“NO APEDREAR A LA PECADORA”

«Mujer, ¿ninguno te ha condenado? —Ninguno, Señor. —Tampoco yo te condeno. Vete y a partir de ahora no peques más» (Jn 8,10-11).

 Jesús no condena a la mujer sorprendida en adulterio, pero sí la exhorta claramente a no volver a pecar. Esa es la forma en que Dios trata a la humanidad pecadora: quiere redimirla sin por ello minimizar la gravedad del pecado. En efecto, es el pecado el que separa al hombre de Dios, de modo que Él ya no puede colmarlo con su amor. Sin embargo, es este mismo amor el que le mueve a salir en busca del hombre y a no dejarlo a merced de su perdición. leer más

Santa Juana de Arco: “La captura de Juana”

Tras la coronación de Carlos VII en Reims, comenzaron las negociaciones entre el rey y los borgoñones. Como escuchamos en la meditación de ayer, Juana había escrito el mismo día de la coronación una carta al duque de Borgoña, Felipe el Bueno, suplicándole en nombre de Dios: «Que el rey de Francia y vos selléis una paz buena y estable que perdure por mucho tiempo. Perdonaos mutuamente de todo corazón, como cristianos».

En realidad, Juana anhelaba la paz, aunque al mismo tiempo advirtiera al duque de que no pretendiera luchar contra el rey. Su deseo era lograr una reconciliación cristiana entre los gobernantes y, con ello, la unión entre los franceses, después de que los borgoñones se habían aliado con los ingleses tras la devastadora derrota en la batalla de Azincourt (1415). Fue así como surgió la alianza anglo-borgoñona.

En la carta dirigida al duque de Borgoña, se puso de manifiesto una vez más la autoridad que Dios había otorgado a Juana. Ella quería sellar una paz buena y sólida, cimentada en la fe común. Al mismo tiempo, era consciente de la potencia del ejército francés, que, gracias a su intervención, había alcanzado la superioridad en la guerra. Esa habría sido la postura necesaria en las negociaciones para que estas no frenaran la obra que Dios había iniciado a través de la Doncella de Orléans. La victoria contra los ingleses y la posterior coronación de Carlos VII eran señales que todos podrían haber leído para sacar las conclusiones correctas.

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Santa Juana de Arco: “La coronación del rey en Reims”  

Una vez liberada la ciudad de Orléans del asedio, a Juana le urgía cumplir su segunda predicción: llevar al rey a Reims para su coronación. Sus voces le habían dado a entender que no disponía de mucho tiempo para cumplir su misión y que era preciso aprovechar el momento oportuno.

El conde de Dunois relata:

«Tras la liberación de Orléans, Juana y yo, junto con algunos otros, nos presentamos ante el rey, que se encontraba en el castillo de Loches, para pedirle nuevas tropas con el fin de reconquistar las fortalezas y ciudades situadas a orillas del Loira, especialmente Meung, Beaugency y Jargeau, de modo que en el futuro pudiera operar con mayor seguridad y avanzar sin obstáculos hasta Reims, donde se celebraría su coronación. Juana apremió al rey, suplicante e insistentemente, para que se diera prisa y le advertía de que no vacilara. A partir de ese momento, el rey actuó con toda la diligencia posible y envió al duque de Alençon, a otros jefes militares y a mí —junto con Juana— para que reconquistáramos aquellas ciudades y castillos. Y, de hecho, volvieron a quedar bajo el dominio del rey gracias a la ayuda de Juana, en mi opinión».

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“NO JUZGUÉIS”

«No juzguéis para no ser juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis se os juzgará» (Mt 7,1-2a).

El sentido más profundo de esta palabra del Señor se nos revela cuando pensamos en nuestro Padre celestial. Basta con fijarnos en cómo nos trata para aprender cómo nosotros debemos tratar al prójimo. Lo veremos de forma muy clara en la reflexión de mañana, que nos presentará el encuentro entre Jesús y la mujer adúltera.

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Santa Juana de Arco: “Juana cumple su predicción: La liberación de Orléans”

Desde que Juana de Arco entró en escena, el panorama de la guerra cambió a favor de la Corona francesa. Lo decisivo había sucedido: el heredero Carlos VII había recibido a Juana y se había convencido de que había sido enviada por el Rey del Cielo; también las autoridades eclesiásticas habían dado su aprobación. Así, Dios pudo llevar a cabo sus planes.

Juana no solo era esperada con ansias por la población sitiada en la ciudad de Orléans, sino que, sobre todo, fortaleció a los soldados del rey. La presencia de la Doncella, con su inagotable confianza, infundió nuevas fuerzas al ejército francés y lo sacó de la desesperanza.

