“LA VERDADERA FE NO YERRA”

«El entendimiento humano es débil y propenso al error. La verdadera fe, en cambio, no puede errar» (Tomás de Kempis).

Estas palabras de Tomás de Kempis, un maestro de la vida espiritual, nos traen a la memoria algo muy importante. Aunque el entendimiento sea un don de Dios para el hombre, se ha visto considerablemente afectado por el pecado original. Entre las consecuencias del pecado original se encuentran el oscurecimiento de la razón, el debilitamiento de la voluntad, la inclinación al mal, el sufrimiento y la muerte corporal. Así lo leemos en el Catecismo del Papa Pío X.

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El Señor arranca la cizaña

Meditaremos hoy el evangelio del XXIV Domingo después de Pentecostés, según el calendario tradicional.

Mt 13,24-30

En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente: “El Reino de los cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras su gente dormía, vino su enemigo, sembró cizaña entre el trigo y se fue. Cuando brotó la hierba y produjo fruto, apareció entonces también la cizaña. Los siervos se acercaron al amo y le preguntaron: ‘Señor, ¿no sembraste semilla buena en tu campo? ¿Por qué tiene entonces cizaña?’ Él les contestó: ‘Algún enemigo ha hecho esto.’ Los siervos le dijeron: ‘¿Quieres, pues, que vayamos a arrancarla?’ Les respondió: ‘No, no sea que, al recoger la cizaña, arranquéis a la vez el trigo. Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega. Ya diré a los segadores, cuando llegue la siega, que arranquen primero la cizaña y la aten en gavillas para quemarla, y que almacenen el trigo en mi granero’.”

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Exhortación conclusiva de la epístola

El apóstol San Pablo prosigue con sus exhortaciones a la comunidad de Colosas sobre cómo deben llevar una vida verdaderamente cristiana:

«Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga queja contra otro; como el Señor os ha perdonado, hacedlo así también vosotros. Sobre todo, revestíos con la caridad, que es el vínculo de la perfección. Y que la paz de Cristo se adueñe de vuestros corazones: a ella habéis sido llamados en un solo cuerpo. Y sed agradecidos. Que la palabra de Cristo habite en vosotros abundantemente. Enseñaos con la verdadera sabiduría, animaos unos a otros con salmos, himnos y cánticos espirituales, cantando agradecidos en vuestros corazones. Y todo cuanto hagáis de palabra o de obra, hacedlo todo en nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él» (Col 3,13-17).

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“EL AMOR FORMATIVO DE DIOS”

«Yo reprendo y corrijo a los que amo» (Ap 3,19).

Estas palabras del Apocalipsis nos enseñan que, en todo lo que hace o permite, nuestro Padre siempre tiene en vista la elevada meta hacia la cual quiere conducirnos: la eternidad, en la que estamos llamados a vivir con Él y junto a Él en un gozo infinito. Esta meta trasciende con creces nuestros objetivos terrenales y deberíamos aprender a comprenderlo. Nuestra visión suele estar orientada hacia una felicidad efímera, ya sea de forma consciente o inconsciente. Por eso, una afirmación como la que escuchamos hoy puede incluso sonar como una amenaza. Sin embargo, esto se debe a nuestra insensatez y a nuestros sentimientos, que con demasiada frecuencia siguen atados a la dimensión terrenal de la vida.

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Las falsas doctrinas impiden la unidad en Cristo

El énfasis que he puesto en la última meditación sobre el peligro de las falsas doctrinas es muy necesario, pues también hoy en día los fieles se enfrentan a enseñanzas erróneas que se han infiltrado en la Iglesia. He escrito y hablado en muchas ocasiones sobre este tema y les invito a leer mis publicaciones para saber cuáles son, desde mi punto de vista, las doctrinas y prácticas que ponen en peligro a los fieles en la actualidad: https://es.elijamission.net/wp-content/uploads/2025/03/LAS-CINCO-HERIDAS-DE-LA-IGLESIA.pdf

En cualquier caso, las herejías deben ser rechazadas con contundencia y, normalmente, esta tarea compete a la autoridad de la Iglesia. Sin embargo, la situación se vuelve problemática cuando es la propia jerarquía la que difunde falsas doctrinas o no las corrige. Lamentablemente, eso está sucediendo cada vez más. Puesto que así es la situación, los fieles, basándose en la fe católica que nos ha sido transmitida a lo largo de los siglos, deben oponerse claramente a estos errores, y esperemos que puedan contar con la ayuda de algunos miembros del clero.

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Advertencia contra las falsas doctrinas

Recordemos que una de las razones por las que el apóstol San Pablo escribió la epístola a los cristianos de Colosas era su preocupación por la influencia de las falsas doctrinas sobre la joven comunidad. Epafras, que llevaba a cabo la misión en esta comunidad por encargo de Pablo, le había informado al respecto.

¿Por qué son tan peligrosas las falsas doctrinas y por qué han supuesto una gran amenaza a lo largo de toda la historia de la Iglesia, desde sus inicios hasta nuestros días? A san Gregorio Magno se le atribuye a veces la oración que se pronuncia en la Santa Misa justo después del Padrenuestro, que incluye la expresa petición de que seamos preservados de la confusión, para que «vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo».

Nuestro entendimiento es iluminado por la luz del Espíritu Santo, quien nos recuerda todo lo que Jesús dijo e hizo (Jn 14,26). Guiada por el Espíritu Santo, la Iglesia ha recibido la verdad del Evangelio y está a su servicio. leer más

“TODO TIENE IMPORTANCIA”

«Todo, hijo mío, tiene importancia: cada palabra, cada gesto, cada obra» (Palabra interior).

Al tomar conciencia de ello, emprendemos el camino hacia la madurez. Es un despertar definitivo a la realidad de Dios. Ciertamente, no se trata de una preocupación temerosa por si de pronto estamos cometiendo algún error, pues tal actitud provocaría una tensión interior. Sin duda, nuestro Padre no quiere eso, que sería contrario a su amor solícito por nosotros.

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Sufrimientos y luchas del Apóstol

Al final de la reflexión de ayer, mencioné que hoy me gustaría detenerme en una afirmación de san Pablo para profundizar en ella, pues se trata de una declaración muy importante que el Apóstol de los Gentiles confía a la comunidad de Colosas. Me refiero a esta frase:

«Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia. De ella he sido yo constituido servidor por disposición divina» (Col 1,24-25a).

