Una lección de humildad

Mt 23,1-12

En aquel tiempo, Jesús se dirigió a la gente y a sus discípulos, diciéndoles: “En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced, pues, y observad todo lo que os digan, pero no imitéis su conducta, porque dicen y no hacen. Atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas. Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres: ensanchan las filacterias y alargan las orlas del manto; les gusta ocupar el primer puesto en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, que se les salude en las plazas y que la gente les llame ‘Rabbí’. Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar ‘Rabbí’, porque uno solo es vuestro Maestro; y vosotros sois todos hermanos. Ni llaméis a nadie ‘Padre’ vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el del cielo. Ni tampoco os dejéis llamar ‘Instructores’, porque uno solo es vuestro Instructor: el Cristo. El mayor entre vosotros será vuestro servidor. Pues el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado.”

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“LA NOVEDAD DE LA GRACIA”

«Queremos comenzar una nueva vida cada día» (Santa Teresa Benedicta de la Cruz).

¿Qué habrá querido decir santa Edith Stein con estas palabras? Evidentemente, ella comprendió que cada día que atravesamos conscientemente de la mano de nuestro Padre Celestial es un «kairós». En pocas palabras, se trata de la «hora de la gracia» que debemos aprovechar.

En efecto, una y otra vez experimentamos etapas en la vida en las que quisiéramos empezar de nuevo. Quizás nuestra vida se nos ha escapado de las manos, nos hemos arrepentido y nos gustaría empezar de cero. Tal vez hemos tomado por fin la decisión correcta que llevábamos mucho tiempo posponiendo. Quizás hemos superado un obstáculo que nos tenía atados desde hace tiempo.

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La jerarquía de los mandamientos

Mt 22,34-40

En aquel tiempo, los fariseos, al enterarse de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron en grupo. Entonces uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?” Él le dijo: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas.”

Es importante tener presente el orden de los mandamientos, para actuar de acuerdo a esta jerarquía. El primero y más importante de los mandamientos es amar a Dios. Éste es el factor decisivo para que el hombre corresponda al orden fundamental de su existencia.

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“VIVIR PARA LA ALEGRÍA DE DIOS (II)”  

«No aprecia el vigor de los caballos, no estima los músculos del hombre: el Señor aprecia a sus fieles, que confían en su misericordia» (Sal 146,10-11).

No son las capacidades naturales del hombre las que deleitan a nuestro Padre, aunque en el mundo se las suele admirar e incluso idealizar. Estas no son más que herramientas y su verdadero valor depende únicamente del fin para el que se empleen. ¿De qué sirve una gran inteligencia a los ojos del Señor si no se la utiliza para el bien? Una y otra vez, el hombre se ve tentado a derivar su valor de cosas que no son más que añadiduras en su vida y que no constituyen lo esencial. Esta tentación puede incluso presentarse en el ámbito eclesiástico, de modo que se adoptan criterios mundanos en lugar de medir con los criterios divinos que la Sagrada Escritura nos transmite claramente. La frase de hoy es un buen ejemplo.

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“VIVIR PARA LA ALEGRÍA DE DIOS”

Una de las cosas más bellas en este mundo es cuando las personas se esfuerzan por hacer felices a los demás. Ciertamente, todos lo hemos experimentado, sobre todo cuando ese gesto está exento en gran medida de interés propio y marcado por el olvido de uno mismo.

Sin embargo, lo más bello es cuando vivimos para la alegría de Dios, cuando le hemos confiado toda nuestra vida al Padre Celestial, sencillamente porque le amamos y respondemos a su amor. Así, comienza ya aquí, en la Tierra, una cierta bienaventuranza, porque, más allá de nosotros mismos, nuestra vida apunta hacia Aquel que es nuestra alegría y para cuya alegría vivimos.

