“LA ORACIÓN DEL SEÑOR”

«Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino; hágase tu voluntad, como en el cielo, también en la tierra; danos hoy nuestro pan cotidiano; y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos pongas en tentación, sino líbranos del mal» (Mt 6,9-13).

Esta es la oración que el propio Jesús nos enseñó para que podamos dirigirnos a nuestro divino Padre de esta manera tan familiar. leer más

Santa Juana de Arco (I): “El corazón de la santa”  

Era el 30 de mayo de 1431 en la ciudad de Rouen (Francia), un día después de la Fiesta de la Santísima Trinidad. Por la mañana, se había congregado un gran número de personas en la plaza del mercado, cerca de la iglesia del Redentor. Además del pueblo y del clero, se encontraban presentes muchos soldados. Sin embargo, no eran soldados franceses, sino ingleses, ya que Rouen era una de las ciudades que habían caído bajo el dominio inglés durante la Guerra de los Cien Años.

Habían montado un andamio en medio de la plaza y habían colocado sobre él a una joven de apenas diecinueve años. Era por ella por quien se habían congregado personas de todo tipo, tanto clérigos como seglares. Todas las miradas estaban puestas en ella.

¿Quién era esa joven? ¿Por qué estaba allí?

Entonces, Nicolás Midi, doctor en Teología, pronunció ante toda la asamblea un sermón sobre el versículo 26 del capítulo 12 de la Primera Carta del apóstol Pablo a los Corintios: «Si un miembro sufre, todos los miembros sufren con él».

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MEDITACIONES SOBRE EL ESPÍRITU SANTO: “La paciencia”

Amado Espíritu Santo, con la meditación de hoy concluimos esta preparación para la gran Fiesta de tu descenso. ¡Que todos tus frutos crezcan y maduren en nosotros, para que podamos glorificar a Aquél de quien todo procede y dar testimonio de ti en el mundo!

Para ello se requiere paciencia, porque estos frutos van madurando poco a poco, día tras día. Sobre todo necesitamos paciencia para el trato con las otras personas, sabiendo esperar a que ellas puedan acoger lo que Dios les tiene preparado.

¡Cuánta paciencia tiene Dios con nosotros! ¡Él no se cansa de intentar una y otra vez llegar a nosotros y a la humanidad entera, que muchas veces está tan extraviada!

Aunque esperamos anhelantes la Segunda Venida de Cristo y nos preparamos día tras día, ya sea para la hora de nuestra muerte o para la Parusía al Final de los Tiempos, sabemos que “no tarda el Señor en cumplir su promesa, como algunos piensan; más bien tiene paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie se pierda, sino que todos se conviertan.” (2Pe 3,9)

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“BUSCAR AL PADRE EN LO OCULTO”

«Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre» (Mt 6,6).

¡Qué espacio tan íntimo nos ofrece el Señor! Por muy hermosas que sean las iglesias y los recintos sacros, cuando albergan dignas liturgias y la oración común de los fieles, nuestro Padre celestial nos concede un acceso a Él que permanece siempre abierto. Las puertas de su corazón nunca se cierran y está siempre presto a escucharnos. Por tanto, podemos entrar en un diálogo incesante con Él. Esta oración en lo escondido es inmensamente valiosa y no siempre requiere gestos externos, sino un corazón abierto hacia nuestro Padre.

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MEDITACIONES SOBRE EL ESPÍRITU SANTO: “La fidelidad”

Amado Espíritu Santo, Tú quieres que vivamos en fidelidad, y eso en una época en que la infidelidad parece haberse convertido en un estilo de vida. Será un arduo trabajo que tendrás que realizar, porque muchas personas ya no comprenden el sentido de la fidelidad, sea en el matrimonio, en las promesas hechas o incluso en los votos religiosos… A menudo tenemos que volver a aprender lo que significa la fidelidad, la responsabilidad, la constancia, la estabilidad…

Pero ante nuestros ojos tenemos un ejemplo sin igual: Es la fidelidad de Dios. ¡Dios es fiel y jamás abandona su fidelidad! Todo el Antiguo Testamento da testimonio de ello, en contraste con la frecuente infidelidad del pueblo de Israel.

Si nos fijamos en el tiempo en que vivimos, constataremos que lamentablemente son cada vez más las personas que se apartan de la fe y son infieles a Dios. En consecuencia, también resultará más difícil guardar fidelidad en las relaciones humanas.

