAMINO SANADOR”  

«Inicio de la sabiduría es el temor del Señor; tienen buen juicio los que lo practican» (Sal 110,10).

Entendemos el temor de Dios como el primero de los siete dones del Espíritu Santo. Cuando lo ponemos en práctica, nuestra vida adquiere una orientación clara e inequívoca. Examinamos nuestras acciones en presencia de Dios y nos preguntamos si podrían ofender a nuestro Padre celestial. Así se produce el gran giro en nuestra vida y el Espíritu Santo puede desplegar luminosamente su obra sanadora en nuestra alma. Al principio, este don puede ir acompañado de un santo temor por no cometer ni lo más mínimo que pudiera desagradar a Dios. También permanece muy vivo el recuerdo de las consecuencias que pueden sobrevenirnos si nos desviamos de su camino.

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TODO LO RECIBIMOS POR GRACIA

«En virtud de la gracia, puedo concederte todo aquello que mi Hijo posee en virtud de su naturaleza divina»(Palabra interior).

En lo que respecta a la naturaleza, somos y seguiremos siendo seres humanos, tal y como nos creó el Padre celestial. Cuando recibamos un cuerpo resucitado y seamos considerados dignos de pasar la eternidad en la contemplación de la Santísima Trinidad, en comunión con todos los elegidos, entonces nuestra naturaleza humana resplandecerá en toda su belleza.

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“UNA ALEGRÍA PARA LOS SANTOS”  

«Los santos te ayudarán y te servirán» (Palabra interior).

Para nosotros, que intentamos seguir y servir a Cristo, estas promesas son importantes. Los santos son nuestros amigos más entrañables en este camino, pues ellos ya han alcanzado la perfección en el amor a Dios y al prójimo. ¿Cómo podrían negarse a acudir en ayuda de aquellos que aún están de camino, que no han alcanzado la meta y que están tan necesitados de su apoyo? ¿Cómo podrían desviar la mirada mientras sus amigos siguen peregrinando hacia su patria eterna?

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