Juana, por su parte, nunca llevaba armas ni mató a nadie. Sin embargo, su valentía y determinación al permanecer frente al ejército, incluso en situaciones aparentemente desesperadas, alentaban una y otra vez a los soldados. Esto ocurría incluso cuando, en un principio, la campaña militar parecía abocada al fracaso, pero finalmente llegaba a buen término.

El confesor de Juana, Jean Pasquerel —quien, a petición de ella, la acompañó hasta el momento de su captura en Compiègne—, relata que, en lugar de un arma, la Doncella siempre llevaba consigo un estandarte. Así declaró el clérigo:

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“EL ESPÍRITU DE DISCERNIMIENTO”

«Guardaos bien de los falsos profetas, que se os acercan disfrazados de oveja, pero por dentro son lobos voraces. Por sus frutos los conoceréis» (Mt 7,15-16a).

El Señor no nos deja a oscuras respecto a los peligros que acechan en nuestro camino de seguimiento. Sería impensable que no nos advirtiera, ya que, de lo contrario, podríamos caer en una falsa seguridad. Como Buen Pastor, no solo nos protege de los lobos, sino que también nos da los criterios para identificar a los falsos profetas.

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“SEGUIR AL BUEN PASTOR”

« Yo soy el buen pastor, conozco las mías y las mías me conocen» (Jn 10,14).

¡El Buen Pastor! ¡Qué comparación tan reconfortante, aunque hoy en día ya no es frecuente toparse con un pastor guiando a su rebaño! Sin embargo, esta imagen nos habla en lo más profundo. En nuestro interior, sabemos muy bien lo que significa el Buen Pastor: es aquel que nos cuida, que se preocupa por nuestra vida, que nunca nos pierde de vista, que nos advierte de los peligros y nos conduce a las verdes praderas, allí donde está nuestro verdadero hogar.

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Santa Juana de Arco: “Carlos VII presta oído a Juana”  

Con convicción y valentía, Juana emprende el arduo viaje hacia Chinon, que se prolongará durante once días. Sabe que ha recibido una misión de Dios, por lo que no teme ser detenida por nada ni por nadie. Además, anima constantemente a sus acompañantes. Durante el proceso de rehabilitación de la santa, dos de ellos darán testimonio de este viaje.

El caballero Bertrand de Poulengy relata:

«Fue una emocionante travesía, pero Juana nos animaba diciéndonos que no tuviéramos miedo, pues el noble heredero nos recibiría amablemente cuando llegáramos a Chinon. Os aseguro que sus palabras me encendieron, pues realmente me parecía una enviada de Dios. Nunca pude ver en ella el más mínimo mal. Era tan buena como una santa […]. Así llegamos juntos y sin obstáculos a Chinon, donde se encontraba el rey, que por entonces aún era delfín (heredero al trono). Allí presentamos a la Doncella a los nobles y a la comitiva real».

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Santa Juana de Arco: “La misión empieza”  

Durante su adolescencia, Juana guardó en su interior el secreto entre Dios y ella. No se lo contó a nadie, ni siquiera a su párroco, sus padres o sus amigos. Poco a poco, sus santos le fueron revelando más detalles sobre la misión que se le encomendaba y, bajo su guía, orientó toda su vida hacia su cumplimiento.

La joven Juana era consciente de la difícil situación militar en la que se encontraba su patria, pues la Guerra de los Cien Años entre Francia e Inglaterra incluso se hacía sentir en su pequeña aldea. La desunión política del país, con sus distintas facciones y las bandas que merodeaban y saqueaban, constituía una amenaza constante y no había perspectivas de paz. Sin duda, la desastrosa situación de Francia era el tema de conversación y la preocupación diaria de los habitantes de Domrémy y sus alrededores.

A lo largo de la guerra, los ingleses habían ido conquistando poco a poco amplios territorios de Francia. Se habían aliado con los borgoñones franceses, por lo que todo apuntaba a que pronto toda Francia quedaría sometida al rey inglés.

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“LA JERARQUÍA ESPIRITUAL”

«Buscad primero el Reino de Dios, y todo lo demás se os dará por añadidura» (Mt 6,33).

¡Cómo se pondría todo en orden en nuestra vida si tan solo acatáramos este consejo del Señor! Se restablecería esa jerarquía espiritual que lo rige todo y que, por desgracia, se ha alborotado tanto. Entonces, nuestro Padre celestial podría concedernos con facilidad todo lo que nos tiene preparado, porque nos encontraría receptivos. En cierto sentido, se anticiparía aquí, en la Tierra, la vida futura, pues, sin duda, la mayor dicha y gloria de todos los ángeles y santos es cumplir la Santa Voluntad de Dios.

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