San Pablo es el gran Apóstol de los Gentiles, y sabemos bien que experimentó una profunda conversión cuando, de camino a Damasco, donde se disponía a encarcelar a los cristianos, se encontró con el Señor Jesús.

Así lo relatan los Hechos de los Apóstoles: «Mientras se dirigía allí, al acercarse a Damasco, de repente le envolvió de resplandor una luz del cielo. Cayó al suelo y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Respondió: “¿Quién eres tú, Señor?” Y él: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues”» (Hch 9,3-5).

El Señor le dejó claro a Saulo, que aún se encontraba sumido en la ignorancia y la ceguera de un falso celo, que al perseguir a los cristianos lo estaba persiguiendo a Él mismo, al Mesías, al Hijo de Dios, tal y como Saulo reconoció a la luz del Espíritu Santo. Y es totalmente cierto, pues Cristo vive en sus fieles y todo lo que estos hacen lo hacen en su nombre.

Seguidamente, el Señor envió a Ananías para que le impusiera las manos a Saulo y le devolviera la vista, y le comunicó: «Vete, porque éste es mi instrumento elegido para llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que deberá sufrir a causa de mi nombre» (Hch 9,15-16).

En este contexto, recordemos una de las bienaventuranzas que Jesús pronunció en el Sermón del Monte: «Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa» (Mt 5,11).

Si interiorizamos estas afirmaciones bíblicas, se nos revelará el sentido de la frase que san Pablo dirige a los colosenses. Él actúa por encargo divino. Todo lo que hace está marcado por ello. El Señor mismo actúa en y a través de Él, tal y como en la Antigua Alianza Dios había obrado a través de los profetas.

«Con Cristo estoy crucificado: (…) ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2,19b-20).

Ahora, el Apóstol recibe el honor de soportar sus sufrimientos por la comunidad que Dios le confió. Y lo hace con alegría, tal y como él mismo atestigua. Así como Pablo necesita la luz de Dios para anunciar el Evangelio en la verdad, también necesita su fuerza para soportar y sobrellevar todas las cargas que conlleva la misión que le fue encomendada. Basta con recordar la lista de padecimientos que nos describe en la Segunda Carta a los Corintios (11,23-29) para hacernos una idea de todo lo que soportó por Cristo. El sufrimiento del Señor se hace presente en su apóstol y, puesto que Pablo está dispuesto a sobrellevarlo, se le permite cooperar para que la Pasión del Señor siga obrando y dando fruto en sus siervos para la edificación de la Iglesia.

Tras esta importante declaración, san Pablo vuelve a animar a la comunidad, antes de pasar a abordar la peligrosa herejía que le causa gran preocupación. Al inicio del segundo capítulo de la Carta a los Colosenses, ya la menciona indirectamente:

«Quiero que sepáis qué dura lucha sostengo por vosotros, y por los de Laodicea, y por cuantos no me han visto personalmente, para que sean consolados sus corazones, unidos en la caridad, y alcancen en toda su riqueza la perfecta inteligencia y conocimiento del misterio de Dios, de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia. Digo esto para que nadie os engañe con discursos capciosos» (Col 2,1-4).

Pablo no tiene reparos en hablar a la comunidad de las luchas que sostiene por los fieles. De ningún modo lo hace para resaltar de forma especial su propia contribución, sino para consolarlos y poner de manifiesto el profundo vínculo que le une a ellos. Esto les ayudará a crecer en el amor mutuo y, gracias a esta comunión en la caridad, a comprender mejor el gran misterio de Cristo. A continuación, Pablo vuelve a destacar la singularidad de Cristo, y lo hace también para contrarrestar a los falsos maestros: en Cristo «están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia».

Si se interioriza, esta sola frase servirá como criterio de discernimiento para la comunidad de Colosas, pero también para nosotros en la actualidad. Si la aplicamos, podremos examinar si las filosofías que se nos presentan o las ideas que se nos pretenden transmitir concuerdan con la doctrina de Cristo. ¡Esa es la medida! Si constatamos que son contrarias a su enseñanza, no tiene sentido prestarles atención. Incluso podemos ir más allá y notar que pueden resultarnos perjudiciales y desviarnos del camino de Dios. De ahí la expresa advertencia del apóstol de que nadie de la comunidad se deje engañar con discursos capciosos.

El aferrarse firmemente a Cristo y rechazar las falsas doctrinas no son en absoluto signos de cerrazón o rigidez, sino que corresponden a una pureza espiritual necesaria para separar lo verdadero de lo falso.

En la meditación de mañana tendremos que seguir abordando el tema de las falsas doctrinas.
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Meditación sobre la lectura del día:

Fuentes de la verdadera alegría

Meditación sobre el evangelio del día:

Sólo el Señor

 

Al final de la reflexión de ayer, mencioné que hoy me gustaría detenerme en una afirmación de san Pablo para profundizar en ella, pues se trata de una declaración muy importante que el Apóstol de los Gentiles confía a la comunidad de Colosas. Me refiero a esta frase:

«Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia. De ella he sido yo constituido servidor por disposición divina» (Col 1,24-25a).

San Pablo es el gran Apóstol de los Gentiles, y sabemos bien que experimentó una profunda conversión cuando, de camino a Damasco, donde se disponía a encarcelar a los cristianos, se encontró con el Señor Jesús.

Así lo relatan los Hechos de los Apóstoles: «Mientras se dirigía allí, al acercarse a Damasco, de repente le envolvió de resplandor una luz del cielo. Cayó al suelo y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Respondió: “¿Quién eres tú, Señor?” Y él: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues”» (Hch 9,3-5).

El Señor le dejó claro a Saulo, que aún se encontraba sumido en la ignorancia y la ceguera de un falso celo, que al perseguir a los cristianos lo estaba persiguiendo a Él mismo, al Mesías, al Hijo de Dios, tal y como Saulo reconoció a la luz del Espíritu Santo. Y es totalmente cierto, pues Cristo vive en sus fieles y todo lo que estos hacen lo hacen en su nombre.

Seguidamente, el Señor envió a Ananías para que le impusiera las manos a Saulo y le devolviera la vista, y le comunicó: «Vete, porque éste es mi instrumento elegido para llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que deberá sufrir a causa de mi nombre» (Hch 9,15-16).

En este contexto, recordemos una de las bienaventuranzas que Jesús pronunció en el Sermón del Monte: «Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa» (Mt 5,11).

