Advertencia contra las falsas doctrinas

Recordemos que una de las razones por las que el apóstol San Pablo escribió la epístola a los cristianos de Colosas era su preocupación por la influencia de las falsas doctrinas sobre la joven comunidad. Epafras, que llevaba a cabo la misión en esta comunidad por encargo de Pablo, le había informado al respecto.

¿Por qué son tan peligrosas las falsas doctrinas y por qué han supuesto una gran amenaza a lo largo de toda la historia de la Iglesia, desde sus inicios hasta nuestros días? A san Gregorio Magno se le atribuye a veces la oración que se pronuncia en la Santa Misa justo después del Padrenuestro, que incluye la expresa petición de que seamos preservados de la confusión, para que «vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo».

Nuestro entendimiento es iluminado por la luz del Espíritu Santo, quien nos recuerda todo lo que Jesús dijo e hizo (Jn 14,26). Guiada por el Espíritu Santo, la Iglesia ha recibido la verdad del Evangelio y está a su servicio. leer más

“TODO TIENE IMPORTANCIA”

«Todo, hijo mío, tiene importancia: cada palabra, cada gesto, cada obra» (Palabra interior).

Al tomar conciencia de ello, emprendemos el camino hacia la madurez. Es un despertar definitivo a la realidad de Dios. Ciertamente, no se trata de una preocupación temerosa por si de pronto estamos cometiendo algún error, pues tal actitud provocaría una tensión interior. Sin duda, nuestro Padre no quiere eso, que sería contrario a su amor solícito por nosotros.

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Sufrimientos y luchas del Apóstol

Al final de la reflexión de ayer, mencioné que hoy me gustaría detenerme en una afirmación de san Pablo para profundizar en ella, pues se trata de una declaración muy importante que el Apóstol de los Gentiles confía a la comunidad de Colosas. Me refiero a esta frase:

«Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia. De ella he sido yo constituido servidor por disposición divina» (Col 1,24-25a).

San Pablo es el gran Apóstol de los Gentiles, y sabemos bien que experimentó una profunda conversión cuando, de camino a Damasco, donde se disponía a encarcelar a los cristianos, se encontró con el Señor Jesús.

Así lo relatan los Hechos de los Apóstoles: «Mientras se dirigía allí, al acercarse a Damasco, de repente le envolvió de resplandor una luz del cielo. Cayó al suelo y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Respondió: “¿Quién eres tú, Señor?” Y él: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues”» (Hch 9,3-5).

El Señor le dejó claro a Saulo, que aún se encontraba sumido en la ignorancia y la ceguera de un falso celo, que al perseguir a los cristianos lo estaba persiguiendo a Él mismo, al Mesías, al Hijo de Dios, tal y como Saulo reconoció a la luz del Espíritu Santo. Y es totalmente cierto, pues Cristo vive en sus fieles y todo lo que estos hacen lo hacen en su nombre.

Seguidamente, el Señor envió a Ananías para que le impusiera las manos a Saulo y le devolviera la vista, y le comunicó: «Vete, porque éste es mi instrumento elegido para llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que deberá sufrir a causa de mi nombre» (Hch 9,15-16).

En este contexto, recordemos una de las bienaventuranzas que Jesús pronunció en el Sermón del Monte: «Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa» (Mt 5,11).

Si interiorizamos estas afirmaciones bíblicas, se nos revelará el sentido de la frase que san Pablo dirige a los colosenses. Él actúa por encargo divino. Todo lo que hace está marcado por ello. El Señor mismo actúa en y a través de Él, tal y como en la Antigua Alianza Dios había obrado a través de los profetas.

«Con Cristo estoy crucificado: (…) ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2,19b-20).

Ahora, el Apóstol recibe el honor de soportar sus sufrimientos por la comunidad que Dios le confió. Y lo hace con alegría, tal y como él mismo atestigua. Así como Pablo necesita la luz de Dios para anunciar el Evangelio en la verdad, también necesita su fuerza para soportar y sobrellevar todas las cargas que conlleva la misión que le fue encomendada. Basta con recordar la lista de padecimientos que nos describe en la Segunda Carta a los Corintios (11,23-29) para hacernos una idea de todo lo que soportó por Cristo. El sufrimiento del Señor se hace presente en su apóstol y, puesto que Pablo está dispuesto a sobrellevarlo, se le permite cooperar para que la Pasión del Señor siga obrando y dando fruto en sus siervos para la edificación de la Iglesia.

Tras esta importante declaración, san Pablo vuelve a animar a la comunidad, antes de pasar a abordar la peligrosa herejía que le causa gran preocupación. Al inicio del segundo capítulo de la Carta a los Colosenses, ya la menciona indirectamente:

«Quiero que sepáis qué dura lucha sostengo por vosotros, y por los de Laodicea, y por cuantos no me han visto personalmente, para que sean consolados sus corazones, unidos en la caridad, y alcancen en toda su riqueza la perfecta inteligencia y conocimiento del misterio de Dios, de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia. Digo esto para que nadie os engañe con discursos capciosos» (Col 2,1-4).

Pablo no tiene reparos en hablar a la comunidad de las luchas que sostiene por los fieles. De ningún modo lo hace para resaltar de forma especial su propia contribución, sino para consolarlos y poner de manifiesto el profundo vínculo que le une a ellos. Esto les ayudará a crecer en el amor mutuo y, gracias a esta comunión en la caridad, a comprender mejor el gran misterio de Cristo. A continuación, Pablo vuelve a destacar la singularidad de Cristo, y lo hace también para contrarrestar a los falsos maestros: en Cristo «están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia».

Si se interioriza, esta sola frase servirá como criterio de discernimiento para la comunidad de Colosas, pero también para nosotros en la actualidad. Si la aplicamos, podremos examinar si las filosofías que se nos presentan o las ideas que se nos pretenden transmitir concuerdan con la doctrina de Cristo. ¡Esa es la medida! Si constatamos que son contrarias a su enseñanza, no tiene sentido prestarles atención. Incluso podemos ir más allá y notar que pueden resultarnos perjudiciales y desviarnos del camino de Dios. De ahí la expresa advertencia del apóstol de que nadie de la comunidad se deje engañar con discursos capciosos.

El aferrarse firmemente a Cristo y rechazar las falsas doctrinas no son en absoluto signos de cerrazón o rigidez, sino que corresponden a una pureza espiritual necesaria para separar lo verdadero de lo falso.

