«Te ofrezco una amistad divina y la unión de voluntades» (Palabra interior).
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Parte XI: Otras formas de resistencia espiritual
Quien tenga ojos para ver, sin duda podrá constatar hasta qué punto un «espíritu distinto» está ejerciendo influencia en la jerarquía eclesiástica y, en consecuencia, también en los fieles que confían en su guía. Por muy bueno que sea que las ovejas sigan a sus pastores, la obediencia experimenta un abuso cuando estos ya no guían al rebaño por el camino que Dios les ha trazado. Por desgracia, esto es precisamente lo que está sucediendo en puntos cruciales.
Una primera forma de ofrecer resistencia espiritual —que en ningún caso va dirigida personalmente contra los pastores descarriados, sino contra las falsas doctrinas y los espíritus malignos que están detrás— consiste en aferrarse firmemente a la doctrina tradicional de la Iglesia. Esto significa no aceptar ni dejarse influir por las novedades modernistas. Para ello, es necesaria la vigilancia, ya que el espíritu del relativismo no comenzó a difundirse en la Iglesia desde el pontificado de Francisco, sino que lleva décadas actuando y se ha intensificado tras el Concilio Vaticano II, alcanzando un nivel insoportable después del pontificado de Benedicto XVI.
En la meditación de ayer, recalcamos que la enseñanza moral católica no ha cambiado ni cambiará jamás en el corazón de la Iglesia. Solo hay intentos de adaptarla a una mentalidad modernista, con el fin de armonizarla mejor con la realidad política actual, lo cual supone un gran perjuicio para la Iglesia y el mundo. Tal pretensión lleva a la ruina de la Iglesia, porque la debilita desde dentro y la sal se vuelve sosa. Y lleva a la ruina del mundo, porque éste se ve privado de la voz que lo corrige y ya no tiene que enfrentarse al llamado a la conversión por parte de la Iglesia, ya que, entretanto, ella a menudo habla y actúa según la manera del mundo.
Echemos un vistazo a otras cuestiones fundamentales para la resistencia espiritual:
¡La misión de la Iglesia no ha cambiado! El mandato de anunciar el evangelio a todos los hombres sigue vigente (cf. Mt 28,19-20), porque nadie podrá salvarse sin Nuestro Señor Jesucristo. «Nadie va al Padre si no es por mí» (Jn 14,6). Todo diálogo y ecumenismo será auténtico solo en la medida en que obedezca a este mandato misionero del Señor. La meta de la misión no puede ser que el musulmán sea un mejor musulmán y el hindú, un mejor hindú, sino que todos han de encontrarse con el Dios que envió a su propio Hijo al mundo para salvarlos (cf. Jn 3,16). ¡Esto no podrá cambiarlo nadie, ni el Papa, ni un obispo, ni criatura alguna!
Quien se mantenga firme en esto ofrecerá una resistencia activa contra los poderes de la confusión que quieren distorsionar el mandato misionero de Jesús a la Iglesia, para integrarla en una asociación religiosa general y privarla así de su carácter necesario para la salvación.
En Efesios 6, san Pablo nos describe la armadura de Dios (cf. Ef 6,11-18). Una de las «armas de ataque» es el anuncio del Evangelio, ya que así se le arrebata al Maligno su poder sobre las almas y se proclama la victoria del Señor.
¡El camino de la santidad no ha cambiado! En primer lugar, se trata de acoger el amor de Dios y corresponder a él, de entrar en una relación íntima con el Señor y cultivarla. Para ello, Dios nos ha dado su palabra, la oración, los sacramentos y muchos otros medios.
El amor de Dios está en primer lugar, y de él brota el auténtico amor al prójimo. Es esencial que tengamos en cuenta esta jerarquía. De hecho, el amor de Dios es también el contenido más importante de la evangelización, pues se trata de la salvación de las almas, que aguardan la Redención y han de encontrarse con el amor de nuestro Padre. ¡Todos los demás temas han de subordinarse! No es la mejora del mundo lo que debe ocupar el primer lugar en el anuncio de la Iglesia, sino el amor de Dios manifestado en Nuestro Señor Jesucristo.
«Yo les he dado a conocer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos» –dice el Señor (Jn 17,26).
