El signo del Señor y su Iglesia

Lc 11,29-32

En aquel tiempo, Jesús comenzó a decir a la gente reunida junto a él: “Esta generación es una generación malvada; pide un signo pero no se le dará otro signo que el de Jonás. Porque así como Jonás fue signo para la gente de Nínive, así lo será el Hijo del hombre para esta generación. La reina del Mediodía se levantará en el Juicio con los hombres de esta generación y los condenará, porque ella vino de los confines de la tierra a oír la sabiduría de Salomón; y aquí hay algo más que Salomón. La gente de Nínive se levantará en el Juicio con esta generación y la condenarán, porque al menos ellos se convirtieron por la predicación de Jonás; y aquí hay algo más que Jonás.”

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“TRABAJAR EN LA VIÑA DEL SEÑOR”

«Dios entra a habitar en un alma cuando ésta no sólo medita en su amor, sino que también trabaja en él día y noche» (Santa Brígida de Suecia).

No basta con contemplar, admirar y alabar el amor de Dios, sino que también hay que ponerlo en práctica día tras día mediante las obras de caridad. Estas implican las obras externas, pero también el trabajo constante en nuestro propio corazón, a fin de superar, con la gracia de Dios, todo aquello que impide el despliegue del verdadero amor. Esta es la voluntad de nuestro Padre, tal y como lo deja claro Santa Brígida.

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“Dar el sitio adecuado a los signos y milagros”

Meditaremos hoy el evangelio del XX Domingo después de Pentecostés, según el calendario tradicional.

Jn 4,46-53

En aquel tiempo, Jesús volvió a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Había un funcionario real, cuyo hijo estaba enfermo en Cafarnaún.                                                                        leer más

La Ley como pedagogo

 

Gal 3,22-29

La Escritura encerró todas las cosas bajo el pecado, para que la promesa fuese dada a los creyentes por la fe en Jesucristo. Antes de que llegara la fe, estábamos prisioneros, custodiados por la Ley, en espera de la fe que debía ser revelada. Por consiguiente, la Ley ha sido nuestro pedagogo, que nos condujo a Cristo, para que fuéramos justificados por la fe; pero cuando ha llegado la fe, ya no estamos sujetos al pedagogo. En efecto, todos sois hijos de Dios por medio de la fe en Cristo Jesús. Porque todos los que fuisteis bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo. Ya no hay diferencia entre judío y griego, ni entre esclavo y libre, ni entre varón y mujer, porque todos vosotros sois uno solo en Cristo Jesús. Si vosotros sois de Cristo, sois también descendencia de Abrahán, herederos según la promesa.

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Los hijos de Abrahán

 

Gal 3,7-14

Tened bien presente que los hijos de Abrahán son los que creen. La Escritura, previendo que Dios justificaría a los gentiles por la fe, anunció con antelación a Abrahán esta buena nueva: En ti serán bendecidas todas las naciones. Así pues, los que creen son bendecidos con Abrahán el creyente. Porque todos los que viven de las obras de la ley incurren en maldición. Dice así la Escritura: “Maldito quien no practique fielmente todos los preceptos escritos en el libro de la Ley.” Y que la ley no justifica a nadie ante Dios es cosa evidente, pues dice la Escritura: “El justo vivirá por la fe.” Además, la ley no puede proceder de la fe, pues dice: “Quien practique sus preceptos, vivirá por ellos.” Cristo nos rescató de la maldición de la ley, haciéndose él mismo maldición por nosotros, pues dice la Escritura: “Maldito el que cuelga de un madero.” Y esto fue así para que la bendición de Abrahán llegara a los gentiles a través de Cristo Jesús, y para que, por la fe, recibiéramos el Espíritu de la promesa.

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El don de la salvación

 

Gal 3,1-5

¡Oh gálatas insensatos! ¿Quién os fascinó a vosotros, que habéis tenido ante los ojos a Jesucristo en la cruz? Sólo quiero saber de vosotros esto: ¿habéis recibido el Espíritu por las obras de la Ley o por la obediencia a la fe? ¿Tan insensatos sois? Habéis empezado con el Espíritu, ¿y acabáis ahora en la carne? ¿En vano habéis vivido cosas tan grandes? ¡Bien en vano sería! Ahora bien, el que os comunica el Espíritu y obra milagros entre vosotros ¿lo hace por virtud de las obras de la Ley o por la obediencia a la fe?

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Sobre el Padrenuestro

Lc 11,1-4

En aquel tiempo, estaba Jesús orando en cierto lugar. Cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos: “Señor, enséñanos a orar, como enseñó Juan a sus discípulos.” Él les dijo: “Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino, danos cada día nuestro pan cotidiano, y perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en tentación.”

La oración de Nuestro Señor, que hoy se reza en todas partes del mundo donde haya presencia de cristianos, nos da un acceso único a Dios, y nos une como hijos de un mismo Padre.

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“PERMANECER SIEMPRE ALEGRES” 

«El demonio se alegra sobre todo cuando logra arrebatar la alegría del corazón de un siervo de Dios» (San Francisco de Asís).

Un testimonio malhumorado de nuestra fe difícilmente contagiará a otras personas ni las animará a acercarse con mayor intensidad al Señor. Tampoco un testimonio excesivamente eufórico resultará atractivo para quienes buscan a Dios de verdad. Lo que ayudará a las personas a abrirse a la fe es un corazón alegre, encendido de amor y gratitud por Dios. En un corazón así morará esa alegría a la que se refiere san Francisco de Asís en la frase de hoy. También san Pablo nos exhorta: « Alegraos siempre en el Señor» (Fil 4,4).

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Verdadero y falso celo

Gal 1,13-24

Seguramente habéis oído hablar de mi conducta anterior en el judaísmo, cuán encarnizadamente perseguía a la iglesia de Dios para destruirla, y cómo superaba en el judaísmo a muchos compatriotas de mi generación, aventajándoles en el celo por las tradiciones de mis antepasados. Mas, cuando Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo, para que lo anunciase entre los gentiles, al punto, sin pedir consejo a hombre alguno, ni subir a Jerusalén donde los apóstoles anteriores a mí, me fui a Arabia, de donde volví a Damasco.

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