En la meditación de mañana tendremos que seguir abordando el tema de las falsas doctrinas.
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Meditación sobre la lectura del día:

Fuentes de la verdadera alegría

Meditación sobre el evangelio del día:

Sólo el Señor

 

Al final de la reflexión de ayer, mencioné que hoy me gustaría detenerme en una afirmación de san Pablo para profundizar en ella, pues se trata de una declaración muy importante que el Apóstol de los Gentiles confía a la comunidad de Colosas. Me refiero a esta frase:

«Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia. De ella he sido yo constituido servidor por disposición divina» (Col 1,24-25a).

San Pablo es el gran Apóstol de los Gentiles, y sabemos bien que experimentó una profunda conversión cuando, de camino a Damasco, donde se disponía a encarcelar a los cristianos, se encontró con el Señor Jesús.

Así lo relatan los Hechos de los Apóstoles: «Mientras se dirigía allí, al acercarse a Damasco, de repente le envolvió de resplandor una luz del cielo. Cayó al suelo y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Respondió: “¿Quién eres tú, Señor?” Y él: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues”» (Hch 9,3-5).

El Señor le dejó claro a Saulo, que aún se encontraba sumido en la ignorancia y la ceguera de un falso celo, que al perseguir a los cristianos lo estaba persiguiendo a Él mismo, al Mesías, al Hijo de Dios, tal y como Saulo reconoció a la luz del Espíritu Santo. Y es totalmente cierto, pues Cristo vive en sus fieles y todo lo que estos hacen lo hacen en su nombre.

Seguidamente, el Señor envió a Ananías para que le impusiera las manos a Saulo y le devolviera la vista, y le comunicó: «Vete, porque éste es mi instrumento elegido para llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que deberá sufrir a causa de mi nombre» (Hch 9,15-16).

En este contexto, recordemos una de las bienaventuranzas que Jesús pronunció en el Sermón del Monte: «Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa» (Mt 5,11).

Si interiorizamos estas afirmaciones bíblicas, se nos revelará el sentido de la frase que san Pablo dirige a los colosenses. Él actúa por encargo divino. Todo lo que hace está marcado por ello. El Señor mismo actúa en y a través de Él, tal y como en la Antigua Alianza Dios había obrado a través de los profetas.

«Con Cristo estoy crucificado: (…) ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2,19b-20).

Ahora, el Apóstol recibe el honor de soportar sus sufrimientos por la comunidad que Dios le confió. Y lo hace con alegría, tal y como él mismo atestigua. Así como Pablo necesita la luz de Dios para anunciar el Evangelio en la verdad, también necesita su fuerza para soportar y sobrellevar todas las cargas que conlleva la misión que le fue encomendada. Basta con recordar la lista de padecimientos que nos describe en la Segunda Carta a los Corintios (11,23-29) para hacernos una idea de todo lo que soportó por Cristo. El sufrimiento del Señor se hace presente en su apóstol y, puesto que Pablo está dispuesto a sobrellevarlo, se le permite cooperar para que la Pasión del Señor siga obrando y dando fruto en sus siervos para la edificación de la Iglesia.

Tras esta importante declaración, san Pablo vuelve a animar a la comunidad, antes de pasar a abordar la peligrosa herejía que le causa gran preocupación. Al inicio del segundo capítulo de la Carta a los Colosenses, ya la menciona indirectamente:

«Quiero que sepáis qué dura lucha sostengo por vosotros, y por los de Laodicea, y por cuantos no me han visto personalmente, para que sean consolados sus corazones, unidos en la caridad, y alcancen en toda su riqueza la perfecta inteligencia y conocimiento del misterio de Dios, de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia. Digo esto para que nadie os engañe con discursos capciosos» (Col 2,1-4).

Pablo no tiene reparos en hablar a la comunidad de las luchas que sostiene por los fieles. De ningún modo lo hace para resaltar de forma especial su propia contribución, sino para consolarlos y poner de manifiesto el profundo vínculo que le une a ellos. Esto les ayudará a crecer en el amor mutuo y, gracias a esta comunión en la caridad, a comprender mejor el gran misterio de Cristo. A continuación, Pablo vuelve a destacar la singularidad de Cristo, y lo hace también para contrarrestar a los falsos maestros: en Cristo «están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia».

Si se interioriza, esta sola frase servirá como criterio de discernimiento para la comunidad de Colosas, pero también para nosotros en la actualidad. Si la aplicamos, podremos examinar si las filosofías que se nos presentan o las ideas que se nos pretenden transmitir concuerdan con la doctrina de Cristo. ¡Esa es la medida! Si constatamos que son contrarias a su enseñanza, no tiene sentido prestarles atención. Incluso podemos ir más allá y notar que pueden resultarnos perjudiciales y desviarnos del camino de Dios. De ahí la expresa advertencia del apóstol de que nadie de la comunidad se deje engañar con discursos capciosos.

El aferrarse firmemente a Cristo y rechazar las falsas doctrinas no son en absoluto signos de cerrazón o rigidez, sino que corresponden a una pureza espiritual necesaria para separar lo verdadero de lo falso.

En la meditación de mañana tendremos que seguir abordando el tema de las falsas doctrinas.
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Meditación sobre la lectura del día:

Fuentes de la verdadera alegría

Meditación sobre el evangelio del día:

Sólo el Señor

 

Al final de la reflexión de ayer, mencioné que hoy me gustaría detenerme en una afirmación de san Pablo para profundizar en ella, pues se trata de una declaración muy importante que el Apóstol de los Gentiles confía a la comunidad de Colosas. Me refiero a esta frase:

«Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia. De ella he sido yo constituido servidor por disposición divina» (Col 1,24-25a).

San Pablo es el gran Apóstol de los Gentiles, y sabemos bien que experimentó una profunda conversión cuando, de camino a Damasco, donde se disponía a encarcelar a los cristianos, se encontró con el Señor Jesús.

Así lo relatan los Hechos de los Apóstoles: «Mientras se dirigía allí, al acercarse a Damasco, de repente le envolvió de resplandor una luz del cielo. Cayó al suelo y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Respondió: “¿Quién eres tú, Señor?” Y él: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues”» (Hch 9,3-5).

El Señor le dejó claro a Saulo, que aún se encontraba sumido en la ignorancia y la ceguera de un falso celo, que al perseguir a los cristianos lo estaba persiguiendo a Él mismo, al Mesías, al Hijo de Dios, tal y como Saulo reconoció a la luz del Espíritu Santo. Y es totalmente cierto, pues Cristo vive en sus fieles y todo lo que estos hacen lo hacen en su nombre.