Quien, viviendo en estado de gracia, preserve cuidadosamente la sana doctrina y la enseñanza moral de la Iglesia, sirva al mandato misionero tal y como Jesús se lo encomendó a los apóstoles y aspire a la santidad, ya está equipado con una armadura estable para resistir a las fuerzas anticristianas y no dejarse enceguecer.
A esto se suman ciertas oraciones que no deberían descuidarse y que serán de gran ayuda: Entre ellas, la Liturgia de las Horas y la participación en la Santa Misa en la medida de lo posible, la confesión regular, el rezo diario del Santo Rosario, la oración a san Miguel Arcángel, la práctica de la oración del corazón, la lectura de la Sagrada Escritura y de otra literatura espiritual provechosa, la escucha de prédicas, conferencias y retiros, la práctica de las obras de misericordia espirituales y corporales, etc.
Por tanto, tenemos a nuestra disposición suficientes medios para cultivar la fe y consolidarnos en Cristo. Esta es la parte que nosotros podemos hacer para cooperar con la gracia y la protección que Dios nos concede.
En las dos últimas meditaciones de esta serie, hablaremos un poco más sobre el combate espiritual que todos debemos librar y compartiremos algunas reflexiones conclusivas sobre el tema de la influencia anticristiana.
Parte X: Resistencia espiritual
Con la meditación de hoy, llegamos al final de la lista de las graves desviaciones dentro de la Iglesia, que revelan la influencia del espíritu anticristiano.
LA PERMANENTE PRESENCIA DE DIOS
«Deseo que el hombre recuerde frecuentemente que yo estoy ahí donde él está» (Mensaje de Dios Padre a Sor Eugenia Ravasio).
Parte IX: Influencia anticristiana en la Iglesia
Al abordar la pregunta de si la Iglesia —o más bien su actual cúpula directiva— ya está bajo la influencia del Anticristo, el primer indicio que señalé fue la veneración pública de la Pachamama en los Jardines Vaticanos y en la Basílica de San Pedro, un suceso profundamente preocupante. Mencioné este ejemplo en la meditación de ayer porque es el más ilustrativo y contrasta radicalmente con lo que Dios encomendó a su pueblo en la Antigua Alianza y con la misión confiada a la Iglesia. ¿Cuántos mártires derramaron su sangre por negarse a sacrificar a los ídolos? Un acto de idolatría en el Vaticano es tan absurdo que uno no puede evitar preguntarse qué clase de ceguera se ha extendido para que algo así pueda suceder.
Entonces, ¿qué ha pasado? ¿Habría sido posible una transgresión semejante en la Iglesia hace cien años? ¡No! ¿Acaso hoy en día sabemos más que el propio Señor, que los apóstoles, los papas y los misioneros de todos los siglos, como para decir que esos actos son gestos de amabilidad hacia los indígenas y que pueden justificarse en el sentido de la inculturación del Evangelio?
¡No, no somos más sabios que Dios, que prohibió la idolatría en el Antiguo Testamento, ni más sabios que la Iglesia, que mantuvo el verdadero culto a Dios a lo largo de los siglos! Si un acto así no nos conmueve hasta las entrañas y nos impulsa a la reparación, es que hemos perdido el sentido de la fe y, con él, el espíritu de discernimiento. Por desgracia, no se ha escuchado nada semejante desde Roma.
¿Qué espíritu se esconde detrás de tales actos? ¡Sin duda, no es el Espíritu del Señor!
Por desgracia, no se trata de un caso aislado que habría podido repararse con esfuerzo y sacrificio, entre lágrimas y lamentos. Lamentablemente, no es así. Más bien, se alinea con muchas otras desviaciones que se han multiplicado desde el pontificado de Francisco. Al observarlo con detenimiento, no se puede evitar constatar que son los malos frutos de un «espíritu distinto» (cf. 2Cor 11,4).
El marco de las meditaciones diarias no es apropiado para exponer con todo detalle las anomalías de los pontificados posteriores al del papa Benedicto XVI. Sin embargo, en esta serie sobre el Anticristo, resulta ineludible mencionar al menos algunas de ellas para constatar hasta qué punto se está manifestando ya el espíritu anticristiano. Quienes quieran profundizar en el tema pueden leer mis publicaciones previas (https://es.elijamission.net/blog/, particularmente la serie sobre las “5 Heridas de la Iglesia: https://es.elijamission.net/wp-content/uploads/2025/03/LAS-CINCO-HERIDAS-DE-LA-IGLESIA.pdf) o consultar otras fuentes que abordan la crisis de la Iglesia de forma crítica.