Si interiorizamos estas afirmaciones bíblicas, se nos revelará el sentido de la frase que san Pablo dirige a los colosenses. Él actúa por encargo divino. Todo lo que hace está marcado por ello. El Señor mismo actúa en y a través de Él, tal y como en la Antigua Alianza Dios había obrado a través de los profetas.

«Con Cristo estoy crucificado: (…) ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2,19b-20).

Ahora, el Apóstol recibe el honor de soportar sus sufrimientos por la comunidad que Dios le confió. Y lo hace con alegría, tal y como él mismo atestigua. Así como Pablo necesita la luz de Dios para anunciar el Evangelio en la verdad, también necesita su fuerza para soportar y sobrellevar todas las cargas que conlleva la misión que le fue encomendada. Basta con recordar la lista de padecimientos que nos describe en la Segunda Carta a los Corintios (11,23-29) para hacernos una idea de todo lo que soportó por Cristo. El sufrimiento del Señor se hace presente en su apóstol y, puesto que Pablo está dispuesto a sobrellevarlo, se le permite cooperar para que la Pasión del Señor siga obrando y dando fruto en sus siervos para la edificación de la Iglesia.

Tras esta importante declaración, san Pablo vuelve a animar a la comunidad, antes de pasar a abordar la peligrosa herejía que le causa gran preocupación. Al inicio del segundo capítulo de la Carta a los Colosenses, ya la menciona indirectamente:

«Quiero que sepáis qué dura lucha sostengo por vosotros, y por los de Laodicea, y por cuantos no me han visto personalmente, para que sean consolados sus corazones, unidos en la caridad, y alcancen en toda su riqueza la perfecta inteligencia y conocimiento del misterio de Dios, de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia. Digo esto para que nadie os engañe con discursos capciosos» (Col 2,1-4).

Pablo no tiene reparos en hablar a la comunidad de las luchas que sostiene por los fieles. De ningún modo lo hace para resaltar de forma especial su propia contribución, sino para consolarlos y poner de manifiesto el profundo vínculo que le une a ellos. Esto les ayudará a crecer en el amor mutuo y, gracias a esta comunión en la caridad, a comprender mejor el gran misterio de Cristo. A continuación, Pablo vuelve a destacar la singularidad de Cristo, y lo hace también para contrarrestar a los falsos maestros: en Cristo «están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia».

Si se interioriza, esta sola frase servirá como criterio de discernimiento para la comunidad de Colosas, pero también para nosotros en la actualidad. Si la aplicamos, podremos examinar si las filosofías que se nos presentan o las ideas que se nos pretenden transmitir concuerdan con la doctrina de Cristo. ¡Esa es la medida! Si constatamos que son contrarias a su enseñanza, no tiene sentido prestarles atención. Incluso podemos ir más allá y notar que pueden resultarnos perjudiciales y desviarnos del camino de Dios. De ahí la expresa advertencia del apóstol de que nadie de la comunidad se deje engañar con discursos capciosos.

El aferrarse firmemente a Cristo y rechazar las falsas doctrinas no son en absoluto signos de cerrazón o rigidez, sino que corresponden a una pureza espiritual necesaria para separar lo verdadero de lo falso.

En la meditación de mañana tendremos que seguir abordando el tema de las falsas doctrinas.
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Meditación sobre la lectura del día:

Fuentes de la verdadera alegría

Meditación sobre el evangelio del día:

Sólo el Señor

 

Al final de la reflexión de ayer, mencioné que hoy me gustaría detenerme en una afirmación de san Pablo para profundizar en ella, pues se trata de una declaración muy importante que el Apóstol de los Gentiles confía a la comunidad de Colosas. Me refiero a esta frase:

«Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia. De ella he sido yo constituido servidor por disposición divina» (Col 1,24-25a).

San Pablo es el gran Apóstol de los Gentiles, y sabemos bien que experimentó una profunda conversión cuando, de camino a Damasco, donde se disponía a encarcelar a los cristianos, se encontró con el Señor Jesús.

Así lo relatan los Hechos de los Apóstoles: «Mientras se dirigía allí, al acercarse a Damasco, de repente le envolvió de resplandor una luz del cielo. Cayó al suelo y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Respondió: “¿Quién eres tú, Señor?” Y él: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues”» (Hch 9,3-5).

El Señor le dejó claro a Saulo, que aún se encontraba sumido en la ignorancia y la ceguera de un falso celo, que al perseguir a los cristianos lo estaba persiguiendo a Él mismo, al Mesías, al Hijo de Dios, tal y como Saulo reconoció a la luz del Espíritu Santo. Y es totalmente cierto, pues Cristo vive en sus fieles y todo lo que estos hacen lo hacen en su nombre.

Seguidamente, el Señor envió a Ananías para que le impusiera las manos a Saulo y le devolviera la vista, y le comunicó: «Vete, porque éste es mi instrumento elegido para llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que deberá sufrir a causa de mi nombre» (Hch 9,15-16).

En este contexto, recordemos una de las bienaventuranzas que Jesús pronunció en el Sermón del Monte: «Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa» (Mt 5,11).

Si interiorizamos estas afirmaciones bíblicas, se nos revelará el sentido de la frase que san Pablo dirige a los colosenses. Él actúa por encargo divino. Todo lo que hace está marcado por ello. El Señor mismo actúa en y a través de Él, tal y como en la Antigua Alianza Dios había obrado a través de los profetas.

«Con Cristo estoy crucificado: (…) ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2,19b-20).

Ahora, el Apóstol recibe el honor de soportar sus sufrimientos por la comunidad que Dios le confió. Y lo hace con alegría, tal y como él mismo atestigua. Así como Pablo necesita la luz de Dios para anunciar el Evangelio en la verdad, también necesita su fuerza para soportar y sobrellevar todas las cargas que conlleva la misión que le fue encomendada. Basta con recordar la lista de padecimientos que nos describe en la Segunda Carta a los Corintios (11,23-29) para hacernos una idea de todo lo que soportó por Cristo. El sufrimiento del Señor se hace presente en su apóstol y, puesto que Pablo está dispuesto a sobrellevarlo, se le permite cooperar para que la Pasión del Señor siga obrando y dando fruto en sus siervos para la edificación de la Iglesia.

Tras esta importante declaración, san Pablo vuelve a animar a la comunidad, antes de pasar a abordar la peligrosa herejía que le causa gran preocupación. Al inicio del segundo capítulo de la Carta a los Colosenses, ya la menciona indirectamente:

«Quiero que sepáis qué dura lucha sostengo por vosotros, y por los de Laodicea, y por cuantos no me han visto personalmente, para que sean consolados sus corazones, unidos en la caridad, y alcancen en toda su riqueza la perfecta inteligencia y conocimiento del misterio de Dios, de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia. Digo esto para que nadie os engañe con discursos capciosos» (Col 2,1-4).