Seguidamente, el Señor envió a Ananías para que le impusiera las manos a Saulo y le devolviera la vista, y le comunicó: «Vete, porque éste es mi instrumento elegido para llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que deberá sufrir a causa de mi nombre» (Hch 9,15-16).

En este contexto, recordemos una de las bienaventuranzas que Jesús pronunció en el Sermón del Monte: «Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa» (Mt 5,11).

Si interiorizamos estas afirmaciones bíblicas, se nos revelará el sentido de la frase que san Pablo dirige a los colosenses. Él actúa por encargo divino. Todo lo que hace está marcado por ello. El Señor mismo actúa en y a través de Él, tal y como en la Antigua Alianza Dios había obrado a través de los profetas.

«Con Cristo estoy crucificado: (…) ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2,19b-20).

Ahora, el Apóstol recibe el honor de soportar sus sufrimientos por la comunidad que Dios le confió. Y lo hace con alegría, tal y como él mismo atestigua. Así como Pablo necesita la luz de Dios para anunciar el Evangelio en la verdad, también necesita su fuerza para soportar y sobrellevar todas las cargas que conlleva la misión que le fue encomendada. Basta con recordar la lista de padecimientos que nos describe en la Segunda Carta a los Corintios (11,23-29) para hacernos una idea de todo lo que soportó por Cristo. El sufrimiento del Señor se hace presente en su apóstol y, puesto que Pablo está dispuesto a sobrellevarlo, se le permite cooperar para que la Pasión del Señor siga obrando y dando fruto en sus siervos para la edificación de la Iglesia.

Tras esta importante declaración, san Pablo vuelve a animar a la comunidad, antes de pasar a abordar la peligrosa herejía que le causa gran preocupación. Al inicio del segundo capítulo de la Carta a los Colosenses, ya la menciona indirectamente:

«Quiero que sepáis qué dura lucha sostengo por vosotros, y por los de Laodicea, y por cuantos no me han visto personalmente, para que sean consolados sus corazones, unidos en la caridad, y alcancen en toda su riqueza la perfecta inteligencia y conocimiento del misterio de Dios, de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia. Digo esto para que nadie os engañe con discursos capciosos» (Col 2,1-4).

Pablo no tiene reparos en hablar a la comunidad de las luchas que sostiene por los fieles. De ningún modo lo hace para resaltar de forma especial su propia contribución, sino para consolarlos y poner de manifiesto el profundo vínculo que le une a ellos. Esto les ayudará a crecer en el amor mutuo y, gracias a esta comunión en la caridad, a comprender mejor el gran misterio de Cristo. A continuación, Pablo vuelve a destacar la singularidad de Cristo, y lo hace también para contrarrestar a los falsos maestros: en Cristo «están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia».

Si se interioriza, esta sola frase servirá como criterio de discernimiento para la comunidad de Colosas, pero también para nosotros en la actualidad. Si la aplicamos, podremos examinar si las filosofías que se nos presentan o las ideas que se nos pretenden transmitir concuerdan con la doctrina de Cristo. ¡Esa es la medida! Si constatamos que son contrarias a su enseñanza, no tiene sentido prestarles atención. Incluso podemos ir más allá y notar que pueden resultarnos perjudiciales y desviarnos del camino de Dios. De ahí la expresa advertencia del apóstol de que nadie de la comunidad se deje engañar con discursos capciosos.

El aferrarse firmemente a Cristo y rechazar las falsas doctrinas no son en absoluto signos de cerrazón o rigidez, sino que corresponden a una pureza espiritual necesaria para separar lo verdadero de lo falso.

En la meditación de mañana tendremos que seguir abordando el tema de las falsas doctrinas.
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Meditación sobre la lectura del día:

Fuentes de la verdadera alegría

Meditación sobre el evangelio del día:

Sólo el Señor

 

Al final de la reflexión de ayer, mencioné que hoy me gustaría detenerme en una afirmación de san Pablo para profundizar en ella, pues se trata de una declaración muy importante que el Apóstol de los Gentiles confía a la comunidad de Colosas. Me refiero a esta frase:

«Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia. De ella he sido yo constituido servidor por disposición divina» (Col 1,24-25a).

San Pablo es el gran Apóstol de los Gentiles, y sabemos bien que experimentó una profunda conversión cuando, de camino a Damasco, donde se disponía a encarcelar a los cristianos, se encontró con el Señor Jesús.

Así lo relatan los Hechos de los Apóstoles: «Mientras se dirigía allí, al acercarse a Damasco, de repente le envolvió de resplandor una luz del cielo. Cayó al suelo y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Respondió: “¿Quién eres tú, Señor?” Y él: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues”» (Hch 9,3-5).

El Señor le dejó claro a Saulo, que aún se encontraba sumido en la ignorancia y la ceguera de un falso celo, que al perseguir a los cristianos lo estaba persiguiendo a Él mismo, al Mesías, al Hijo de Dios, tal y como Saulo reconoció a la luz del Espíritu Santo. Y es totalmente cierto, pues Cristo vive en sus fieles y todo lo que estos hacen lo hacen en su nombre.

Seguidamente, el Señor envió a Ananías para que le impusiera las manos a Saulo y le devolviera la vista, y le comunicó: «Vete, porque éste es mi instrumento elegido para llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que deberá sufrir a causa de mi nombre» (Hch 9,15-16).

En este contexto, recordemos una de las bienaventuranzas que Jesús pronunció en el Sermón del Monte: «Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa» (Mt 5,11).

Si interiorizamos estas afirmaciones bíblicas, se nos revelará el sentido de la frase que san Pablo dirige a los colosenses. Él actúa por encargo divino. Todo lo que hace está marcado por ello. El Señor mismo actúa en y a través de Él, tal y como en la Antigua Alianza Dios había obrado a través de los profetas.

«Con Cristo estoy crucificado: (…) ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2,19b-20).

Ahora, el Apóstol recibe el honor de soportar sus sufrimientos por la comunidad que Dios le confió. Y lo hace con alegría, tal y como él mismo atestigua. Así como Pablo necesita la luz de Dios para anunciar el Evangelio en la verdad, también necesita su fuerza para soportar y sobrellevar todas las cargas que conlleva la misión que le fue encomendada. Basta con recordar la lista de padecimientos que nos describe en la Segunda Carta a los Corintios (11,23-29) para hacernos una idea de todo lo que soportó por Cristo. El sufrimiento del Señor se hace presente en su apóstol y, puesto que Pablo está dispuesto a sobrellevarlo, se le permite cooperar para que la Pasión del Señor siga obrando y dando fruto en sus siervos para la edificación de la Iglesia.

