No ir más allá de lo escrito

1Cor 4,6b-15

Me he puesto como ejemplo a mí y a Apolo, en orden a vosotros; para que aprendáis de nosotros aquello de «No ir más allá de lo que está escrito» y para que nadie se engría en favor de uno contra otro. Pues ¿quién es el que te distingue? ¿Qué tienes que no lo hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿a qué gloriarte cual si no lo hubieras recibido? ¡Ya estáis hartos! ¡Ya sois ricos! ¡Os habéis hecho reyes sin nosotros! ¡Y ojalá reinaseis, para que también nosotros reináramos con vosotros! Porque pienso que a nosotros, los apóstoles, Dios nos ha asignado el último lugar, como condenados a muerte, puestos a modo de espectáculo para el mundo, los ángeles y los hombres. Nosotros, necios por seguir a Cristo; vosotros, sabios en Cristo. Débiles nosotros; mas vosotros, fuertes.

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“UNA MUERTE DULCE” 

«Aprende a vivir de tal manera que la hora de tu muerte te resulte dulce. Mantén tu corazón libre y siempre levantado hacia Dios, pues no posee aquí ciudad permanente» (Tomás de Kempis).

¡Una dulce hora de la muerte! ¡Qué perspectiva tan maravillosa! No puede significar otra cosa que esperar con alegría la muerte, o mejor dicho, el retorno al Padre Celestial.

De hecho, cuando tomamos conciencia de que día a día corremos al encuentro de nuestro Padre, que nos guía y nos acompaña en nuestra peregrinación por la Tierra, nuestro corazón se inflama cada vez más y nuestro anhelo de vivir en comunión con Él en la eternidad se vuelve más fuerte.

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Nuevos caminos sobre sendas seguras

Lc 5,33-39

En aquel tiempo, los fariseos y escribas le dijeron a Jesús: “Los discípulos de Juan ayunan frecuentemente y recitan oraciones, igual que los de los fariseos, pero los tuyos no se privan de comer y beber.”  Jesús respondió: “¿Podéis acaso hacer ayunar a los invitados a la boda mientras el novio está con ellos? Días vendrán en que les será arrebatado; entonces ayunarán, cuando lleguen esos días.” Les dijo también una parábola: “Nadie rompe un vestido nuevo para echar un remiendo a uno viejo, porque, si lo hace, desgarraría el nuevo, y al viejo no le iría el remiendo del nuevo. Nadie echa tampoco vino nuevo en odres viejos; porque, si lo hace, el vino nuevo reventaría los odres, el vino se derramaría y los odres se echarían a perder. Hay que echar el vino nuevo en odres nuevos. Nadie, después de beber el vino añejo, quiere del nuevo, porque dirá: El añejo es el bueno.” leer más

“LA INVENCIBILIDAD DE UN ALMA QUE AMA” 

«Ni las circunstancias físicas ni las del espacio pueden limitar la libertad de un alma que ama» (San Bernardo de Claraval).

El arte del verdadero amor consiste en hallar el sentido más elevado de todas las cosas cuando se aprende a verlas desde la perspectiva del Padre Celestial. Incluso el sufrimiento y las circunstancias más difíciles pueden vencerse cuando el alma está unida a Dios. En cierto modo, se vuelve invencible, ya que encuentra el puente que la conecta con Él en todas las circunstancias. Así, tampoco permite que la dinámica negativa de las circunstancias la desanime y siempre preserva su libertad.

A menudo podemos observarlo de manera admirable en los mártires. Ante los tormentos que tenían que soportar o con los que eran amenazados, no perdían el ánimo ni permitían que estos los indujeran a acciones contrarias a la voluntad de Dios. ¡Todo lo contrario! En medio de su angustia, entregaban al Señor el gran regalo de la vida y, por amor a Él, permanecían fieles a su camino. Se manifestaba en ellos el espíritu de fortaleza, que les hacía capaces de buscar y concretar el amor divino en todas las situaciones. Dios mismo les daba la fuerza, preservando así su libertad.

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“AFERRÉMONOS SIEMPRE AL SEÑOR” 

«Aférrate siempre a mí y adéntrate en lo más profundo de tu ser» (Palabra interior).

Pase lo que pase, por muchas tribulaciones que nos sobrevengan a nivel exterior e interior, y aunque no seamos capaces de percibir la presencia de Dios en medio de ellas, la frase de hoy nos exhorta a aferrarnos siempre a nuestro Padre. En efecto, no son los sentimientos los que pueden darnos seguridad en nuestro camino con Dios a lo largo del tiempo, sino su palabra y su voluntad de guiarnos. De ellas podemos fiarnos sin cuestionamientos ni dudas.

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¡Que nadie se engañe!

