“PRESERVAR LA PAZ DEL CORAZÓN”

«Aquel que no se deja seducir por los elogios ni desconcertar por los reproches posee una gran paz interior» (Tomás de Kempis).

En la frase de hoy, Tomás de Kempis hace referencia a lo que puede desconcertarnos y hacernos perder la paz interior con facilidad.

Por un lado, hay que aprender a lidiar con los elogios. Sin duda, un elogio sincero es edificante. Sin embargo, los maestros de la vida espiritual nos advierten del peligro de que, cuando recibimos reconocimiento por parte de los demás, nuestra mirada puede centrarse cada vez más en nosotros mismos. Así, caemos fácilmente en una carencia de libertad que consiste en deleitarse en ese elogio e incluso comenzar a derivar su valor de las alabanzas que recibe de otros. Sin embargo, eso nos vuelve dependientes de las personas. En consecuencia, puede suceder que busquemos sus elogios y que nos sintamos decepcionados cuando no los recibimos. En ese momento, nuestro corazón ya no está totalmente centrado en Dios, de quien procede la verdadera paz. Nos hemos olvidado de atribuir todas las alabanzas al Señor, y es como si las retuviéramos para nosotros mismos.

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La alegría de la Resurrección

 

1Cor 15,12-20

Hermanos, si predicamos que Cristo ha resucitado de entre los muertos, ¿cómo andan diciendo algunos de vosotros que no hay resurrección de los muertos? Si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo resucitó; y si Cristo no resucitó, nuestra predicación es vana, y vana también vuestra fe. Si esos tuviesen razón, nosotros quedaríamos como falsos testigos de Dios, pues proclamamos que Dios resucitó a Cristo, cuando en realidad no lo habría resucitado, de ser verdad que los muertos no resucitan. Porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana: seguís en vuestros pecados. Por tanto, también acabaron para siempre los que murieron creyendo en Cristo. Si nuestra esperanza en Cristo se limita sólo a esta vida, ¡somos las personas más dignas de compasión! ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de los que murieron.

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Memoria de Santa Hildegarda de Bingen: “Memorias del Paraíso”  

Sb 8,1-6

Lectura correspondiente a la memoria de Santa Hildegarda de Bingen

La sabiduría se propaga decidida de uno al otro confín y gobierna todo con acierto. Yo la amé y la pretendí desde mi juventud; me empeñé en hacerla mi esposa, enamorado de su belleza. Su intimidad con Dios ennoblece su linaje, pues el dueño de todo la ama. Está iniciada en el conocimiento de Dios y es la que elige sus obras. Si la riqueza es un bien apetecible en la vida, ¿qué cosa más rica que la sabiduría, que todo lo hace? Si la inteligencia trabaja, ¿quién sino la sabiduría es el artífice de cuanto existe?

Hoy tenemos la dicha de hablar de una santa a la que nosotros, como Harpa Dei, hemos llegado a conocer sobre todo a través de su música. Se trata de santa Hildegarda de Bingen, doctora de la Iglesia y una figura muy significativa de la Baja Edad Media.

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“DEVOLVER LO QUE HEMOS RECIBIDO”

«No tengo nada que dar más que lo que Tú mismo me has dado» (Santa Catalina de Siena).

¡Qué certera y liberadora es esta frase tan sencilla de Santa Catalina de Siena! Retira el velo que a menudo nos cubre cuando nos esforzamos por ser y aparentar algo que no somos. Ciertamente, la sociedad a menudo nos plantea este tipo de exigencias y creemos que debemos corresponderles. Sin embargo, ¿no es una ilusión confiar en nuestros propios méritos y olvidar de dónde proviene todo? ¿No es una ceguera obviar el origen, es decir, nuestro Padre divino, de quien todo procede?

La frase de Santa Catalina representa el santo realismo de la humildad y, por tanto, posee la fuerza de la pureza. Esta certeza no nos exime de hacer nuestra parte, pero sabiendo quién es el que nos lo ha dado todo y nos lo ha confiado en su amor.

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“REALIZAR LAS OBRAS DE DIOS”   

«Aún debes esperar un poco y seguir realizando tus obras. ¡Yo soy tu recompensa!» (Palabra interior).

Nuestra vida en la Tierra es breve, y aprovecharla tanto para este tiempo como para la eternidad es la mayor sabiduría. En el fondo, muchas personas anhelan descubrir y cumplir su misión en este mundo. Si aún no han tenido un encuentro con Dios, el cumplimiento de sus deberes de estado les ayudará a desenvolverse de manera productiva dentro del orden natural. Sin embargo, la perspectiva cambia cuando conocemos a Dios. Entonces comprendemos que el orden natural también procede de Dios y que podemos agradarle y honrarle al cumplir cuidadosamente nuestras obligaciones en este plano.

No obstante, la perspectiva puede ampliarse aún más cuando entendemos nuestro servicio en la vida cotidiana como una contribución a la edificación del Reino de Dios en la Tierra. De este modo, empezamos a hacerlo todo más conscientemente para la gloria de Dios.