Pablo no tiene reparos en hablar a la comunidad de las luchas que sostiene por los fieles. De ningún modo lo hace para resaltar de forma especial su propia contribución, sino para consolarlos y poner de manifiesto el profundo vínculo que le une a ellos. Esto les ayudará a crecer en el amor mutuo y, gracias a esta comunión en la caridad, a comprender mejor el gran misterio de Cristo. A continuación, Pablo vuelve a destacar la singularidad de Cristo, y lo hace también para contrarrestar a los falsos maestros: en Cristo «están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia».

Si se interioriza, esta sola frase servirá como criterio de discernimiento para la comunidad de Colosas, pero también para nosotros en la actualidad. Si la aplicamos, podremos examinar si las filosofías que se nos presentan o las ideas que se nos pretenden transmitir concuerdan con la doctrina de Cristo. ¡Esa es la medida! Si constatamos que son contrarias a su enseñanza, no tiene sentido prestarles atención. Incluso podemos ir más allá y notar que pueden resultarnos perjudiciales y desviarnos del camino de Dios. De ahí la expresa advertencia del apóstol de que nadie de la comunidad se deje engañar con discursos capciosos.

El aferrarse firmemente a Cristo y rechazar las falsas doctrinas no son en absoluto signos de cerrazón o rigidez, sino que corresponden a una pureza espiritual necesaria para separar lo verdadero de lo falso.

En la meditación de mañana tendremos que seguir abordando el tema de las falsas doctrinas.
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Meditación sobre la lectura del día:

Fuentes de la verdadera alegría

Meditación sobre el evangelio del día:

Sólo el Señor

 

Al final de la reflexión de ayer, mencioné que hoy me gustaría detenerme en una afirmación de san Pablo para profundizar en ella, pues se trata de una declaración muy importante que el Apóstol de los Gentiles confía a la comunidad de Colosas. Me refiero a esta frase:

«Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia. De ella he sido yo constituido servidor por disposición divina» (Col 1,24-25a).

San Pablo es el gran Apóstol de los Gentiles, y sabemos bien que experimentó una profunda conversión cuando, de camino a Damasco, donde se disponía a encarcelar a los cristianos, se encontró con el Señor Jesús.

Así lo relatan los Hechos de los Apóstoles: «Mientras se dirigía allí, al acercarse a Damasco, de repente le envolvió de resplandor una luz del cielo. Cayó al suelo y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Respondió: “¿Quién eres tú, Señor?” Y él: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues”» (Hch 9,3-5).

El Señor le dejó claro a Saulo, que aún se encontraba sumido en la ignorancia y la ceguera de un falso celo, que al perseguir a los cristianos lo estaba persiguiendo a Él mismo, al Mesías, al Hijo de Dios, tal y como Saulo reconoció a la luz del Espíritu Santo. Y es totalmente cierto, pues Cristo vive en sus fieles y todo lo que estos hacen lo hacen en su nombre.

Seguidamente, el Señor envió a Ananías para que le impusiera las manos a Saulo y le devolviera la vista, y le comunicó: «Vete, porque éste es mi instrumento elegido para llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que deberá sufrir a causa de mi nombre» (Hch 9,15-16).

En este contexto, recordemos una de las bienaventuranzas que Jesús pronunció en el Sermón del Monte: «Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa» (Mt 5,11).

Si interiorizamos estas afirmaciones bíblicas, se nos revelará el sentido de la frase que san Pablo dirige a los colosenses. Él actúa por encargo divino. Todo lo que hace está marcado por ello. El Señor mismo actúa en y a través de Él, tal y como en la Antigua Alianza Dios había obrado a través de los profetas.

«Con Cristo estoy crucificado: (…) ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2,19b-20).

Ahora, el Apóstol recibe el honor de soportar sus sufrimientos por la comunidad que Dios le confió. Y lo hace con alegría, tal y como él mismo atestigua. Así como Pablo necesita la luz de Dios para anunciar el Evangelio en la verdad, también necesita su fuerza para soportar y sobrellevar todas las cargas que conlleva la misión que le fue encomendada. Basta con recordar la lista de padecimientos que nos describe en la Segunda Carta a los Corintios (11,23-29) para hacernos una idea de todo lo que soportó por Cristo. El sufrimiento del Señor se hace presente en su apóstol y, puesto que Pablo está dispuesto a sobrellevarlo, se le permite cooperar para que la Pasión del Señor siga obrando y dando fruto en sus siervos para la edificación de la Iglesia.

Tras esta importante declaración, san Pablo vuelve a animar a la comunidad, antes de pasar a abordar la peligrosa herejía que le causa gran preocupación. Al inicio del segundo capítulo de la Carta a los Colosenses, ya la menciona indirectamente:

«Quiero que sepáis qué dura lucha sostengo por vosotros, y por los de Laodicea, y por cuantos no me han visto personalmente, para que sean consolados sus corazones, unidos en la caridad, y alcancen en toda su riqueza la perfecta inteligencia y conocimiento del misterio de Dios, de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia. Digo esto para que nadie os engañe con discursos capciosos» (Col 2,1-4).

Pablo no tiene reparos en hablar a la comunidad de las luchas que sostiene por los fieles. De ningún modo lo hace para resaltar de forma especial su propia contribución, sino para consolarlos y poner de manifiesto el profundo vínculo que le une a ellos. Esto les ayudará a crecer en el amor mutuo y, gracias a esta comunión en la caridad, a comprender mejor el gran misterio de Cristo. A continuación, Pablo vuelve a destacar la singularidad de Cristo, y lo hace también para contrarrestar a los falsos maestros: en Cristo «están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia».

Si se interioriza, esta sola frase servirá como criterio de discernimiento para la comunidad de Colosas, pero también para nosotros en la actualidad. Si la aplicamos, podremos examinar si las filosofías que se nos presentan o las ideas que se nos pretenden transmitir concuerdan con la doctrina de Cristo. ¡Esa es la medida! Si constatamos que son contrarias a su enseñanza, no tiene sentido prestarles atención. Incluso podemos ir más allá y notar que pueden resultarnos perjudiciales y desviarnos del camino de Dios. De ahí la expresa advertencia del apóstol de que nadie de la comunidad se deje engañar con discursos capciosos.

