MEDITACIONES SOBRE EL ESPÍRITU SANTO: “La amabilidad”

Espíritu Santo, de ti se dice que eres un espíritu amable y amante de los hombres, y uno de los frutos que Tú haces crecer en las almas es precisamente la amabilidad.

La amabilidad es una actitud tan agradable en una persona, con la que fácilmente podrá conquistar al otro, haciéndole sentir amado y respetado. Si es una amabilidad sin falsedad ni hipocresía –y sin duda lo será si crece en el alma como fruto de tu obra–, se convierte en un sol en la vida del hombre. La amabilidad refleja la actitud con la que Dios viene a nuestro encuentro, pues Él no sólo quiere que lo reconozcamos como nuestro Padre, sino que además quiere ser nuestro cercano amigo.

Jesús llama a sus discípulos “amigos”, y los trata como tales (cf. Jn 15,15). Él los ama y los acepta. Pero esto no le impide hacerles ver sus malas actitudes, para unirlos más profundamente al amor de Dios.

Entonces, Amado Espíritu Santo, la amabilidad no consiste en aprobar todo lo que haga la otra persona; sino que es una actitud del corazón que está siempre a favor de ella, de modo que en nuestra presencia se sienta aceptada, que no tenga que protegerse, que pueda hacer a un lado la desconfianza y así podamos tratarnos libremente. ¡La amabilidad crea un fundamento de confianza!

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“LA NECESIDAD DE DIOS DE AMARNOS”

«Mi amor de Padre y Creador me hace sentir la necesidad de amar al hombre» (Mensaje de Dios Padre a Sor Eugenia Ravasio).

Si nos preguntamos cuál es el motivo más concreto por el que Dios nos ama tanto, nuestro Padre nos da una maravillosa respuesta en esta frase del Mensaje a la Madre Eugenia Ravasio. Puesto que Dios posee la plenitud en sí mismo y no nos necesita para su satisfacción, su amor brota únicamente de su condición de Padre y Creador. Como Él mismo afirma, amarnos es una necesidad para Él. Así, pues, cuando Dios se inclina hacia nosotros, siempre lo hace con la intención de amarnos, de comunicársenos y de hacernos comprender que somos amados.

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MEDITACIONES SOBRE EL ESPÍRITU SANTO: “La alegría”

Amado Espíritu Santo, uno de los más bellos frutos que Tú haces crecer en nosotros es la alegría. Es aquella alegría que, al igual que el amor, hace que todo sea más fácil y vence el peso que tantas veces trae consigo la vida; una alegría que es espiritualmente contagiosa, y puede darle un rayo de luz y algo de consuelo a la otra persona, siempre y cuando ella no se cierre.

Tu amigo San Pablo nos exhorta a estar siempre alegres (cf. Fil 4,4). Entonces, la alegría no se limita a aquellas situaciones en que recibimos agradables bienes terrenales o a las circunstancias en las que el corazón se regocija. Más bien, San Pablo nos la presenta como un estado constante, como la “tónica básica” del corazón, que permanece aun cuando las circunstancias se vuelven difíciles y el alma tendería a turbarse.

Entonces, oh Espíritu Santo, no puede tratarse de aquella alegría que va y viene, y que es tan volátil. Tampoco puede referirse al estado de ánimo propio de un temperamento optimista y alegre por naturaleza.

¿Cuál es, entonces, la alegría que Tú concedes?

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“NUEVAMENTE LA MISERICORDIA”

«Todo lo que hacéis para glorificarme —oraciones, ayunos, vigilias y otras obras de disciplina espiritual— lo contemplo con benevolencia. Sin embargo, aunque a los de poca fe les cueste creerlo, me complazco aún más en permanecer junto a mis elegidos, que, en su debilidad y fragilidad humanas, buscan refugio confiadamente en mi misericordia» (Palabras de Jesús a Santa Gertrudis de Helfta).

Una vez más, nos encontramos con el tema de la debilidad y fragilidad humanas, que atraen de manera especial la amorosa atención del Señor. Sin restar importancia a las buenas obras ascéticas, que Dios ve con benevolencia, su amor se inclina aún más hacia aquellos que, en medio de su aflicción interior, buscan su misericordia y confían en ella.

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MEDITACIONES SOBRE EL ESPÍRITU SANTO: “El dominio de sí mismo”

Amado Espíritu Santo, en el principio Tú aleteabas sobre las aguas y transformaste el caos en orden (cf. Gen 1,2). Ahora, también quieres traer orden al caos causado por el pecado: orden en nuestra vida interior y exterior. Fue tanto lo que se alborotó con el pecado original y los consiguientes pecados personales, a tal punto que tu amigo Pablo gemía al advertir esta ley en sus miembros que luchaba contra la ley de su espíritu, y que lo esclavizaba bajo la ley del pecado (cf. Rom 7,23). Junto con él, también nosotros gemimos: “¿Quién me librará de este cuerpo de muerte…?” (Rom 7,24)

¡Pero esta situación no ha de permanecer así! ¡Debemos recuperar el dominio sobre nosotros mismos y no ser esclavos de nuestras pasiones y sentimientos! Nuestro Padre lo había dispuesto tan maravillosamente: Su Espíritu iluminaba nuestro espíritu humano, éste activaba a la voluntad, y todos los impulsos naturales estaban al servicio de las potencias superiores.