1Cor 3,18-23

¡Que nadie se engañe! Si alguno de vosotros se cree sabio según los criterios de este mundo, mejor es que se vuelva necio, para llegar a ser sabio. Pensad que, para Dios, la sabiduría de este mundo no es más que necedad. En efecto, dice la Escritura: “El que enreda a los sabios en su propia astucia.” Y también: “El Señor conoce cuán vanos son los pensamientos de los sabios”. Así que nadie se gloríe en las personas, pues todo es vuestro; ya sea Pablo, Apolo, Cefas, el mundo, la vida, la muerte, el presente, el futuro…, todo es vuestro. Y vosotros sois de Cristo, y Cristo, de Dios.

En las primeras palabras de esta lectura, San Pablo nos da una importante indicación, con la que introduce sus posteriores reflexiones: “¡Que nadie se engañe!” –nos dice. ¡Éste es, en efecto, un tema muy importante para la vida espiritual!

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“LO MÁS ÍNTIMO DEL CORAZÓN” 

«La raíz del amor debe ser lo más íntimo de tu corazón; de esa raíz no puede brotar sino el bien» (San Agustín).

En un primer momento, esta afirmación de san Agustín puede sorprendernos. Se nos vienen a la mente las palabras de Jesús:

«Del interior del corazón de los hombres proceden los malos pensamientos, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, los deseos avariciosos, las maldades, el fraude, la deshonestidad, la envidia, la blasfemia, la soberbia y la insensatez. Todas estas cosas malas proceden del interior y hacen impuro al hombre» (Mc 7,21-23).

El santo hace alusión al corazón nuevo que Dios quiere concedernos y se refiere a un corazón purificado en el que el Señor mismo ha puesto su morada. Una vez que nuestro Padre habite en nosotros, sucederá realmente lo que describe san Agustín y el Espíritu clamará en nosotros: “¡Abbá, Padre!” (Gal 4,6).

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Vencer la actitud terrenal

1Cor 3,1-9

Yo, hermanos, no pude hablaros como a personas espirituales, sino como a carnales, como a niños en la fe de Cristo. Os di a beber leche, y no alimento sólido, pues todavía no lo podíais soportar. Y ni siquiera ahora lo soportáis, pues seguís siendo carnales. Porque, mientras haya entre vosotros envidia y discordia, ¿no creéis que seguís siendo carnales y vivís a lo humano? Cuando dice uno: “Yo soy de Pablo”, y otro: “Yo soy de Apolo”, ¿no estáis procediendo según criterios humanos? ¿Quién es, pues, Apolo? ¿Y quién es Pablo?… ¡Servidores, por medio de los cuales habéis creído! Cada uno trabajó según el designio del Señor: yo planté y Apolo regó, mas fue Dios quien proporcionó el crecimiento. De modo que el que planta y el que riega nada son, sino Dios, que proporciona el crecimiento. Además el que planta y el que riega son una misma cosa, si bien cada cual recibirá el salario según su propio trabajo. Nosotros somos colaboradores de Dios, y vosotros, el campo que Dios cultiva, el edificio que Dios construye.

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“LA GRACIA DEL RETORNO” 

«Alejarse de ti es MORIR. Volver a ti es RESUCITAR. Morar junto a ti es VIVIR» (San Agustín).

Nuestra vida espiritual muere cuando abandonamos el camino de Dios y volvemos a aferrarnos a las promesas de este mundo. La vida de la gracia que antes nos había sostenido comienza a extinguirse. La cercanía directa, tierna y natural de Dios, que otorga verdadero sentido a la vida, se desvanece.

En cierta medida, esto también sucede cuando descuidamos la vocación que nuestro Padre nos ha concedido y acabamos perdiéndola. Entonces, el impulso de la gracia que acompaña al llamado de Dios se va debilitando y, aunque nos mantengamos fieles a sus mandamientos por el resto de nuestra vida, queda algo insatisfecho en nuestra alma.

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Resistencia contra el mal

Lc 4,31-37

En aquel tiempo, Jesús bajó a Cafarnaún, población de Galilea, y los sábados les enseñaba. La gente quedaba asombrada de su doctrina, porque hablaba con autoridad. Había en la sinagoga un hombre que tenía el espíritu de un demonio impuro y se puso a gritar a grandes voces: “¡Ah! ¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres: el Santo de Dios.” Jesús entonces le conminó: “Cállate y sal de él.” Y el demonio, arrojándole en medio, salió de él sin hacerle ningún daño. Todos quedaron pasmados y se decían unos a otros: “¡Qué palabra ésta! Da órdenes con autoridad y poder a los espíritus impuros, y los hace salir.” Así que su fama se extendió por todos los lugares de la región.

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