El aferrarse firmemente a Cristo y rechazar las falsas doctrinas no son en absoluto signos de cerrazón o rigidez, sino que corresponden a una pureza espiritual necesaria para separar lo verdadero de lo falso.

En la meditación de mañana tendremos que seguir abordando el tema de las falsas doctrinas.
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Meditación sobre la lectura del día:

Fuentes de la verdadera alegría

Meditación sobre el evangelio del día:

Sólo el Señor

 

Al final de la reflexión de ayer, mencioné que hoy me gustaría detenerme en una afirmación de san Pablo para profundizar en ella, pues se trata de una declaración muy importante que el Apóstol de los Gentiles confía a la comunidad de Colosas. Me refiero a esta frase:

«Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia. De ella he sido yo constituido servidor por disposición divina» (Col 1,24-25a).

San Pablo es el gran Apóstol de los Gentiles, y sabemos bien que experimentó una profunda conversión cuando, de camino a Damasco, donde se disponía a encarcelar a los cristianos, se encontró con el Señor Jesús.

Así lo relatan los Hechos de los Apóstoles: «Mientras se dirigía allí, al acercarse a Damasco, de repente le envolvió de resplandor una luz del cielo. Cayó al suelo y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Respondió: “¿Quién eres tú, Señor?” Y él: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues”» (Hch 9,3-5).

El Señor le dejó claro a Saulo, que aún se encontraba sumido en la ignorancia y la ceguera de un falso celo, que al perseguir a los cristianos lo estaba persiguiendo a Él mismo, al Mesías, al Hijo de Dios, tal y como Saulo reconoció a la luz del Espíritu Santo. Y es totalmente cierto, pues Cristo vive en sus fieles y todo lo que estos hacen lo hacen en su nombre.

Seguidamente, el Señor envió a Ananías para que le impusiera las manos a Saulo y le devolviera la vista, y le comunicó: «Vete, porque éste es mi instrumento elegido para llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que deberá sufrir a causa de mi nombre» (Hch 9,15-16).

En este contexto, recordemos una de las bienaventuranzas que Jesús pronunció en el Sermón del Monte: «Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa» (Mt 5,11).

Si interiorizamos estas afirmaciones bíblicas, se nos revelará el sentido de la frase que san Pablo dirige a los colosenses. Él actúa por encargo divino. Todo lo que hace está marcado por ello. El Señor mismo actúa en y a través de Él, tal y como en la Antigua Alianza Dios había obrado a través de los profetas.

«Con Cristo estoy crucificado: (…) ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2,19b-20).

Ahora, el Apóstol recibe el honor de soportar sus sufrimientos por la comunidad que Dios le confió. Y lo hace con alegría, tal y como él mismo atestigua. Así como Pablo necesita la luz de Dios para anunciar el Evangelio en la verdad, también necesita su fuerza para soportar y sobrellevar todas las cargas que conlleva la misión que le fue encomendada. Basta con recordar la lista de padecimientos que nos describe en la Segunda Carta a los Corintios (11,23-29) para hacernos una idea de todo lo que soportó por Cristo. El sufrimiento del Señor se hace presente en su apóstol y, puesto que Pablo está dispuesto a sobrellevarlo, se le permite cooperar para que la Pasión del Señor siga obrando y dando fruto en sus siervos para la edificación de la Iglesia.

Tras esta importante declaración, san Pablo vuelve a animar a la comunidad, antes de pasar a abordar la peligrosa herejía que le causa gran preocupación. Al inicio del segundo capítulo de la Carta a los Colosenses, ya la menciona indirectamente:

«Quiero que sepáis qué dura lucha sostengo por vosotros, y por los de Laodicea, y por cuantos no me han visto personalmente, para que sean consolados sus corazones, unidos en la caridad, y alcancen en toda su riqueza la perfecta inteligencia y conocimiento del misterio de Dios, de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia. Digo esto para que nadie os engañe con discursos capciosos» (Col 2,1-4).

Pablo no tiene reparos en hablar a la comunidad de las luchas que sostiene por los fieles. De ningún modo lo hace para resaltar de forma especial su propia contribución, sino para consolarlos y poner de manifiesto el profundo vínculo que le une a ellos. Esto les ayudará a crecer en el amor mutuo y, gracias a esta comunión en la caridad, a comprender mejor el gran misterio de Cristo. A continuación, Pablo vuelve a destacar la singularidad de Cristo, y lo hace también para contrarrestar a los falsos maestros: en Cristo «están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia».

Si se interioriza, esta sola frase servirá como criterio de discernimiento para la comunidad de Colosas, pero también para nosotros en la actualidad. Si la aplicamos, podremos examinar si las filosofías que se nos presentan o las ideas que se nos pretenden transmitir concuerdan con la doctrina de Cristo. ¡Esa es la medida! Si constatamos que son contrarias a su enseñanza, no tiene sentido prestarles atención. Incluso podemos ir más allá y notar que pueden resultarnos perjudiciales y desviarnos del camino de Dios. De ahí la expresa advertencia del apóstol de que nadie de la comunidad se deje engañar con discursos capciosos.

El aferrarse firmemente a Cristo y rechazar las falsas doctrinas no son en absoluto signos de cerrazón o rigidez, sino que corresponden a una pureza espiritual necesaria para separar lo verdadero de lo falso.

En la meditación de mañana tendremos que seguir abordando el tema de las falsas doctrinas.
______________________________________________________

Meditación sobre la lectura del día:

Fuentes de la verdadera alegría

Meditación sobre el evangelio del día:

Sólo el Señor

 

Al final de la reflexión de ayer, mencioné que hoy me gustaría detenerme en una afirmación de san Pablo para profundizar en ella, pues se trata de una declaración muy importante que el Apóstol de los Gentiles confía a la comunidad de Colosas. Me refiero a esta frase:

«Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia. De ella he sido yo constituido servidor por disposición divina» (Col 1,24-25a).

San Pablo es el gran Apóstol de los Gentiles, y sabemos bien que experimentó una profunda conversión cuando, de camino a Damasco, donde se disponía a encarcelar a los cristianos, se encontró con el Señor Jesús.

Así lo relatan los Hechos de los Apóstoles: «Mientras se dirigía allí, al acercarse a Damasco, de repente le envolvió de resplandor una luz del cielo. Cayó al suelo y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Respondió: “¿Quién eres tú, Señor?” Y él: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues”» (Hch 9,3-5).