Pero ahora, Amado Espíritu Santo, las pasiones se rebelan contra nosotros, reflejando la Creación caída, que se rebela contra Dios. A esto vienen a añadirse, además, los espíritus caídos, que intentan confundirnos y obstaculizar los caminos de salvación de Dios.

¡Pero esta situación no ha de permanecer así!

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“CONFIANZA EN HORAS DE DEBILIDAD”

«Permanece fiel a mí, y no pierdas la confianza en las horas de debilidad. También de ellas me valgo para bien» (Palabra interior).

Quizá no nos resulte tan fácil comprender estas palabras. ¡Cuánto quisiéramos ser fuertes y capaces de superar todos los desafíos de la vida! Probablemente esto cuenta en particular para las personas con un marcado carácter luchador. Sin embargo, luego nos topamos con nuestras debilidades, que nos recuerdan una y otra vez los límites de nuestra condición de criaturas. Nos quedamos cortos frente a lo que nos habíamos propuesto y nos sentimos decepcionados con nosotros mismos.

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“LA MIEL DE LA ETERNA DULZURA”

«Cuando derramo mi gracia sobre los hombres y la recibo de vuelta de ellos, preparo en mi corazón la miel de la eterna dulzura» (Palabras de Jesús a Santa Matilde de Hackeborn).

Un alma que ama se pregunta una y otra vez cómo podría devolverle a su Señor algo de todo lo que Él, en su prodigalidad, le concede. Sin embargo, siempre tendrá que constatar: «¿Cómo podría agradecerte lo suficiente por tanta bondad?». Siempre nos quedaremos cortos en relación con lo que Dios nos da. Y es bueno que así sea, porque Él da de manera divina y nos recuerda que Él mismo es la fuente de la que mana inagotablemente el amor.

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MEDITACIONES SOBRE EL ESPÍRITU SANTO: “La mansedumbre”

Amado Espíritu Santo, dulce huésped de las almas,
infunde en nosotros el espíritu de mansedumbre;
aquel espíritu que todo lo penetra,
que transforma el corazón y lo hace dócil,
que lo purifica de toda dureza,
que es tan suave y dulce como Tu Amada Esposa, nuestra Madre María.

“Dichosos los mansos, porque ellos heredarán la tierra” (Mt 5,5)

En lugar de forzarnos, Tú, Espíritu Santo, nos seduces con tu amor.

Prefieres darnos a saborear tu amor como miel, antes que ofrecernos hierbas amargas, aunque a veces las mereceríamos.

A tu amigo, el profeta Elías, te manifestaste como una suave brisa, mientras él creyó encontrarte en la tormenta. Pero una vez que percibió tu afable presencia, se cubrió el rostro (cf. 1Re 19,11-13).

¡Se requiere valentía para ser manso! En efecto, la mansedumbre no es sentirse indefenso y expuesto, ni tampoco ser cobarde y evitar toda confrontación. ¡Ésta no es la verdadera mansedumbre! Ella es firme en su interior y está enraizada en la verdad. Por eso, no necesita recurrir a la violencia.

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“DIOS NO OBLIGA A NADIE”

«Dios no obliga a nadie. Él acepta lo que uno le da, pero solo se entrega por completo a quien se entrega por completo a Él» (Santa Teresa de Ávila).

En nuestro camino de seguimiento, debemos asimilar profundamente esta verdad que Santa Teresa de Ávila describe con tanto acierto: Dios nunca nos coacciona. La santa hace alusión al gran respeto que nuestro Padre tiene hacia la libertad humana. De hecho, Él mismo nos la ha concedido como un gran don de su amor, distinguiéndonos así de las criaturas irracionales.

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MEDITACIONES SOBRE EL ESPÍRITU SANTO: “Un corazón puro”

Amado Espíritu Santo, Tú que eres la luz eterna y pura, ven y penetra en nosotros, para que nada quede escondido ante ti; para que ninguna sombra pueda subsistir en nuestra alma; para que la oscuridad retroceda y todo quede inflamado por tu amor. Despiértanos de toda letargia y purifica nuestro corazón, para que pueda amar como Dios ama, como Tú amas; para que Tú y yo estemos unidos hasta lo más íntimo en la alabanza a la gloria de Dios.

“¡Oh Dios! Crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme” (Sal 51,12)

Tú, Amado Espíritu Santo, eres “un Espíritu inteligente, santo, único, múltiple, sutil, ágil, perspicaz, inmaculado, claro, impasible, amante del bien, agudo, libre, bienhechor, filántropo, firme, seguro, sereno, que todo lo puede, todo lo controla y penetra en todos los espíritus: los inteligentes, los puros, los más sutiles”. (Sab 7,22-23)

Cuando escucho todas estas descripciones de tu Ser, Amado Espíritu, pienso en mi pobre corazón y veo cuántas preocupaciones innecesarias moran aún en él, cuán disperso e inconstante es, cuán susceptible y a menudo tan duro, tan ciego y egocéntrico… Si no fuera porque sé que Tú siempre estás ahí, y, aun siendo todo puro, no escatimas el abajarte para entrar en mí y purificarme, no sabría qué hacer conmigo y con toda mi oscuridad, y terminaría sucumbiendo en mi propio abismo.

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