«A menudo he oído decir en retiros y en otras ocasiones que un alma inocente nunca llega a amar tanto a Dios como un alma arrepentida. ¡Cuánto anhelo demostrar que eso no es verdad!» (Santa Teresita del Niño Jesús). leer más
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LOS DONES DEL ESPÍRITU SANTO (VI): El don de inteligencia
“El Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios.” (1Cor 2,10)
Mientras que el don de ciencia nos ayuda a sustraernos de la atracción de las criaturas, reconociendo en una mirada interior su nada (en cuanto que fueron creadas de la nada), y nos hace comprender que toda vida y belleza proceden de Dios; el don de entendimiento nos ayuda a penetrar en el misterio de Dios con la luz del Espíritu Santo mismo.
Nuestro entendimiento no es capaz de penetrar en los misterios divinos con la sola ayuda de la fe, aunque nos aferremos a las verdades reveladas. Y es que la fe es, por un lado, una gran luz; pero, por otro lado, es todavía oscura. Es una luz en cuanto que nos transmite la verdad sobre Dios y sobre todo lo que necesitamos para el camino de seguimiento de Cristo. Pero ella no nos permite penetrar en el misterio de Dios mismo, ni comprender su Ser desde dentro. El conocimiento de Dios permanece, de alguna manera, a oscuras. San Pablo dirige nuestra mirada a la eternidad, donde veremos a Dios cara a cara:
LOS DONES DEL ESPÍRITU SANTO (V): El don de ciencia
“¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su propia alma?” (Mt 16,26)
A través de los cuatro primeros dones (el de temor, piedad, fortaleza y consejo), el Espíritu Santo guía sobre todo nuestra vida moral. En cambio, a través de los tres últimos dones (ciencia, entendimiento y sabiduría), Él conduce directamente nuestra vida sobrenatural; es decir, nuestra vida centrada en Dios.
Los cuatro primeros dones llevan a su perfección a las virtudes cardinales; los últimos tres, en cambio, completan las virtudes teologales. Estos tres últimos dones se relacionan con la contemplación, con la vida de oración, con la unificación con Dios.
“PENSAR EN EL FIN”
«Acuérdate siempre del Fin, porque el tiempo perdido no vuelve» (Tomás de Kempis, Imitación de Cristo).
No nos resulta tan fácil poner en práctica estas sabias palabras, aunque aportarían tanta claridad a nuestra vida. La Sagrada Escritura también nos exhorta: «En todas tus acciones, acuérdate de tu fin y no pecarás jamás» (Eclo 7, 36).
Podríamos hacer una pequeña variación en el énfasis de esta frase y aplicarla a la relación con nuestro Padre Celestial: hagámoslo todo con la mirada puesta en Él, de modo que todas nuestras acciones y esfuerzos le agraden. En este contexto, también nos vienen a la mente las palabras de san Pablo: «Aprovechad bien el tiempo presente» (cf. Ef 5, 16).
Lejos de llevarnos a un malsano activismo, esta frase nos exhorta a la suma vigilancia del amor, a sabiendas de que podemos cooperar con nuestro Padre Celestial en la salvación de las almas y que, por causa del amor, no hay tiempo que perder.
Ciertamente, algunos reconocemos que, por desgracia, en muchas ocasiones no tuvimos presente nuestro fin ni teníamos en vista a nuestro Padre, y lo lamentamos profundamente, porque el tiempo que perdimos nunca volverá. Cuanto más actúa el amor en nosotros, más nos dolerá esto en el alma. Pedro experimentó el sufrimiento de haber negado a Jesús, pero después tuvo la oportunidad de responder afirmativamente a la triple pregunta del Resucitado sobre si le amaba, lo cual puede considerarse como una especie de reparación antes de recibir el encargo del Señor.
Y, ¿qué podemos hacer nosotros si hemos desaprovechado el tiempo?
Podemos pedirle al Señor la gracia de hacerlo todo con nuevo fervor, de modo que podamos recuperar el tiempo perdido aprovechando las ocasiones que Él nos muestre. También podemos pedirle que nos ayude a no perder más tiempo, teniendo presente nuestro fin y la mirada fija en Él.
A nuestro Padre le agradará mucho si nos dirigimos a Él de esta manera. Tal vez nos invite a practicar con frecuencia la oración interior (la oración del corazón). Si se nos convierte en un hábito espiritual, nos resultará más fácil pensar siempre en Él y no perder más tiempo.
“LUMINOSOS DONES”
«¡Oh Dios infinitamente bueno! Tú nunca nos privas de tus dones, a menos que nosotros mismos te sustraigamos nuestro corazón» (San Francisco de Sales).