El Señor le dejó claro a Saulo, que aún se encontraba sumido en la ignorancia y la ceguera de un falso celo, que al perseguir a los cristianos lo estaba persiguiendo a Él mismo, al Mesías, al Hijo de Dios, tal y como Saulo reconoció a la luz del Espíritu Santo. Y es totalmente cierto, pues Cristo vive en sus fieles y todo lo que estos hacen lo hacen en su nombre.

Seguidamente, el Señor envió a Ananías para que le impusiera las manos a Saulo y le devolviera la vista, y le comunicó: «Vete, porque éste es mi instrumento elegido para llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que deberá sufrir a causa de mi nombre» (Hch 9,15-16).

En este contexto, recordemos una de las bienaventuranzas que Jesús pronunció en el Sermón del Monte: «Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa» (Mt 5,11).

Si interiorizamos estas afirmaciones bíblicas, se nos revelará el sentido de la frase que san Pablo dirige a los colosenses. Él actúa por encargo divino. Todo lo que hace está marcado por ello. El Señor mismo actúa en y a través de Él, tal y como en la Antigua Alianza Dios había obrado a través de los profetas.

«Con Cristo estoy crucificado: (…) ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2,19b-20).

Ahora, el Apóstol recibe el honor de soportar sus sufrimientos por la comunidad que Dios le confió. Y lo hace con alegría, tal y como él mismo atestigua. Así como Pablo necesita la luz de Dios para anunciar el Evangelio en la verdad, también necesita su fuerza para soportar y sobrellevar todas las cargas que conlleva la misión que le fue encomendada. Basta con recordar la lista de padecimientos que nos describe en la Segunda Carta a los Corintios (11,23-29) para hacernos una idea de todo lo que soportó por Cristo. El sufrimiento del Señor se hace presente en su apóstol y, puesto que Pablo está dispuesto a sobrellevarlo, se le permite cooperar para que la Pasión del Señor siga obrando y dando fruto en sus siervos para la edificación de la Iglesia.

Tras esta importante declaración, san Pablo vuelve a animar a la comunidad, antes de pasar a abordar la peligrosa herejía que le causa gran preocupación. Al inicio del segundo capítulo de la Carta a los Colosenses, ya la menciona indirectamente:

«Quiero que sepáis qué dura lucha sostengo por vosotros, y por los de Laodicea, y por cuantos no me han visto personalmente, para que sean consolados sus corazones, unidos en la caridad, y alcancen en toda su riqueza la perfecta inteligencia y conocimiento del misterio de Dios, de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia. Digo esto para que nadie os engañe con discursos capciosos» (Col 2,1-4).

Pablo no tiene reparos en hablar a la comunidad de las luchas que sostiene por los fieles. De ningún modo lo hace para resaltar de forma especial su propia contribución, sino para consolarlos y poner de manifiesto el profundo vínculo que le une a ellos. Esto les ayudará a crecer en el amor mutuo y, gracias a esta comunión en la caridad, a comprender mejor el gran misterio de Cristo. A continuación, Pablo vuelve a destacar la singularidad de Cristo, y lo hace también para contrarrestar a los falsos maestros: en Cristo «están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia».

Si se interioriza, esta sola frase servirá como criterio de discernimiento para la comunidad de Colosas, pero también para nosotros en la actualidad. Si la aplicamos, podremos examinar si las filosofías que se nos presentan o las ideas que se nos pretenden transmitir concuerdan con la doctrina de Cristo. ¡Esa es la medida! Si constatamos que son contrarias a su enseñanza, no tiene sentido prestarles atención. Incluso podemos ir más allá y notar que pueden resultarnos perjudiciales y desviarnos del camino de Dios. De ahí la expresa advertencia del apóstol de que nadie de la comunidad se deje engañar con discursos capciosos.

El aferrarse firmemente a Cristo y rechazar las falsas doctrinas no son en absoluto signos de cerrazón o rigidez, sino que corresponden a una pureza espiritual necesaria para separar lo verdadero de lo falso.

En la meditación de mañana tendremos que seguir abordando el tema de las falsas doctrinas.
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Meditación sobre la lectura del día:

Fuentes de la verdadera alegría

Meditación sobre el evangelio del día:

Sólo el Señor

 

Al final de la reflexión de ayer, mencioné que hoy me gustaría detenerme en una afirmación de san Pablo para profundizar en ella, pues se trata de una declaración muy importante que el Apóstol de los Gentiles confía a la comunidad de Colosas. Me refiero a esta frase:

«Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia. De ella he sido yo constituido servidor por disposición divina» (Col 1,24-25a).

San Pablo es el gran Apóstol de los Gentiles, y sabemos bien que experimentó una profunda conversión cuando, de camino a Damasco, donde se disponía a encarcelar a los cristianos, se encontró con el Señor Jesús.

Así lo relatan los Hechos de los Apóstoles: «Mientras se dirigía allí, al acercarse a Damasco, de repente le envolvió de resplandor una luz del cielo. Cayó al suelo y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Respondió: “¿Quién eres tú, Señor?” Y él: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues”» (Hch 9,3-5).

El Señor le dejó claro a Saulo, que aún se encontraba sumido en la ignorancia y la ceguera de un falso celo, que al perseguir a los cristianos lo estaba persiguiendo a Él mismo, al Mesías, al Hijo de Dios, tal y como Saulo reconoció a la luz del Espíritu Santo. Y es totalmente cierto, pues Cristo vive en sus fieles y todo lo que estos hacen lo hacen en su nombre.

Seguidamente, el Señor envió a Ananías para que le impusiera las manos a Saulo y le devolviera la vista, y le comunicó: «Vete, porque éste es mi instrumento elegido para llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que deberá sufrir a causa de mi nombre» (Hch 9,15-16).

En este contexto, recordemos una de las bienaventuranzas que Jesús pronunció en el Sermón del Monte: «Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa» (Mt 5,11).

Si interiorizamos estas afirmaciones bíblicas, se nos revelará el sentido de la frase que san Pablo dirige a los colosenses. Él actúa por encargo divino. Todo lo que hace está marcado por ello. El Señor mismo actúa en y a través de Él, tal y como en la Antigua Alianza Dios había obrado a través de los profetas.

«Con Cristo estoy crucificado: (…) ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2,19b-20).