Tras esta importante declaración, san Pablo vuelve a animar a la comunidad, antes de pasar a abordar la peligrosa herejía que le causa gran preocupación. Al inicio del segundo capítulo de la Carta a los Colosenses, ya la menciona indirectamente:

«Quiero que sepáis qué dura lucha sostengo por vosotros, y por los de Laodicea, y por cuantos no me han visto personalmente, para que sean consolados sus corazones, unidos en la caridad, y alcancen en toda su riqueza la perfecta inteligencia y conocimiento del misterio de Dios, de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia. Digo esto para que nadie os engañe con discursos capciosos» (Col 2,1-4).

Pablo no tiene reparos en hablar a la comunidad de las luchas que sostiene por los fieles. De ningún modo lo hace para resaltar de forma especial su propia contribución, sino para consolarlos y poner de manifiesto el profundo vínculo que le une a ellos. Esto les ayudará a crecer en el amor mutuo y, gracias a esta comunión en la caridad, a comprender mejor el gran misterio de Cristo. A continuación, Pablo vuelve a destacar la singularidad de Cristo, y lo hace también para contrarrestar a los falsos maestros: en Cristo «están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia».

Si se interioriza, esta sola frase servirá como criterio de discernimiento para la comunidad de Colosas, pero también para nosotros en la actualidad. Si la aplicamos, podremos examinar si las filosofías que se nos presentan o las ideas que se nos pretenden transmitir concuerdan con la doctrina de Cristo. ¡Esa es la medida! Si constatamos que son contrarias a su enseñanza, no tiene sentido prestarles atención. Incluso podemos ir más allá y notar que pueden resultarnos perjudiciales y desviarnos del camino de Dios. De ahí la expresa advertencia del apóstol de que nadie de la comunidad se deje engañar con discursos capciosos.

El aferrarse firmemente a Cristo y rechazar las falsas doctrinas no son en absoluto signos de cerrazón o rigidez, sino que corresponden a una pureza espiritual necesaria para separar lo verdadero de lo falso.

En la meditación de mañana tendremos que seguir abordando el tema de las falsas doctrinas.
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Meditación sobre la lectura del día:

Fuentes de la verdadera alegría

Meditación sobre el evangelio del día:

Sólo el Señor

 

Al final de la reflexión de ayer, mencioné que hoy me gustaría detenerme en una afirmación de san Pablo para profundizar en ella, pues se trata de una declaración muy importante que el Apóstol de los Gentiles confía a la comunidad de Colosas. Me refiero a esta frase:

«Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia. De ella he sido yo constituido servidor por disposición divina» (Col 1,24-25a).

San Pablo es el gran Apóstol de los Gentiles, y sabemos bien que experimentó una profunda conversión cuando, de camino a Damasco, donde se disponía a encarcelar a los cristianos, se encontró con el Señor Jesús.

Así lo relatan los Hechos de los Apóstoles: «Mientras se dirigía allí, al acercarse a Damasco, de repente le envolvió de resplandor una luz del cielo. Cayó al suelo y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Respondió: “¿Quién eres tú, Señor?” Y él: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues”» (Hch 9,3-5).

El Señor le dejó claro a Saulo, que aún se encontraba sumido en la ignorancia y la ceguera de un falso celo, que al perseguir a los cristianos lo estaba persiguiendo a Él mismo, al Mesías, al Hijo de Dios, tal y como Saulo reconoció a la luz del Espíritu Santo. Y es totalmente cierto, pues Cristo vive en sus fieles y todo lo que estos hacen lo hacen en su nombre.

Seguidamente, el Señor envió a Ananías para que le impusiera las manos a Saulo y le devolviera la vista, y le comunicó: «Vete, porque éste es mi instrumento elegido para llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que deberá sufrir a causa de mi nombre» (Hch 9,15-16).

En este contexto, recordemos una de las bienaventuranzas que Jesús pronunció en el Sermón del Monte: «Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa» (Mt 5,11).

Si interiorizamos estas afirmaciones bíblicas, se nos revelará el sentido de la frase que san Pablo dirige a los colosenses. Él actúa por encargo divino. Todo lo que hace está marcado por ello. El Señor mismo actúa en y a través de Él, tal y como en la Antigua Alianza Dios había obrado a través de los profetas.

«Con Cristo estoy crucificado: (…) ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2,19b-20).

Ahora, el Apóstol recibe el honor de soportar sus sufrimientos por la comunidad que Dios le confió. Y lo hace con alegría, tal y como él mismo atestigua. Así como Pablo necesita la luz de Dios para anunciar el Evangelio en la verdad, también necesita su fuerza para soportar y sobrellevar todas las cargas que conlleva la misión que le fue encomendada. Basta con recordar la lista de padecimientos que nos describe en la Segunda Carta a los Corintios (11,23-29) para hacernos una idea de todo lo que soportó por Cristo. El sufrimiento del Señor se hace presente en su apóstol y, puesto que Pablo está dispuesto a sobrellevarlo, se le permite cooperar para que la Pasión del Señor siga obrando y dando fruto en sus siervos para la edificación de la Iglesia.

Tras esta importante declaración, san Pablo vuelve a animar a la comunidad, antes de pasar a abordar la peligrosa herejía que le causa gran preocupación. Al inicio del segundo capítulo de la Carta a los Colosenses, ya la menciona indirectamente:

«Quiero que sepáis qué dura lucha sostengo por vosotros, y por los de Laodicea, y por cuantos no me han visto personalmente, para que sean consolados sus corazones, unidos en la caridad, y alcancen en toda su riqueza la perfecta inteligencia y conocimiento del misterio de Dios, de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia. Digo esto para que nadie os engañe con discursos capciosos» (Col 2,1-4).

Pablo no tiene reparos en hablar a la comunidad de las luchas que sostiene por los fieles. De ningún modo lo hace para resaltar de forma especial su propia contribución, sino para consolarlos y poner de manifiesto el profundo vínculo que le une a ellos. Esto les ayudará a crecer en el amor mutuo y, gracias a esta comunión en la caridad, a comprender mejor el gran misterio de Cristo. A continuación, Pablo vuelve a destacar la singularidad de Cristo, y lo hace también para contrarrestar a los falsos maestros: en Cristo «están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia».