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El traje de fiesta

Mt 22,1-14

En aquel tiempo, tomó Jesús la palabra y les habló en parábolas. Les dijo: “El Reino de los Cielos es semejante a un rey que celebró el banquete de bodas de su hijo. Envió a sus siervos a llamar a los invitados a la boda, pero éstos no quisieron venir. Volvió a enviar otros siervos, con este encargo: Decid a los invitados: ‘Mirad, mi banquete ya está preparado. Ya han sido matados mis novillos y animales cebados, y todo está a punto. Venid a la boda.’ Pero ellos no hicieron caso y se fueron: el uno a su campo, el otro a su negocio; y los demás agarraron a los siervos, los escarnecieron y los mataron. El rey, enojado, envió sus tropas, dio muerte a aquellos homicidas y prendió fuego a su ciudad. Entonces dijo a sus siervos: ‘La boda está preparada, pero los invitados no eran dignos. Id, pues, a los cruces de los caminos e invitad a la boda a cuantos encontréis.’ Los siervos salieron a los caminos, reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala de bodas se llenó de comensales. Cuando entró el rey a ver a los comensales vio allí a uno que no tenía traje de boda. Le dijo: ‘Amigo, ¿has entrado aquí sin traje de boda?’ Él se quedó callado. Entonces el rey dijo a los sirvientes: ‘Atadlo de pies y manos y echadlo a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes.’ Porque muchos son llamados, pero pocos escogidos.”

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La responsabilidad de los pastores

Ez 34,1-11

La palabra del Señor me fue dirigida en estos términos: “Hijo de hombre, profetiza contra los pastores de Israel, profetiza. Dirás a los pastores: Así dice el Señor: ¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No deben los pastores apacentar el rebaño? Vosotros os habéis tomado la leche, os habéis vestido con la lana, habéis sacrificado las ovejas más pingües; no habéis apacentado el rebaño. No habéis fortalecido a las ovejas débiles, no habéis cuidado a la enferma ni curado a la que estaba herida, no habéis tornado a la descarriada ni buscado a la perdida; sino que las habéis dominado con violencia y dureza. Y ellas se han dispersado, por falta de pastor, y se han convertido en presa de todas las fieras del campo; andan dispersas. Mi rebaño anda errante por todos los montes y altos collados; mi rebaño anda disperso por toda la superficie de la tierra, sin que nadie se ocupe de él ni salga en su busca. Por eso, pastores, escuchad la palabra del Señor: Por mi vida, oráculo del Señor, lo juro: Porque mi rebaño ha sido expuesto al pillaje y se ha hecho pasto de todas las fieras del campo por falta de pastor, porque mis pastores no se ocupan de mi rebaño, porque ellos, los pastores, se apacientan a sí mismos y no apacientan mi rebaño; por eso, pastores, escuchad la palabra del Señor. Así dice el Señor: Aquí estoy yo contra los pastores: reclamaré mi rebaño de sus manos y les quitaré de apacentar mi rebaño. Así los pastores no volverán a apacentarse a sí mismos. Yo arrancaré mis ovejas de su boca, y no serán más su presa. Porque así dice el Señor: Aquí estoy yo; yo mismo cuidaré de mi rebaño y velaré por él. leer más

“LA RESPUESTA DE MARÍA”  

«Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38).

Escribo esta meditación el 15 de agosto y, en este día, no quiero ni puedo pasar por alto a nuestra amada Virgen María sin pensar en ella y dedicarle unas palabras.

¿Cómo se habrá fijado nuestro Padre, con una mirada llena de amor, en aquella a la que eligió para que fuera la Madre de su Hijo? Una virgen santa y pura que, como sabemos gracias a la doctrina de la Iglesia, fue preservada de la mancha del pecado original. Es decir, se asemejaba a la condición de Eva en el Paraíso.

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Flavia Elena Augusta

La meditación de hoy queremos dedicársela a Santa Elena, Emperatriz y madre del Emperador Constantino. El 18 de agosto es considerado el día de su muerte, por lo que en esta fecha suele celebrarse su memoria en la Iglesia Católica.

En lugar de tomar una lectura bíblica, iniciaremos esta meditación con unas palabras del cántico del Magníficat:

El Señor “derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes” (Lc 1,52).

Elena, la gran emperatriz que jugó un rol tan importante en la difusión del cristianismo, nació en una familia pobre y pagana en Bitinia (Asia Menor), hacia mediados del siglo III.

En su adolescencia y juventud trabajaba como posadera, y fue allí donde se encontró con un famoso general del ejército romano, llamado Constancio, que la tomó por esposa, a pesar de su diferencia de rango. Elena siguió siendo sencilla y modesta, no obstante la alta posición que gozó a partir de entonces. Hacia el año 274, Elena dio a luz a su único hijo, a quien conocemos como Constantino el Grande.

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