Ahora, el Apóstol recibe el honor de soportar sus sufrimientos por la comunidad que Dios le confió. Y lo hace con alegría, tal y como él mismo atestigua. Así como Pablo necesita la luz de Dios para anunciar el Evangelio en la verdad, también necesita su fuerza para soportar y sobrellevar todas las cargas que conlleva la misión que le fue encomendada. Basta con recordar la lista de padecimientos que nos describe en la Segunda Carta a los Corintios (11,23-29) para hacernos una idea de todo lo que soportó por Cristo. El sufrimiento del Señor se hace presente en su apóstol y, puesto que Pablo está dispuesto a sobrellevarlo, se le permite cooperar para que la Pasión del Señor siga obrando y dando fruto en sus siervos para la edificación de la Iglesia.

Tras esta importante declaración, san Pablo vuelve a animar a la comunidad, antes de pasar a abordar la peligrosa herejía que le causa gran preocupación. Al inicio del segundo capítulo de la Carta a los Colosenses, ya la menciona indirectamente:

«Quiero que sepáis qué dura lucha sostengo por vosotros, y por los de Laodicea, y por cuantos no me han visto personalmente, para que sean consolados sus corazones, unidos en la caridad, y alcancen en toda su riqueza la perfecta inteligencia y conocimiento del misterio de Dios, de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia. Digo esto para que nadie os engañe con discursos capciosos» (Col 2,1-4).

Pablo no tiene reparos en hablar a la comunidad de las luchas que sostiene por los fieles. De ningún modo lo hace para resaltar de forma especial su propia contribución, sino para consolarlos y poner de manifiesto el profundo vínculo que le une a ellos. Esto les ayudará a crecer en el amor mutuo y, gracias a esta comunión en la caridad, a comprender mejor el gran misterio de Cristo. A continuación, Pablo vuelve a destacar la singularidad de Cristo, y lo hace también para contrarrestar a los falsos maestros: en Cristo «están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia».

Si se interioriza, esta sola frase servirá como criterio de discernimiento para la comunidad de Colosas, pero también para nosotros en la actualidad. Si la aplicamos, podremos examinar si las filosofías que se nos presentan o las ideas que se nos pretenden transmitir concuerdan con la doctrina de Cristo. ¡Esa es la medida! Si constatamos que son contrarias a su enseñanza, no tiene sentido prestarles atención. Incluso podemos ir más allá y notar que pueden resultarnos perjudiciales y desviarnos del camino de Dios. De ahí la expresa advertencia del apóstol de que nadie de la comunidad se deje engañar con discursos capciosos.

El aferrarse firmemente a Cristo y rechazar las falsas doctrinas no son en absoluto signos de cerrazón o rigidez, sino que corresponden a una pureza espiritual necesaria para separar lo verdadero de lo falso.

En la meditación de mañana tendremos que seguir abordando el tema de las falsas doctrinas.
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Meditación sobre la lectura del día:

Fuentes de la verdadera alegría

Meditación sobre el evangelio del día:

Sólo el Señor

 

Al final de la reflexión de ayer, mencioné que hoy me gustaría detenerme en una afirmación de san Pablo para profundizar en ella, pues se trata de una declaración muy importante que el Apóstol de los Gentiles confía a la comunidad de Colosas. Me refiero a esta frase:

«Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia. De ella he sido yo constituido servidor por disposición divina» (Col 1,24-25a).

San Pablo es el gran Apóstol de los Gentiles, y sabemos bien que experimentó una profunda conversión cuando, de camino a Damasco, donde se disponía a encarcelar a los cristianos, se encontró con el Señor Jesús.

Así lo relatan los Hechos de los Apóstoles: «Mientras se dirigía allí, al acercarse a Damasco, de repente le envolvió de resplandor una luz del cielo. Cayó al suelo y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Respondió: “¿Quién eres tú, Señor?” Y él: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues”» (Hch 9,3-5).

El Señor le dejó claro a Saulo, que aún se encontraba sumido en la ignorancia y la ceguera de un falso celo, que al perseguir a los cristianos lo estaba persiguiendo a Él mismo, al Mesías, al Hijo de Dios, tal y como Saulo reconoció a la luz del Espíritu Santo. Y es totalmente cierto, pues Cristo vive en sus fieles y todo lo que estos hacen lo hacen en su nombre.

Seguidamente, el Señor envió a Ananías para que le impusiera las manos a Saulo y le devolviera la vista, y le comunicó: «Vete, porque éste es mi instrumento elegido para llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que deberá sufrir a causa de mi nombre» (Hch 9,15-16).

En este contexto, recordemos una de las bienaventuranzas que Jesús pronunció en el Sermón del Monte: «Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa» (Mt 5,11).

Si interiorizamos estas afirmaciones bíblicas, se nos revelará el sentido de la frase que san Pablo dirige a los colosenses. Él actúa por encargo divino. Todo lo que hace está marcado por ello. El Señor mismo actúa en y a través de Él, tal y como en la Antigua Alianza Dios había obrado a través de los profetas.

«Con Cristo estoy crucificado: (…) ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2,19b-20).

Ahora, el Apóstol recibe el honor de soportar sus sufrimientos por la comunidad que Dios le confió. Y lo hace con alegría, tal y como él mismo atestigua. Así como Pablo necesita la luz de Dios para anunciar el Evangelio en la verdad, también necesita su fuerza para soportar y sobrellevar todas las cargas que conlleva la misión que le fue encomendada. Basta con recordar la lista de padecimientos que nos describe en la Segunda Carta a los Corintios (11,23-29) para hacernos una idea de todo lo que soportó por Cristo. El sufrimiento del Señor se hace presente en su apóstol y, puesto que Pablo está dispuesto a sobrellevarlo, se le permite cooperar para que la Pasión del Señor siga obrando y dando fruto en sus siervos para la edificación de la Iglesia.

Tras esta importante declaración, san Pablo vuelve a animar a la comunidad, antes de pasar a abordar la peligrosa herejía que le causa gran preocupación. Al inicio del segundo capítulo de la Carta a los Colosenses, ya la menciona indirectamente:

«Quiero que sepáis qué dura lucha sostengo por vosotros, y por los de Laodicea, y por cuantos no me han visto personalmente, para que sean consolados sus corazones, unidos en la caridad, y alcancen en toda su riqueza la perfecta inteligencia y conocimiento del misterio de Dios, de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia. Digo esto para que nadie os engañe con discursos capciosos» (Col 2,1-4).