Amoris Laetitia
El punto crucial que reveló el rumbo que tomaría el pontificado de Francisco fue la exhortación postsinodal Amoris Laetitia, en la famosa nota al pie de página n.º 351 del octavo capítulo. Cuatro cardenales intentaron dialogar con el papa para hacerle ver ciertas formulaciones de dicha exhortación que parecían contradecir el camino precedente de la Iglesia y pedirle una aclaración al respecto. Lamentablemente, no se les prestó oído y siguieron adelante las fatales consecuencias de este documento.
Actualmente, se está difundiendo la «apertura pastoral» de dar la comunión a personas que viven en una segunda unión íntima sin que se haya constatado la invalidez de su matrimonio y sin que se les exhorte a vivir en abstinencia. Así, surge una praxis en la recepción de la comunión que, bajo el manto de «misericordia», ofende la verdad objetiva de los Mandamientos de Dios y ataca, por tanto, el derecho de Dios. Aunque a nivel teórico no se haya modificado nada, sí ha cambiado en la práctica. De esta manera, se le ha abierto la puerta al error y se han multiplicado los sacrilegios que hieren a la Iglesia.
Con esto, las sirenas de alarma deberían haber sonado ya para los fieles, porque estas nuevas reglamentaciones, que algunas conferencias episcopales y obispos han adaptado, contradicen claramente el camino precedente de la Iglesia y no son, en modo alguno, una iluminación especial del Espíritu Santo ni un desarrollo de la encíclica Familiaris Consortio del papa Juan Pablo II, como se pretende transmitir.
La Declaración de Abu Dabi
Con la afirmación errónea de que Dios quiso la diversidad de las religiones, del mismo modo que quiso la diversidad de razas y la diferencia entre hombre y mujer, se están colocando al mismo nivel las otras religiones, que contienen notables errores, y la fe católica. Así, se invierte el mandato misionero del Señor para alcanzar una paz ilusoria. No obstante, la verdadera paz solo podrá existir sobre el fundamento de la verdad.
Con la Declaración de Abu Dabi ha sido restringido el auténtico anuncio del Evangelio, ya que, si se acepta lo que se afirma en dicha declaración, ya no habría razón para anunciar a Jesús como el único Redentor. Aquí nos encontramos ante un evidente engaño que hiere nuevamente el derecho de Dios, quien envió a su único Hijo para la Redención de los hombres (cf. Jn 3,16).
¿Quién estará detrás de todo esto? ¿Puede acaso Dios querer el Islam, que niega la muerte en Cruz de Jesús, del mismo modo que quiere la fe en su Hijo? ¿Hasta qué punto se ha oscurecido el entendimiento creyente y el sensus fidei (el sentido de la fe)?
En este contexto, hay que mencionar otra grave desviación: el 13 de septiembre de 2024, en un encuentro interreligioso con jóvenes en Singapur, el papa Francisco pronunció unas palabras que, hasta entonces, eran impensables para el máximo representante de la Iglesia: todas las religiones serían caminos que conducen hacia Dios y solo constituirían diferentes lenguajes.
¿No es esto suficiente para despertar y preguntarse qué espíritu ha tomado las riendas? ¿Quién mueve los hilos para que se realice un acto público de idolatría en el Vaticano? ¿Quién tiene interés en violar el sacramento del matrimonio y, por ende, la santa comunión y la confesión? ¿Quién está detrás cuando se relativiza el mandato misionero del Señor de llevar el Evangelio a todos los pueblos (cf. Mt 28,19-20)?
¿Puede ser esto obra del Espíritu Santo?_____________________________________________________
Meditación sobre el evangelio del día: https://es.elijamission.net/la-importancia-de-la-palabra-de-dios/
NEGARSE A SÍ MISMO
«Te aseguro que la victoria consiste en vencerte a ti mismo. Ese es el mayor enemigo» (San Pablo de la Cruz).
Hoy volvemos a escuchar una frase de san Pablo de la Cruz. ¡Cuán valiosas son las frases de los santos! A menudo brotan de una comunión muy íntima con Dios. A veces son palabras que el mismo Señor les ha inspirado y, otras veces, son el fruto de un largo camino espiritual. En cualquier caso, son joyas que deberíamos atesorar.