La situación se pone particularmente difícil, oh Espíritu Santo, cuando en la misma Iglesia tenemos que confrontarnos a la infidelidad. Todos los católicos, desde el más sencillo de los fieles hasta el Papa mismo, estamos llamados a permanecer fieles al Evangelio y al Magisterio de la Iglesia.

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“PEDID Y SE OS CONCEDERÁ”

«En verdad os digo: todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo recibisteis y se os concederá» (Mc 11,24).

La oración es el gran diálogo con Dios. Al garantizarnos que nuestras súplicas serán escuchadas, el Señor nos hace un gran regalo y nos muestra su amor. En realidad, si tenemos fe, esta promesa resulta tan sencilla y atrayente para nosotros.

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MEDITACIONES SOBRE EL ESPÍRITU SANTO: “La modestia”

¡Qué adorno tan precioso es un alma modesta, oh Espíritu Santo; un alma en la que habita este fruto tuyo! Se ha refrenado en ella la apetencia desordenada y ha llegado a la calma. No piensa constantemente en sí misma, y se contenta fácilmente con lo que recibe. No quiere ser el centro de atención, sino ocupar el sitio que Tú has previsto para ella. Por eso, el precioso don de la gratitud y el fruto de la humildad actúan en el alma modesta. Ella irradia serenidad y contento, no tiene que llamar la atención y está libre de toda arrogación o presunción. Sin embargo, en lo que respecta al amor, quiere ser grande: grande en el amor a ti y en el amor a los hombres. ¡El alma modesta tampoco se contenta con una fe pequeña!

¡Qué dulce y suave brillo podemos percibir en un alma así! ¡Con cuánto gusto y facilidad puedes Tú, y también nosotros, agasajarla! En el alma modesta se hacen realidad estas palabras de San Pablo: Tened los mismos sentimientos los unos hacia los otros, sin dejaros llevar por pensamientos soberbios, sino acomodándoos a las cosas humildes. No os tengáis por sabios ante vosotros mismos.” (Rom 12,16)

El alma modesta no es complicada, sino sencilla. Tampoco está atrapada en un sinnúmero de deseos e ideas propias.

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“SOBRE LAS BIENAVENTURANZAS”

«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque suyo es el Reino de los Cielos» (Mt 5,8-10).

¿Cómo podemos adquirir un corazón puro, uno capaz de explorar sus propias profundidades a la luz del Espíritu Santo y de entregarle a Dios toda oscuridad que detecta?

La gran meta de un corazón puro consiste en hacer con amor todo lo que Dios, en su amor, nos ha confiado y encomendado.

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MEDITACIONES SOBRE EL ESPÍRITU SANTO: “La bondad”

Espíritu Santo, con los dones que Tú infundes en nuestra alma, quieres hacer surgir todos aquellos frutos sobre los cuales estamos meditando en estos días previos a la Fiesta de tu descenso. Son verdaderos frutos que hacen resplandecer nuestra vida, son expresión de tu amor y nos ayudan a nosotros, los hombres, a tratarnos los unos a los otros así como Jesús quiso:

“Que todos sean uno; como Tú, Padre, en mí y yo en Ti, que así ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que Tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que Tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno. Yo en ellos y Tú en mí, para que sean consumados en la unidad, y conozca el mundo que Tú me has enviado y los has amado como me amaste a mí.” (Jn 17,21-23)

Oh Espíritu Santo, nosotros, los hombres, hemos de vivir en verdadera unidad contigo y también los unos con los otros. Pero si abrimos los ojos y no vivimos en una ilusión, resulta evidente que no seremos capaces de ello por nuestras propias fuerzas. Por eso debemos recurrir a la fuente del amor y de la bondad, y beber de ella. ¡Esa fuente eres Tú mismo, Espíritu Santo!

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“LLAMADOS A SER LUZ DEL MUNDO”

«Vosotros sois la luz del mundo (…). Alumbre así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos» (Mt 5,14a.16).

Esta maravillosa palabra va dirigida a los discípulos del Señor, es decir, ¡a cada uno de nosotros! A través de la unión con Jesús, no solo somos iluminados por su luz, sino que nosotros mismos nos convertimos en luz del mundo al transmitir la Palabra de Dios y realizar sus obras. Y, puesto que quien nos lo dice es el Divino Maestro, el Hijo de Dios, no se trata de presunción por nuestra parte.

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