Pablo no tiene reparos en hablar a la comunidad de las luchas que sostiene por los fieles. De ningún modo lo hace para resaltar de forma especial su propia contribución, sino para consolarlos y poner de manifiesto el profundo vínculo que le une a ellos. Esto les ayudará a crecer en el amor mutuo y, gracias a esta comunión en la caridad, a comprender mejor el gran misterio de Cristo. A continuación, Pablo vuelve a destacar la singularidad de Cristo, y lo hace también para contrarrestar a los falsos maestros: en Cristo «están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia».

Si se interioriza, esta sola frase servirá como criterio de discernimiento para la comunidad de Colosas, pero también para nosotros en la actualidad. Si la aplicamos, podremos examinar si las filosofías que se nos presentan o las ideas que se nos pretenden transmitir concuerdan con la doctrina de Cristo. ¡Esa es la medida! Si constatamos que son contrarias a su enseñanza, no tiene sentido prestarles atención. Incluso podemos ir más allá y notar que pueden resultarnos perjudiciales y desviarnos del camino de Dios. De ahí la expresa advertencia del apóstol de que nadie de la comunidad se deje engañar con discursos capciosos.

El aferrarse firmemente a Cristo y rechazar las falsas doctrinas no son en absoluto signos de cerrazón o rigidez, sino que corresponden a una pureza espiritual necesaria para separar lo verdadero de lo falso.

En la meditación de mañana tendremos que seguir abordando el tema de las falsas doctrinas.
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Meditación sobre la lectura del día:

Fuentes de la verdadera alegría

Meditación sobre el evangelio del día:

Sólo el Señor

 

Al final de la reflexión de ayer, mencioné que hoy me gustaría detenerme en una afirmación de san Pablo para profundizar en ella, pues se trata de una declaración muy importante que el Apóstol de los Gentiles confía a la comunidad de Colosas. Me refiero a esta frase:

«Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia. De ella he sido yo constituido servidor por disposición divina» (Col 1,24-25a).

San Pablo es el gran Apóstol de los Gentiles, y sabemos bien que experimentó una profunda conversión cuando, de camino a Damasco, donde se disponía a encarcelar a los cristianos, se encontró con el Señor Jesús.

Así lo relatan los Hechos de los Apóstoles: «Mientras se dirigía allí, al acercarse a Damasco, de repente le envolvió de resplandor una luz del cielo. Cayó al suelo y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Respondió: “¿Quién eres tú, Señor?” Y él: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues”» (Hch 9,3-5).

El Señor le dejó claro a Saulo, que aún se encontraba sumido en la ignorancia y la ceguera de un falso celo, que al perseguir a los cristianos lo estaba persiguiendo a Él mismo, al Mesías, al Hijo de Dios, tal y como Saulo reconoció a la luz del Espíritu Santo. Y es totalmente cierto, pues Cristo vive en sus fieles y todo lo que estos hacen lo hacen en su nombre.

Seguidamente, el Señor envió a Ananías para que le impusiera las manos a Saulo y le devolviera la vista, y le comunicó: «Vete, porque éste es mi instrumento elegido para llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que deberá sufrir a causa de mi nombre» (Hch 9,15-16).

En este contexto, recordemos una de las bienaventuranzas que Jesús pronunció en el Sermón del Monte: «Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa» (Mt 5,11).

Si interiorizamos estas afirmaciones bíblicas, se nos revelará el sentido de la frase que san Pablo dirige a los colosenses. Él actúa por encargo divino. Todo lo que hace está marcado por ello. El Señor mismo actúa en y a través de Él, tal y como en la Antigua Alianza Dios había obrado a través de los profetas.

«Con Cristo estoy crucificado: (…) ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2,19b-20).

Ahora, el Apóstol recibe el honor de soportar sus sufrimientos por la comunidad que Dios le confió. Y lo hace con alegría, tal y como él mismo atestigua. Así como Pablo necesita la luz de Dios para anunciar el Evangelio en la verdad, también necesita su fuerza para soportar y sobrellevar todas las cargas que conlleva la misión que le fue encomendada. Basta con recordar la lista de padecimientos que nos describe en la Segunda Carta a los Corintios (11,23-29) para hacernos una idea de todo lo que soportó por Cristo. El sufrimiento del Señor se hace presente en su apóstol y, puesto que Pablo está dispuesto a sobrellevarlo, se le permite cooperar para que la Pasión del Señor siga obrando y dando fruto en sus siervos para la edificación de la Iglesia.

Tras esta importante declaración, san Pablo vuelve a animar a la comunidad, antes de pasar a abordar la peligrosa herejía que le causa gran preocupación. Al inicio del segundo capítulo de la Carta a los Colosenses, ya la menciona indirectamente:

«Quiero que sepáis qué dura lucha sostengo por vosotros, y por los de Laodicea, y por cuantos no me han visto personalmente, para que sean consolados sus corazones, unidos en la caridad, y alcancen en toda su riqueza la perfecta inteligencia y conocimiento del misterio de Dios, de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia. Digo esto para que nadie os engañe con discursos capciosos» (Col 2,1-4).

Pablo no tiene reparos en hablar a la comunidad de las luchas que sostiene por los fieles. De ningún modo lo hace para resaltar de forma especial su propia contribución, sino para consolarlos y poner de manifiesto el profundo vínculo que le une a ellos. Esto les ayudará a crecer en el amor mutuo y, gracias a esta comunión en la caridad, a comprender mejor el gran misterio de Cristo. A continuación, Pablo vuelve a destacar la singularidad de Cristo, y lo hace también para contrarrestar a los falsos maestros: en Cristo «están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia».

Si se interioriza, esta sola frase servirá como criterio de discernimiento para la comunidad de Colosas, pero también para nosotros en la actualidad. Si la aplicamos, podremos examinar si las filosofías que se nos presentan o las ideas que se nos pretenden transmitir concuerdan con la doctrina de Cristo. ¡Esa es la medida! Si constatamos que son contrarias a su enseñanza, no tiene sentido prestarles atención. Incluso podemos ir más allá y notar que pueden resultarnos perjudiciales y desviarnos del camino de Dios. De ahí la expresa advertencia del apóstol de que nadie de la comunidad se deje engañar con discursos capciosos.

El aferrarse firmemente a Cristo y rechazar las falsas doctrinas no son en absoluto signos de cerrazón o rigidez, sino que corresponden a una pureza espiritual necesaria para separar lo verdadero de lo falso.

En la meditación de mañana tendremos que seguir abordando el tema de las falsas doctrinas.
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Meditación sobre la lectura del día:

Fuentes de la verdadera alegría

Meditación sobre el evangelio del día:

Sólo el Señor