La frase de hoy nos revela quién es nuestro mayor enemigo. No son ni el diablo ni el mundo con todas sus seducciones y tentaciones. No, somos nosotros mismos, con nuestras malas inclinaciones y esos hábitos de los que no queremos desprendernos tan rápidamente. En otras palabras, el amor propio es nuestro mayor enemigo. Es tenaz y está profundamente arraigado. A menudo se esconde y no lo identificamos lo suficiente. Tendremos que luchar contra el amor propio hasta el final de nuestros días. Es, por así decirlo, nuestro compañero inseparable, nuestro «amante secreto» que se acaba imponiendo una y otra vez. Por desgracia, esto sigue siendo así incluso cuando ya hemos emprendido el camino del seguimiento del Señor y sabemos que debemos poner en práctica la exhortación de Jesús a negarnos a nosotros mismos (cf. Mt 16,24).
Se trata de una lucha realmente tenaz que hay que librar día tras día, no con actitud tensa y apretando los dientes, sino con perseverancia, siendo conscientes de que, por lo general, será un largo camino. Para ello, hace falta un sincero conocimiento de uno mismo. Debemos estar dispuestos a descubrir cómo nuestra naturaleza nos tiende trampas y a percibir cómo el amor propio siempre intenta eludir los pasos necesarios para el crecimiento espiritual. ¡Cuántas excusas y justificaciones tiene siempre a la mano! ¡Y algunas suenan sumamente razonables!
Entonces, ¿qué hemos de hacer? Debemos pedirle al Espíritu Santo su luz para conocernos a nosotros mismos y esforzarnos de verdad por superar el amor propio, pues éste obstaculiza el amor a Dios y al prójimo.
¡Esta lucha agradará a nuestro Padre y, con su gracia, saldremos victoriosos!
Parte VIII: Advertencia de la influencia anticristiana en la Iglesia
Para complementar las citas de varios jerarcas que escuchamos ayer sobre los tiempos del Anticristo, añadiremos, desde el ámbito profético, un pasaje de las revelaciones de la Virgen María a Don Stefano Gobbi, del Movimiento Sacerdotal Mariano:
«La bestia con dos cuernos, semejante a un cordero, indica la Masonería infiltrada dentro de la Iglesia; es decir, la masonería Eclesiástica, que se ha difundido sobre todo entre los miembros de la Jerarquía. Esta infiltración masónica dentro de la Iglesia, ya os ha sido predicha por Mí en Fátima, cuando os anuncié que Satanás se introduciría hasta el vértice de la Iglesia.
Si el objetivo de la masonería es el de conducir a las almas a la perdición, llevándolas al culto de falsas divinidades, el fin de la masonería eclesiástica, en cambio, es el de destruir a Cristo y a su Iglesia, construyendo un nuevo ídolo, es decir, un falso Cristo y una falsa Iglesia.» (Mensaje del 13 de junio de 1989, Dongo)
«La Iglesia conocerá la hora de su mayor deserción, el hombre malvado se introducirá al interior de ella y se sentará en el mismo Templo de Dios, mientras que el pequeño resto que permanecerá fiel será sometido a las pruebas y persecuciones más grandes» (Mensaje del 13 de mayo de 1990, Fátima).
«La apostasía será entonces generalizada porque casi todos seguirán al falso Cristo y a la falsa Iglesia. ¡Entonces quedará abierta la puerta para la aparición del Anticristo!» (Mensaje del 17 de junio de 1989, Milán)
Podríamos citar muchos otros mensajes y declaraciones, como las advertencias de la Virgen en La Salette, las detalladas descripciones de santa Hildegarda de Bingen y otros testimonios fidedignos, como el de Ana Catalina Emmerich. La esencia es siempre la misma: en los últimos tiempos, la Iglesia sufrirá un fuerte ataque y se dividirá en su interior. El espíritu del Anticristo penetrará hasta la jerarquía de la Iglesia, habrá una gran apostasía y muchos cristianos seguirán al Anticristo. Habrá una cooperación entre el Anticristo y una falsa iglesia.
Por tanto, el advenimiento del Anticristo ha sido claramente predicho desde varias fuentes.
Esto es motivo suficiente para observar cuidadosamente dónde se puede detectar ya la influencia del espíritu anticristiano en la presente confusión de la Iglesia.
