La clave para la verdadera paz

St 4,1-12

¿De dónde proceden las guerras y las peleas entre vosotros? ¿Acaso no provienen de vuestras pasiones, que luchan en vuestros miembros? Codiciáis, y no tenéis; matáis y tenéis envidia, y no podéis conseguir nada; lucháis y os hacéis la guerra. No tenéis porque no pedís. Pedís y no obtenéis, porque pedís mal, para derrochar en vuestros placeres. ¡Almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad con el mundo es enemistad con Dios? Por tanto, el que desee ser amigo de este mundo, se hace enemigo de Dios. ¿O pensáis que la Escritura dice en vano: ‘Celosamente nos ama el Espíritu que habita en nosotros’? Pero mayor es la gracia que da; por eso dice: ‘Dios resiste a los soberbios’, ‘y a los humildes da la gracia’. Por eso, estad sujetos a Dios.

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“DIOS NO DEFRAUDA”  

«Su sabiduría es infinita y, cuando le pido consejo, jamás me defrauda» (San Pío X).

Una vez más, el santo papa Pío X nos acompaña en los primeros pasos de este nuevo año. Para vivir nuestra fe de forma fructífera en estos tiempos difíciles, necesitamos buenos consejos. ¿Quién podría aconsejarnos mejor que nuestro Padre celestial? ¿Quién podría comunicarnos más de su infinita sabiduría que aquel que es la sabiduría misma?

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La sabiduría de lo alto 

St 3,1-18

Hermanos míos, no pretendáis muchos ser maestros, sabiendo que tendremos un juicio más severo; porque todos caemos con frecuencia. Si alguno no peca de palabra, ése es un hombre perfecto, capaz también de refrenar todo su cuerpo. Si ponemos frenos en la boca a los caballos para que nos obedezcan, dirigimos todo su cuerpo. Mirad también las naves: aunque sean tan grandes y las empujen vientos fuertes, un pequeño timón las dirige adonde quiere la voluntad del piloto. Del mismo modo, la lengua es un miembro pequeño, pero va presumiendo de grandes cosas. ¡Mirad qué poco fuego basta para quemar un gran bosque! Así también la lengua es un fuego, un mundo de iniquidad; es ella, de entre nuestros miembros, la que contamina todo el cuerpo y, encendida por el infierno, inflama el curso de nuestra vida desde el nacimiento. 

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Fe y obras

St 2,14-26

¿De qué sirve, hermanos míos, que uno diga tener fe, si no tiene obras? ¿Acaso la fe podrá salvarle? Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento cotidiano, y alguno de vosotros les dice: ‘Id en paz, calentaos y saciaos’, pero no le dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así también la fe, si no va acompañada de obras, está realmente muerta. Pero alguno podrá decir: ‘Tú tienes fe, y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin obras, y yo por mis obras te mostraré la fe. ¿Tú crees que hay un solo Dios? Haces bien; pero también los demonios lo creen, y se estremecen’. 

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“NO DEJARSE PERTURBAR”  

«Aunque la tormenta arrecie y el cielo se oscurezca, no por eso desmayaremos» (San Pío X).

Estas palabras del papa San Pío X pueden darnos aliento. Sin duda, eso es precisamente lo que nuestro Padre quiere: que aun en las dificultades e incluso en circunstancias dramáticas y dolores de parto apocalípticos no nos desviemos del camino que el Señor nos ha trazado. Solo podremos lograrlo si mantenemos nuestra mirada fija en Él, si nuestra alma está arraigada en Él y su gracia nos sostiene.

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“EL CAMINO SENCILLO”  

«Ámame y déjate amar por mí» (Palabra interior).

Con estas sencillas palabras se puede describir el camino que nuestro Padre celestial nos invita a recorrer, y toda la verdad está contenida en ellas. Si correspondemos a su amor, nuestro Padre podrá hacer realidad todo lo que ha previsto para nosotros y, aún más, lo que quiere realizar a través de nuestra vida.

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Trato hacia ricos y pobres

St 2,1-13

Hermanos míos, no intentéis conciliar la fe en nuestro Señor Jesucristo, glorioso, con la acepción de personas. Supongamos que entra en vuestra asamblea un hombre con anillo de oro y vestido espléndido, y entra también un pobre mal vestido. Y os fijáis en el que lleva el vestido espléndido y le decís: ‘Tú, siéntate aquí, en buen sitio’; y, en cambio, al pobre le decís: ‘Tú, quédate ahí’, o ‘siéntate en el suelo, a mis pies’. ¿No estáis haciendo entonces distinciones entre vosotros y juzgando con criterios perversos? Escuchad, hermanos míos queridísimos: ¿acaso no escogió Dios a los pobres según el mundo, para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino que prometió a los que le aman? Vosotros, en cambio, habéis deshonrado al pobre.

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Diligentes para escuchar y tardos para hablar

St 1,19-27

Tenedlo presente, hermanos míos queridos: Que cada uno sea diligente para escuchar, tardo para hablar y tardo para la ira; porque la ira del hombre no hace lo que es justo ante Dios. Por eso, desechad todo tipo de inmundicia y de maldad, y recibid con docilidad la palabra sembrada en vosotros, capaz de salvar vuestras almas. Poned por obra la palabra y no os contentéis sólo con oírla, engañándoos a vosotros mismos.

Porque quien se contenta con oír la palabra, sin ponerla en práctica, es como un hombre que contempla la figura de su rostro en un espejo: se mira, se va e inmediatamente se olvida de cómo era. En cambio, quien considera atentamente la ley perfecta de la libertad y persevera en ella -no como quien la oye y luego se olvida, sino como quien la pone por obra- ése será bienaventurado al llevarla a la práctica. Si alguno se cree religioso, pero no pone freno a su lengua, se engaña a sí mismo y su religiosidad es vana. La religiosidad pura e intachable ante Dios Padre es ésta: ayudar a huérfanos y viudas en su tribulación y guardarse incontaminado de este mundo. leer más