Amado Padre, a menudo nos enfrentamos al mal, tanto dentro como fuera de nosotros. A veces incluso podría dar la impresión de que el mal triunfa. Él se presenta potente e intenta opacar nuestra visión y determinar nuestros sentimientos.
A la Madre Eugenia Tú le dijiste:
“¿Queréis obtener la victoria sobre vuestro enemigo? Invocadme y triunfaréis victoriosamente sobre él.”
Amado Padre, tu Hijo nos prometió en el Evangelio:
“Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará; y vendremos a él y haremos morada en él.” (Jn 14,23)
Padre, no solamente queremos invitarte; sino que clamamos con todo nuestro corazón: ¡Ven a nosotros! ¡Siéntete en casa en nosotros! Queremos prepararte una morada, en la cual puedas establecerte. Ven y no tardes; quédate para siempre.
Amado Padre, en el maravilloso Mensaje que transmitiste a la Madre Eugenia Ravasio, nos cuentas cómo acompañaste a un cierto hombre durante toda su vida y lo colmaste de bendiciones. Sin embargo, aquel hombre no correspondió a tu cortejo; sino que se enredó en el pecado, ofendiéndote así constantemente. Pero Tú no cesaste de llamarlo ni de luchar por él. Poco antes de su muerte, finalmente se arrepintió de su mala vida y te invocó con el nombre de “Padre”; y Tú te alegraste de poder perdonarlo y de que esté junto a Ti en la eternidad.
Amado Padre, esta serie de meditaciones es una Novena en tu honor, y ha de ayudar a los hombres –tus amados hijos– a conocerte más profundamente.
También ha de servir para que pronto se cumpla tu deseo de que la Iglesia instaure una Fiesta litúrgica, en la cual Tú seas honrado como “Padre de toda la humanidad”. Este anhelo Tuyo se lo confiaste a la Madre Eugenia Ravasio.
Conocerte, oh Padre, es la vida; la verdadera vida; la vida eterna…
En efecto, es esto lo que siempre buscamos… Constantemente estamos a la mira de algo que nos llene, que nos haga felices –según nuestro concepto de felicidad–; de algo que perdure… Pero, ¿puede acaso haber verdadera felicidad sin Ti?
En 1932, Dios Padre se apareció a una religiosa italiana, Sor Eugenia Ravasio, y le transmitió un mensaje para toda la humanidad (https://www.amadopadrecelestial.org/mensaje). Básicamente, se trata de una declaración de amor a los hombres. Este mensaje fue cautelosamente examinado por encargo del obispo de Grenoble, diócesis donde tuvieron lugar los acontecimientos, quien concluyó que su origen no podía explicarse sino sobrenaturalmente. Uno de los deseos expresados por Dios Padre en este Mensaje es la instauración de una fiesta litúrgica en su honor cada 7 de agosto. Aunque sólo la jerarquía eclesiástica puede implementarla oficialmente, podemos desde ya celebrarla a nivel privado y dedicarle de forma especial ese día a nuestro Padre Celestial. En ese sentido, iniciamos desde mañana, 29 de julio, una Novena a Dios Padre en preparación para su fiesta.
«¿Quién advierte sus propios errores? Límpiame, Señor, de las faltas ocultas» (Sal 19,13).
No siempre somos conscientes de todas las faltas que aún llevamos dentro. Nuestro autoconocimiento no llega a las últimas profundidades, por lo que es posible que aún haya contenidos en nuestro inconsciente que, una vez que los percibamos, tendremos que rechazar y llevar ante el Señor para que nos purifique.
Lc 21,9-19 (Evangelio de la memoria de San Nazario y San Celso según el leccionario tradicional)
Entonces dijo Jesús a sus discípulos: “Cuando oigáis hablar de guerras y revoluciones, no os aterréis. Es necesario que sucedan primero estas cosas, pero el fin no es inmediato.” Y añadió: “Se levantará nación contra nación y reino contra reino; habrá grandes terremotos, peste y hambre en diversos lugares; se verán cosas espantosas y grandes señales en el cielo. Pero antes de todas estas cosas os echarán mano y os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, llevándoos ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre: esto os sucederá para dar testimonio.
«Ven, elegida mía, y pondré mi trono en tu corazón» (Antífona del común de vírgenes).
Una y otra vez, el amor es el gran tema. No es de sorprenderse, ya que fue por amor que nuestro Padre lo creó, lo redimió y lo santifica todo. El amor es lo más grande, que otorga un sentido profundo a todo cuanto existe. Sin amor, todo sería «como bronce que resuena» (1 Co 13, 1). Por tanto, si nuestro Padre celestial nos llamó a la existencia movido por el amor, entonces este amor es lo más importante en nuestra vida. Si por un amor humano estamos dispuestos a organizar todo en función de él y a comprometernos de por vida, cuánto más hemos de estarlo cuando descubrimos el amor divino. Por su causa, podemos dejarlo todo atrás para entregarnos a él sin reservas.