Si se interioriza, esta sola frase servirá como criterio de discernimiento para la comunidad de Colosas, pero también para nosotros en la actualidad. Si la aplicamos, podremos examinar si las filosofías que se nos presentan o las ideas que se nos pretenden transmitir concuerdan con la doctrina de Cristo. ¡Esa es la medida! Si constatamos que son contrarias a su enseñanza, no tiene sentido prestarles atención. Incluso podemos ir más allá y notar que pueden resultarnos perjudiciales y desviarnos del camino de Dios. De ahí la expresa advertencia del apóstol de que nadie de la comunidad se deje engañar con discursos capciosos.

El aferrarse firmemente a Cristo y rechazar las falsas doctrinas no son en absoluto signos de cerrazón o rigidez, sino que corresponden a una pureza espiritual necesaria para separar lo verdadero de lo falso.

En la meditación de mañana tendremos que seguir abordando el tema de las falsas doctrinas.
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Meditación sobre la lectura del día:

Fuentes de la verdadera alegría

Meditación sobre el evangelio del día:

Sólo el Señor

 

Al final de la reflexión de ayer, mencioné que hoy me gustaría detenerme en una afirmación de san Pablo para profundizar en ella, pues se trata de una declaración muy importante que el Apóstol de los Gentiles confía a la comunidad de Colosas. Me refiero a esta frase:

«Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia. De ella he sido yo constituido servidor por disposición divina» (Col 1,24-25a).

San Pablo es el gran Apóstol de los Gentiles, y sabemos bien que experimentó una profunda conversión cuando, de camino a Damasco, donde se disponía a encarcelar a los cristianos, se encontró con el Señor Jesús.

Así lo relatan los Hechos de los Apóstoles: «Mientras se dirigía allí, al acercarse a Damasco, de repente le envolvió de resplandor una luz del cielo. Cayó al suelo y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Respondió: “¿Quién eres tú, Señor?” Y él: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues”» (Hch 9,3-5).

El Señor le dejó claro a Saulo, que aún se encontraba sumido en la ignorancia y la ceguera de un falso celo, que al perseguir a los cristianos lo estaba persiguiendo a Él mismo, al Mesías, al Hijo de Dios, tal y como Saulo reconoció a la luz del Espíritu Santo. Y es totalmente cierto, pues Cristo vive en sus fieles y todo lo que estos hacen lo hacen en su nombre.

Seguidamente, el Señor envió a Ananías para que le impusiera las manos a Saulo y le devolviera la vista, y le comunicó: «Vete, porque éste es mi instrumento elegido para llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que deberá sufrir a causa de mi nombre» (Hch 9,15-16).

En este contexto, recordemos una de las bienaventuranzas que Jesús pronunció en el Sermón del Monte: «Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa» (Mt 5,11).

Si interiorizamos estas afirmaciones bíblicas, se nos revelará el sentido de la frase que san Pablo dirige a los colosenses. Él actúa por encargo divino. Todo lo que hace está marcado por ello. El Señor mismo actúa en y a través de Él, tal y como en la Antigua Alianza Dios había obrado a través de los profetas.

«Con Cristo estoy crucificado: (…) ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2,19b-20).

Ahora, el Apóstol recibe el honor de soportar sus sufrimientos por la comunidad que Dios le confió. Y lo hace con alegría, tal y como él mismo atestigua. Así como Pablo necesita la luz de Dios para anunciar el Evangelio en la verdad, también necesita su fuerza para soportar y sobrellevar todas las cargas que conlleva la misión que le fue encomendada. Basta con recordar la lista de padecimientos que nos describe en la Segunda Carta a los Corintios (11,23-29) para hacernos una idea de todo lo que soportó por Cristo. El sufrimiento del Señor se hace presente en su apóstol y, puesto que Pablo está dispuesto a sobrellevarlo, se le permite cooperar para que la Pasión del Señor siga obrando y dando fruto en sus siervos para la edificación de la Iglesia.

Tras esta importante declaración, san Pablo vuelve a animar a la comunidad, antes de pasar a abordar la peligrosa herejía que le causa gran preocupación. Al inicio del segundo capítulo de la Carta a los Colosenses, ya la menciona indirectamente:

«Quiero que sepáis qué dura lucha sostengo por vosotros, y por los de Laodicea, y por cuantos no me han visto personalmente, para que sean consolados sus corazones, unidos en la caridad, y alcancen en toda su riqueza la perfecta inteligencia y conocimiento del misterio de Dios, de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia. Digo esto para que nadie os engañe con discursos capciosos» (Col 2,1-4).

Pablo no tiene reparos en hablar a la comunidad de las luchas que sostiene por los fieles. De ningún modo lo hace para resaltar de forma especial su propia contribución, sino para consolarlos y poner de manifiesto el profundo vínculo que le une a ellos. Esto les ayudará a crecer en el amor mutuo y, gracias a esta comunión en la caridad, a comprender mejor el gran misterio de Cristo. A continuación, Pablo vuelve a destacar la singularidad de Cristo, y lo hace también para contrarrestar a los falsos maestros: en Cristo «están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia».

Si se interioriza, esta sola frase servirá como criterio de discernimiento para la comunidad de Colosas, pero también para nosotros en la actualidad. Si la aplicamos, podremos examinar si las filosofías que se nos presentan o las ideas que se nos pretenden transmitir concuerdan con la doctrina de Cristo. ¡Esa es la medida! Si constatamos que son contrarias a su enseñanza, no tiene sentido prestarles atención. Incluso podemos ir más allá y notar que pueden resultarnos perjudiciales y desviarnos del camino de Dios. De ahí la expresa advertencia del apóstol de que nadie de la comunidad se deje engañar con discursos capciosos.

El aferrarse firmemente a Cristo y rechazar las falsas doctrinas no son en absoluto signos de cerrazón o rigidez, sino que corresponden a una pureza espiritual necesaria para separar lo verdadero de lo falso.

En la meditación de mañana tendremos que seguir abordando el tema de las falsas doctrinas.
______________________________________________________

Meditación sobre la lectura del día:

Fuentes de la verdadera alegría

Meditación sobre el evangelio del día:

Sólo el Señor

 

Al final de la reflexión de ayer, mencioné que hoy me gustaría detenerme en una afirmación de san Pablo para profundizar en ella, pues se trata de una declaración muy importante que el Apóstol de los Gentiles confía a la comunidad de Colosas. Me refiero a esta frase:

«Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia. De ella he sido yo constituido servidor por disposición divina» (Col 1,24-25a).

