¡Qué adorno tan precioso es un alma modesta, oh Espíritu Santo; un alma en la que habita este fruto tuyo! Se ha refrenado en ella la apetencia desordenada y ha llegado a la calma. No piensa constantemente en sí misma, y se contenta fácilmente con lo que recibe. No quiere ser el centro de atención, sino ocupar el sitio que Tú has previsto para ella. Por eso, el precioso don de la gratitud y el fruto de la humildad actúan en el alma modesta. Ella irradia serenidad y contento, no tiene que llamar la atención y está libre de toda arrogación o presunción. Sin embargo, en lo que respecta al amor, quiere ser grande: grande en el amor a ti y en el amor a los hombres. ¡El alma modesta tampoco se contenta con una fe pequeña!
¡Qué dulce y suave brillo podemos percibir en un alma así! ¡Con cuánto gusto y facilidad puedes Tú, y también nosotros, agasajarla! En el alma modesta se hacen realidad estas palabras de San Pablo: “Tened los mismos sentimientos los unos hacia los otros, sin dejaros llevar por pensamientos soberbios, sino acomodándoos a las cosas humildes. No os tengáis por sabios ante vosotros mismos.” (Rom 12,16)
El alma modesta no es complicada, sino sencilla. Tampoco está atrapada en un sinnúmero de deseos e ideas propias.