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El camino regio

1Cor 12,31-13,13

Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, sería como el bronce que resuena o un golpear de platillos. Y aunque tuviera el don de profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, y aunque tuviera tanta fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad, no sería nada. Y aunque repartiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo para dejarme quemar, si no tengo caridad, de nada me aprovecharía. La caridad es paciente, la caridad es amable; no es envidiosa, no obra con soberbia, no se jacta, no es ambiciosa, no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra por la injusticia, se complace en la verdad; todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. La caridad nunca acaba. Las profecías desaparecerán, las lenguas cesarán, la ciencia quedará anulada. Porque ahora nuestro conocimiento es imperfecto, e imperfecta nuestra profecía. Pero cuando venga lo perfecto, desaparecerá lo imperfecto. Cuando yo era niño, hablaba como niño, sentía como niño, razonaba como niño. Cuando he llegado a ser hombre, me he desprendido de las cosas de niño. Porque ahora vemos como en un espejo, borrosamente; entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de modo imperfecto, entonces conoceré como soy conocido. Ahora permanecen la fe, la esperanza, la caridad: las tres virtudes. Pero de ellas la más grande es la caridad.

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“DIOS VIENE MUY CERCA  DE NOSOTROS”   

«Si estáis dispuestos a recibirme, vendré muy cerca de vosotros» (Mensaje de Dios Padre a Sor Eugenia Ravasio).

Es una promesa de nuestro Padre celestial cuyo cumplimiento depende de nosotros. Sabemos lo que quiere decirnos. Debemos abrir las puertas de nuestro corazón a Dios y ofrecerle una morada, de modo que nuestro Padre Celestial pueda habitar en nuestro interior en todo momento. Una vez que haya establecido su tienda en nuestro corazón —siempre y cuando no nos alejemos de Él, sino que cultivemos esta santa relación de amor—, el Señor vendrá muy cerca de nosotros.

¿Qué significa esto? El amor de Dios por nosotros, cuando encuentra respuesta por nuestra parte, nunca dejará de atraernos hacia el misterio de su amor. El amor paternal de Dios abarca también el amor de la amistad, el amor de un confidente y todas las maravillosas expresiones del verdadero amor. Cuando la santidad de este amor impregna nuestra alma, la adorna con esplendor divino. Puesto que el amor es una fuerza unificadora, nuestro corazón se va transformando mediante la presencia de nuestro Padre, haciéndonos semejantes a Él. Experimenta una «divinización», como lo expresan los místicos.

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Fiesta de Nuestra Señora de los Dolores: “Los dolores de María”  

La memoria que hoy celebramos se remonta a la Fiesta de los “Siete dolores de María”, que fue introducida por el Papa Benedicto XIII en el año 1721.

En el cristianismo de Oriente, desde los primeros siglos se venera a la Madre Dolorosa. El gran poeta Efrén el Sirio (+373) canta ya sobre la Virgen bajo la Cruz, y un gran número de autores de la antigüedad cristiana tematizan los Dolores de María. Estos textos pasaron a formar parte de la liturgia de Oriente. Así, ya en el siglo VI era habitual la representación de María bajo la Cruz.

En el Occidente, en cambio, la devoción a la Virgen de los Dolores empezó a difundirse apenas desde el siglo XII. La Orden de los Siervos de María (servitas), fundada en 1233, dio a conocer la veneración a la “Mater Dolorosa” a una buena parte del pueblo cristiano. En este tiempo, surgió también el famoso himno a la Madre Dolorosa, el “Stabat Mater”. Así, desde la Edad Media está profundamente arraigada en el corazón de los hombres la veneración a la Virgen de los Dolores. También surgieron entonces sitios de peregrinación con la imagen que representa a Jesús siendo colocado en el regazo de su Madre Dolorosa tras el descenso de la Cruz.

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La Cruz: signo de salvación

Fil 2,6-11

Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el “Nombre-sobre-todo-nombre”; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Sólo desde la perspectiva del amor puede comprenderse a profundidad la Cruz de Nuestro Señor. Si no adquirimos esta visión, no podremos entender el verdadero mensaje: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo unigénito” (Jn 3,16). Sin el amor, sólo queda ante nuestros ojos la crueldad de la crucifixión. Por muy “justo y necesario” que sea contemplar cada una de las estaciones del Viacrucis, llorar porque el hombre sea capaz de tal crueldad, conmovernos y compadecernos del Señor, permaneciendo simplemente en silencio junto a Él; es importante recordar y profundizar una y otra vez la motivación del Padre y del Hijo en este acontecimiento salvífico: es el amor.

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“EL COMPROMISO QUE CONLLEVA LA FE”

«Quienquiera que reciba la fe, también tiene el deber de compartirla. La luz del Señor, que brilla en nuestra oscuridad, es la luz para el mundo. Se la debemos a nuestros semejantes» (Papa Juan Pablo II).

Así nos exhorta el papa Juan Pablo II, haciendo un llamamiento para anunciar el Evangelio a todos los hombres. Con ello, respondió a su misión como papa.

Nuestro Padre Celestial no tiene mayor deseo que éste. Para ello envió a su propio Hijo al mundo.

Si queremos amar de verdad y adentrarnos en la aventura de un amor desinteresado, como reflexionamos en la meditación de ayer, debemos tener siempre presente que no hay mayor muestra de amor que llevar el Evangelio a los hombres. Si ya no anhelamos que todos los hombres se encuentren con el Hijo de Dios y le sigan, es señal de que se ha extinguido parte de ese fuego que ardió durante tantos siglos, impulsando a los misioneros hasta los confines de la Tierra para anunciar allí el amor de nuestro Padre.

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