San Pablo es el gran Apóstol de los Gentiles, y sabemos bien que experimentó una profunda conversión cuando, de camino a Damasco, donde se disponía a encarcelar a los cristianos, se encontró con el Señor Jesús.

Así lo relatan los Hechos de los Apóstoles: «Mientras se dirigía allí, al acercarse a Damasco, de repente le envolvió de resplandor una luz del cielo. Cayó al suelo y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Respondió: “¿Quién eres tú, Señor?” Y él: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues”» (Hch 9,3-5).

El Señor le dejó claro a Saulo, que aún se encontraba sumido en la ignorancia y la ceguera de un falso celo, que al perseguir a los cristianos lo estaba persiguiendo a Él mismo, al Mesías, al Hijo de Dios, tal y como Saulo reconoció a la luz del Espíritu Santo. Y es totalmente cierto, pues Cristo vive en sus fieles y todo lo que estos hacen lo hacen en su nombre.

Seguidamente, el Señor envió a Ananías para que le impusiera las manos a Saulo y le devolviera la vista, y le comunicó: «Vete, porque éste es mi instrumento elegido para llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que deberá sufrir a causa de mi nombre» (Hch 9,15-16).

En este contexto, recordemos una de las bienaventuranzas que Jesús pronunció en el Sermón del Monte: «Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa» (Mt 5,11).

Si interiorizamos estas afirmaciones bíblicas, se nos revelará el sentido de la frase que san Pablo dirige a los colosenses. Él actúa por encargo divino. Todo lo que hace está marcado por ello. El Señor mismo actúa en y a través de Él, tal y como en la Antigua Alianza Dios había obrado a través de los profetas.

«Con Cristo estoy crucificado: (…) ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2,19b-20).

Ahora, el Apóstol recibe el honor de soportar sus sufrimientos por la comunidad que Dios le confió. Y lo hace con alegría, tal y como él mismo atestigua. Así como Pablo necesita la luz de Dios para anunciar el Evangelio en la verdad, también necesita su fuerza para soportar y sobrellevar todas las cargas que conlleva la misión que le fue encomendada. Basta con recordar la lista de padecimientos que nos describe en la Segunda Carta a los Corintios (11,23-29) para hacernos una idea de todo lo que soportó por Cristo. El sufrimiento del Señor se hace presente en su apóstol y, puesto que Pablo está dispuesto a sobrellevarlo, se le permite cooperar para que la Pasión del Señor siga obrando y dando fruto en sus siervos para la edificación de la Iglesia.

Tras esta importante declaración, san Pablo vuelve a animar a la comunidad, antes de pasar a abordar la peligrosa herejía que le causa gran preocupación. Al inicio del segundo capítulo de la Carta a los Colosenses, ya la menciona indirectamente:

«Quiero que sepáis qué dura lucha sostengo por vosotros, y por los de Laodicea, y por cuantos no me han visto personalmente, para que sean consolados sus corazones, unidos en la caridad, y alcancen en toda su riqueza la perfecta inteligencia y conocimiento del misterio de Dios, de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia. Digo esto para que nadie os engañe con discursos capciosos» (Col 2,1-4).

Pablo no tiene reparos en hablar a la comunidad de las luchas que sostiene por los fieles. De ningún modo lo hace para resaltar de forma especial su propia contribución, sino para consolarlos y poner de manifiesto el profundo vínculo que le une a ellos. Esto les ayudará a crecer en el amor mutuo y, gracias a esta comunión en la caridad, a comprender mejor el gran misterio de Cristo. A continuación, Pablo vuelve a destacar la singularidad de Cristo, y lo hace también para contrarrestar a los falsos maestros: en Cristo «están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia».

Si se interioriza, esta sola frase servirá como criterio de discernimiento para la comunidad de Colosas, pero también para nosotros en la actualidad. Si la aplicamos, podremos examinar si las filosofías que se nos presentan o las ideas que se nos pretenden transmitir concuerdan con la doctrina de Cristo. ¡Esa es la medida! Si constatamos que son contrarias a su enseñanza, no tiene sentido prestarles atención. Incluso podemos ir más allá y notar que pueden resultarnos perjudiciales y desviarnos del camino de Dios. De ahí la expresa advertencia del apóstol de que nadie de la comunidad se deje engañar con discursos capciosos.

El aferrarse firmemente a Cristo y rechazar las falsas doctrinas no son en absoluto signos de cerrazón o rigidez, sino que corresponden a una pureza espiritual necesaria para separar lo verdadero de lo falso.

En la meditación de mañana tendremos que seguir abordando el tema de las falsas doctrinas.
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Meditación sobre la lectura del día:

Fuentes de la verdadera alegría

Meditación sobre el evangelio del día:

Sólo el Señor

 

Al final de la reflexión de ayer, mencioné que hoy me gustaría detenerme en una afirmación de san Pablo para profundizar en ella, pues se trata de una declaración muy importante que el Apóstol de los Gentiles confía a la comunidad de Colosas. Me refiero a esta frase:

«Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia. De ella he sido yo constituido servidor por disposición divina» (Col 1,24-25a).

San Pablo es el gran Apóstol de los Gentiles, y sabemos bien que experimentó una profunda conversión cuando, de camino a Damasco, donde se disponía a encarcelar a los cristianos, se encontró con el Señor Jesús.

Así lo relatan los Hechos de los Apóstoles: «Mientras se dirigía allí, al acercarse a Damasco, de repente le envolvió de resplandor una luz del cielo. Cayó al suelo y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Respondió: “¿Quién eres tú, Señor?” Y él: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues”» (Hch 9,3-5).

El Señor le dejó claro a Saulo, que aún se encontraba sumido en la ignorancia y la ceguera de un falso celo, que al perseguir a los cristianos lo estaba persiguiendo a Él mismo, al Mesías, al Hijo de Dios, tal y como Saulo reconoció a la luz del Espíritu Santo. Y es totalmente cierto, pues Cristo vive en sus fieles y todo lo que estos hacen lo hacen en su nombre.

Seguidamente, el Señor envió a Ananías para que le impusiera las manos a Saulo y le devolviera la vista, y le comunicó: «Vete, porque éste es mi instrumento elegido para llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que deberá sufrir a causa de mi nombre» (Hch 9,15-16).