Los maravillosos dones que Dios nos ha otorgado, ya sean de carácter natural o sobrenatural, tienen como fin alabar su gloria y solo alcanzan su verdadero esplendor cuando los utilizamos para este propósito. ¡Qué vacío se torna el arte cuando no glorifica a Dios! ¡Qué vanas son las palabras si no alaban a Dios y edifican a los hombres! ¡Cuán vacía se vuelve la vida si se la vive de espaldas a Dios!
LOS DONES DEL ESPÍRITU SANTO (IV): El don de consejo
“Habla, Señor; tu siervo escucha.” (1Sam 3,9)
El Espíritu Santo nos recuerda todo lo que Jesús dijo e hizo (cf. Jn 14,26). Él habita en nosotros y nos enseña qué hacer en las situaciones concretas de nuestra vida. Gracias al don de consejo, llegamos a ser capaces de percibir en nuestro interior la silenciosa voz del Espíritu Santo y a distinguirla de otras voces. Sin embargo, esto requiere la capacidad del silencio interior y estar dispuestos a sustraerse del bullicio y del caos de tantas diversas opiniones y puntos de vista, ya sea fuera como dentro de nosotros.
Al practicar la virtud de la prudencia, hemos aprendido a verlo todo desde la perspectiva de Dios. Sin embargo, debido a la imperfección de nuestra naturaleza, queda la incertidumbre de si realmente somos capaces de distinguir la voz del Espiritu Santo de nuestros propios pensamientos u otras voces. La acción del Espíritu Santo en nuestro interior es más bien suave y silenciosa, como una suave brisa (cf. 1Re 19,11-12). A medida que nos familiarizamos con Él, aprendemos a distinguir con mayor precisión su voz. Sin embargo, precisamos una creciente libertad interior, para que no estemos tan atrapados en nuestros propios puntos de vista, deseos e ilusiones que la delicada voz del Espíritu no pueda penetrar en nosotros. Necesitamos esta luz interior, que nos permite captar en un instante la Voluntad de Dios.
LOS DONES DEL ESPÍRITU SANTO (III): El don de fortaleza
“Cuando uno fuerte y bien armado custodia su palacio, sus bienes están en seguro” (Lc 11,21)
El don de fortaleza se encarga de robustecer al alma para que sea cada vez más valiente en el servicio del Señor. Nos da la fuerza para seguir las mociones e impulsos del Espíritu Santo, para aceptarlo todo y querer todo lo que Dios quiere.
La virtud de la fortaleza sola llega a sus límites cuando se enfrenta a las exigencias más altas de la vida espiritual. Puede suceder, por ejemplo, que queremos entregarnos del todo a Dios, pero aún sentimos miedo de desprendernos por completo y abandonarnos enteramente en Él. Aunque reconocemos lo que Dios quiere de nosotros, y en principio nosotros mismos también lo queremos, somos demasiado débiles para concretizarlo. Entonces, Dios interviene directamente con el espíritu de fortaleza, ayudándonos así a dar los pasos decisivos. De esta manera, el alma fortalecida queda dispuesta a cumplir la Voluntad del Padre, aunque sea a precio de grandes sacrificios.
“LA ALEGRÍA DEL SEÑOR EN LOS JUSTOS”
«No experimento alegría mayor que oír que mis hijos viven según la verdad» (3Jn 1,4).
Estas son palabras de la tercera carta de San Juan, dirigidas a un tal «Gayo», de quien no tenemos mayor información. Sin duda, podemos poner estas palabras en boca de nuestro Padre Celestial. Como atestigua toda esta epístola, nuestra vida ha de transcurrir en conformidad con la verdad, tanto de palabra como de obra, dando testimonio de Nuestro Señor Jesucristo.
FIDELIDAD Y VIDA INTERIOR
LOS DONES DEL ESPÍRITU SANTO (II): El don de piedad
“El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios” (Rom 8,16)
El don de piedad nos lleva a adherirnos a Dios con amor filial, no queriendo ofenderlo de ninguna manera.
El espíritu de piedad toca y vivifica nuestra vida espiritual con un nuevo brillo, suave y delicado. Bajo su influjo, la relación con Dios y con el prójimo alcanzará otro nivel de amor. La piedad quiere conquistar el corazón de Dios, a quien reconoce como amantísimo Padre.
Por tanto, no se contenta con evitar todo lo que podría afectar aun en lo más mínimo la relación con Él (lo cual es efecto del don de temor); sino que va más allá, queriendo complacer al Señor en todas las cosas. El hombre movido por el espíritu de piedad busca vivir como verdadero hijo de Dios. De esta manera, aún las obligaciones más duras y pesadas pueden tornarse fáciles y dulces. En este contexto, vale recordar una frase de la venerable Anne de Guigné (que murió en olor de santidad con apenas 11 años de vida): “Nada es difícil si se ama a Dios”.