En este contexto, recordemos una de las bienaventuranzas que Jesús pronunció en el Sermón del Monte: «Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa» (Mt 5,11).

Si interiorizamos estas afirmaciones bíblicas, se nos revelará el sentido de la frase que san Pablo dirige a los colosenses. Él actúa por encargo divino. Todo lo que hace está marcado por ello. El Señor mismo actúa en y a través de Él, tal y como en la Antigua Alianza Dios había obrado a través de los profetas.

«Con Cristo estoy crucificado: (…) ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2,19b-20).

Ahora, el Apóstol recibe el honor de soportar sus sufrimientos por la comunidad que Dios le confió. Y lo hace con alegría, tal y como él mismo atestigua. Así como Pablo necesita la luz de Dios para anunciar el Evangelio en la verdad, también necesita su fuerza para soportar y sobrellevar todas las cargas que conlleva la misión que le fue encomendada. Basta con recordar la lista de padecimientos que nos describe en la Segunda Carta a los Corintios (11,23-29) para hacernos una idea de todo lo que soportó por Cristo. El sufrimiento del Señor se hace presente en su apóstol y, puesto que Pablo está dispuesto a sobrellevarlo, se le permite cooperar para que la Pasión del Señor siga obrando y dando fruto en sus siervos para la edificación de la Iglesia.

Tras esta importante declaración, san Pablo vuelve a animar a la comunidad, antes de pasar a abordar la peligrosa herejía que le causa gran preocupación. Al inicio del segundo capítulo de la Carta a los Colosenses, ya la menciona indirectamente:

«Quiero que sepáis qué dura lucha sostengo por vosotros, y por los de Laodicea, y por cuantos no me han visto personalmente, para que sean consolados sus corazones, unidos en la caridad, y alcancen en toda su riqueza la perfecta inteligencia y conocimiento del misterio de Dios, de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia. Digo esto para que nadie os engañe con discursos capciosos» (Col 2,1-4).

Pablo no tiene reparos en hablar a la comunidad de las luchas que sostiene por los fieles. De ningún modo lo hace para resaltar de forma especial su propia contribución, sino para consolarlos y poner de manifiesto el profundo vínculo que le une a ellos. Esto les ayudará a crecer en el amor mutuo y, gracias a esta comunión en la caridad, a comprender mejor el gran misterio de Cristo. A continuación, Pablo vuelve a destacar la singularidad de Cristo, y lo hace también para contrarrestar a los falsos maestros: en Cristo «están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia».

Si se interioriza, esta sola frase servirá como criterio de discernimiento para la comunidad de Colosas, pero también para nosotros en la actualidad. Si la aplicamos, podremos examinar si las filosofías que se nos presentan o las ideas que se nos pretenden transmitir concuerdan con la doctrina de Cristo. ¡Esa es la medida! Si constatamos que son contrarias a su enseñanza, no tiene sentido prestarles atención. Incluso podemos ir más allá y notar que pueden resultarnos perjudiciales y desviarnos del camino de Dios. De ahí la expresa advertencia del apóstol de que nadie de la comunidad se deje engañar con discursos capciosos.

El aferrarse firmemente a Cristo y rechazar las falsas doctrinas no son en absoluto signos de cerrazón o rigidez, sino que corresponden a una pureza espiritual necesaria para separar lo verdadero de lo falso.

En la meditación de mañana tendremos que seguir abordando el tema de las falsas doctrinas.
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Meditación sobre la lectura del día:

Fuentes de la verdadera alegría

Meditación sobre el evangelio del día:

Sólo el Señor

 

Al final de la reflexión de ayer, mencioné que hoy me gustaría detenerme en una afirmación de san Pablo para profundizar en ella, pues se trata de una declaración muy importante que el Apóstol de los Gentiles confía a la comunidad de Colosas. Me refiero a esta frase:

«Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia. De ella he sido yo constituido servidor por disposición divina» (Col 1,24-25a).

San Pablo es el gran Apóstol de los Gentiles, y sabemos bien que experimentó una profunda conversión cuando, de camino a Damasco, donde se disponía a encarcelar a los cristianos, se encontró con el Señor Jesús.

Así lo relatan los Hechos de los Apóstoles: «Mientras se dirigía allí, al acercarse a Damasco, de repente le envolvió de resplandor una luz del cielo. Cayó al suelo y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Respondió: “¿Quién eres tú, Señor?” Y él: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues”» (Hch 9,3-5).

El Señor le dejó claro a Saulo, que aún se encontraba sumido en la ignorancia y la ceguera de un falso celo, que al perseguir a los cristianos lo estaba persiguiendo a Él mismo, al Mesías, al Hijo de Dios, tal y como Saulo reconoció a la luz del Espíritu Santo. Y es totalmente cierto, pues Cristo vive en sus fieles y todo lo que estos hacen lo hacen en su nombre.

Seguidamente, el Señor envió a Ananías para que le impusiera las manos a Saulo y le devolviera la vista, y le comunicó: «Vete, porque éste es mi instrumento elegido para llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que deberá sufrir a causa de mi nombre» (Hch 9,15-16).

En este contexto, recordemos una de las bienaventuranzas que Jesús pronunció en el Sermón del Monte: «Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa» (Mt 5,11).

Si interiorizamos estas afirmaciones bíblicas, se nos revelará el sentido de la frase que san Pablo dirige a los colosenses. Él actúa por encargo divino. Todo lo que hace está marcado por ello. El Señor mismo actúa en y a través de Él, tal y como en la Antigua Alianza Dios había obrado a través de los profetas.

«Con Cristo estoy crucificado: (…) ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2,19b-20).

Ahora, el Apóstol recibe el honor de soportar sus sufrimientos por la comunidad que Dios le confió. Y lo hace con alegría, tal y como él mismo atestigua. Así como Pablo necesita la luz de Dios para anunciar el Evangelio en la verdad, también necesita su fuerza para soportar y sobrellevar todas las cargas que conlleva la misión que le fue encomendada. Basta con recordar la lista de padecimientos que nos describe en la Segunda Carta a los Corintios (11,23-29) para hacernos una idea de todo lo que soportó por Cristo. El sufrimiento del Señor se hace presente en su apóstol y, puesto que Pablo está dispuesto a sobrellevarlo, se le permite cooperar para que la Pasión del Señor siga obrando y dando fruto en sus siervos para la edificación de la Iglesia.

Tras esta importante declaración, san Pablo vuelve a animar a la comunidad, antes de pasar a abordar la peligrosa herejía que le causa gran preocupación. Al inicio del segundo capítulo de la Carta a los Colosenses, ya la menciona indirectamente:

«Quiero que sepáis qué dura lucha sostengo por vosotros, y por los de Laodicea, y por cuantos no me han visto personalmente, para que sean consolados sus corazones, unidos en la caridad, y alcancen en toda su riqueza la perfecta inteligencia y conocimiento del misterio de Dios, de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia. Digo esto para que nadie os engañe con discursos capciosos» (Col 2,1-4).

Pablo no tiene reparos en hablar a la comunidad de las luchas que sostiene por los fieles. De ningún modo lo hace para resaltar de forma especial su propia contribución, sino para consolarlos y poner de manifiesto el profundo vínculo que le une a ellos. Esto les ayudará a crecer en el amor mutuo y, gracias a esta comunión en la caridad, a comprender mejor el gran misterio de Cristo. A continuación, Pablo vuelve a destacar la singularidad de Cristo, y lo hace también para contrarrestar a los falsos maestros: en Cristo «están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia».

Si se interioriza, esta sola frase servirá como criterio de discernimiento para la comunidad de Colosas, pero también para nosotros en la actualidad. Si la aplicamos, podremos examinar si las filosofías que se nos presentan o las ideas que se nos pretenden transmitir concuerdan con la doctrina de Cristo. ¡Esa es la medida! Si constatamos que son contrarias a su enseñanza, no tiene sentido prestarles atención. Incluso podemos ir más allá y notar que pueden resultarnos perjudiciales y desviarnos del camino de Dios. De ahí la expresa advertencia del apóstol de que nadie de la comunidad se deje engañar con discursos capciosos.

El aferrarse firmemente a Cristo y rechazar las falsas doctrinas no son en absoluto signos de cerrazón o rigidez, sino que corresponden a una pureza espiritual necesaria para separar lo verdadero de lo falso.

En la meditación de mañana tendremos que seguir abordando el tema de las falsas doctrinas.
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Sólo el Señor

 

 

Conclusión del himno cristológico y exhortación

Después de haber meditado ayer una gran parte del himno cristológico, que exalta la divinidad de Jesucristo e ilumina su persona de forma incomparable, centrémonos ahora en las últimas palabras de este himno, que nos presentan al Señor como Cabeza de la Iglesia:

«Él es también la cabeza del cuerpo de la Iglesia.
Él es el principio, el primogénito de entre los muertos,
y así es el primero en todo.
Porque en él quiso Dios que residiera toda plenitud.
Y por él quiso reconciliar consigo todas las cosas:
haciendo la paz por la sangre de su cruz
con todos los seres, así del cielo como de la tierra»
(Col 1,18-20).

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“INCLUSO UN ELÍAS ERA DÉBIL”

«Incluso un Elías era débil y estaba necesitado de mi fuerza para llevar adelante su ministerio» (Palabra interior).

¿Quién no recuerda al gran profeta Elías, que condujo a su pueblo de vuelta a Dios mediante magníficos prodigios? ¿No fue él quien se atrevió a enfrentarse directamente al rey Ajab cuando este hacía cosas contrarias a Dios? ¿No fue él quien sufrió el odio de la reina Jezabel, que rendía culto a los baales, y quien lo persiguió encarnizadamente cuando él había mandado matar a sus sacerdotes idólatras, no sin antes haber demostrado que actuaba por encargo del Altísimo?

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“EL AMOR LO GUÍA TODO”   

«Mi amor debe encontrar tal cabida en ti que guíe todos tus pasos y determine todas tus acciones» (Palabra interior).

Este sería el magnífico fruto de una íntima relación con nuestro Padre, en la que ya no le reservamos nada. El amor, que es la presencia del Espíritu Santo, habrá removido los principales obstáculos y empezará a trabajar cada vez más sutilmente para que nuestro amor a Dios y al prójimo se vuelva natural. Esto sucede a través de la inhabitación de Dios en nuestra alma.

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Himno cristológico

Tras elogiar la vida cristiana de los colosenses, san Pablo redacta uno de los pasajes más bellos de sus cartas. Se trata del himno cristológico, que comienza con la alabanza a Dios Padre. La glorificación del Padre, que era el gran anhelo del corazón de su Hijo Jesucristo, resuena en primer lugar en este cántico de alabanza. ¿Cómo podríamos comprender las maravillosas obras de Dios si no consideráramos a Jesús como el Enviado del Padre? La comunidad de Colosas debe ser consciente de la gloria del Hijo de Dios para que su fe cristiana esté firmemente arraigada y pueda rechazar cualquier doctrina que pretenda eclipsar la divinidad de Jesús. leer más

EPÍSTOLA A LOS COLOSENSES (I): “Introducción a la Carta a los Colosenses”  

Puesto que llevo en el corazón el gran deseo de anunciar el Evangelio y, con él, todo el testimonio de la Sagrada Escritura, daré inicio a una serie en la que meditaremos sistemáticamente la Epístola a los Colosenses, redactada por el apóstol san Pablo. Quien prefiera seguir las meditaciones sobre la lectura o el evangelio del día, encontrará al final los enlaces respectivos.

Desde mi punto de vista, en la época actual es particularmente importante una sana exégesis de la Sagrada Escritura, ya que se está difundiendo cada vez más una visión modernista de la Biblia que, a menudo, no ofrece un verdadero alimento para el alma. Sin embargo, la Palabra de Dios es tan rica e importante que no deberíamos cansarnos de escucharla. ¡Conservémosla en nuestro corazón como la Virgen María para que produzca abundante fruto!

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“DAMOS GRACIAS A DIOS PADRE”   

«Demos gracias a Dios Padre, que nos ha hecho capaces de compartir la herencia de los santos en la luz» (Col 1,12).

Con estas palabras, San Pablo inicia su alabanza a Dios en el himno cristológico que abre la Epístola a los Colosenses. De este modo, nos recuerda enfáticamente que todas las gracias que recibimos a través del Hijo de Dios proceden de nuestro Padre celestial. Por ello, es «justo y necesario» tenerlo siempre presente y elevar una y otra vez nuestro corazón hacia nuestro Padre con gozo, alabanza y gratitud, del mismo modo que en la Santa Misa las oraciones van dirigidas a Dios, nuestro Padre.

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