Lamentablemente, debo decir que, desde mi punto de vista, este espíritu está cada vez más presente en la Iglesia y ejerce una fuerte influencia sobre ella. Lleva tiempo actuando y causando confusión en la teología, la moral, la liturgia, el mandato misionero que el Señor encomendó a la Iglesia, el ecumenismo, el diálogo interreligioso y muchos otros campos. Este espíritu se esfuerza por mundanizar a la Iglesia, debilita su enfoque trascendente, reduce el evangelio a un mensaje de paz meramente terrenal… ¡La sal se vuelve sosa! (cf. Mt 5,13).
Este breve análisis de la situación, que describe el desastre y que podría detallarse mucho más aún, indica que la Iglesia se encuentra bajo la fuerte influencia de un «espíritu distinto» (cf. 2Cor 11,4), que se disfraza de ángel de luz (cf. 2Cor 11,14) y presenta todos estos cambios como si fueran un avance y un progreso para el cristianismo, adaptándolo a la época actual.
Aunque muchas de las tendencias mencionadas ya se manifestaban durante los pontificados previos al de Francisco, lo hacían en desobediencia. Por tanto, hay una diferencia decisiva. Con Francisco, el máximo representante de la Iglesia y quienes colaboran con él en ese mismo espíritu se han convertido en promotores de la influencia anticristiana en la Iglesia. En este contexto, conviene recordar las palabras del mensaje a Don Gobbi: «Esta infiltración masónica dentro de la Iglesia, ya os ha sido predicha por Mí en Fátima, cuando os anuncié que Satanás se introduciría hasta el vértice de la Iglesia».
Echemos primero un vistazo a un acto público de idolatría casi inconcebible, que tuvo lugar el 4 de octubre de 2019 en los Jardines Vaticanos y en la Basílica de San Pedro.
Este «espíritu distinto» ha logrado lo que parecía impensable: ha aletargado a la mayoría de los obispos, incluido el que ocupa el ministerio petrino, hasta el punto de que se ha podido realizar un culto a la Pachamama en la Sede de la Iglesia Universal sin que se haya suscitado un verdadero grito de indignación. Todo católico —y especialmente los jerarcas— debería saber muy bien que con un acto así no solo se ofende a Dios, como atestigua el Antiguo Testamento en innumerables ocasiones, sino que además se les da libre cabida a los demonios para actuar, mientras Dios se lo permita. Los exorcistas que tengan la valentía de decir la verdad lo confirmarían sin titubear.
El mero hecho de que este acto haya sido posible solo puede explicarse al constatar que la ceguera lleva tiempo propagándose.
Este acto idolátrico muestra hasta qué punto el espíritu luciferino ha ejercido su influencia en los círculos más altos de la Iglesia, llevando incluso a una ofensa pública contra Dios. Los intentos de explicar este suceso diciendo que se trataría de inculturación o cualquier tipo de relativización solo contribuyen a aumentar la confusión.
El obispo auxiliar Athanasius Schneider se ha pronunciado claramente sobre este acontecimiento:
«A la luz de la revelación divina, contenida en la Palabra de Dios, la Tradición de la Iglesia y su Magisterio, la cuestión es muy sencilla: hacer ídolos para adorarlos es un pecado muy grave. Postrarse ante los ídolos es idolatría. Ofrecerles dádivas y sacrificios, llevarlos en procesión, sentarlos en un trono, coronarlos y quemarles incienso es un culto idólatra evidente que resulta extremadamente inmoral. Colocarlos en altares o en iglesias consagradas para adorarlos es una verdadera y auténtica profanación» (19 de noviembre de 2019, Fuente: kath.net).
En la meditación de mañana, seguiremos analizando varios sucesos de los últimos años que ponen de manifiesto la creciente influencia del espíritu anticristiano en la Iglesia.
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Meditación sobre el evangelio del día: https://es.elijamission.net/seguir-el-impulso-de-la-gracia-2/
NO INQUIETARSE ANTE LAS IMPERFECCIONES
«Si una mota de imperfección se adhiere a tu corazón, no te preocupes; arrójala inmediatamente al fuego del amor divino y pide perdón con sincero arrepentimiento. Sigue viviendo en paz» (San Pablo de la Cruz).
He aquí un buen consejo espiritual que nos ofrece un «alma ardiente» para avanzar en el camino de la santidad. De hecho, no conviene que caigamos en una inquietud y preocupación innecesarias cuando descubrimos imperfecciones en nosotros mismos. Por supuesto, tampoco debemos pasarlas por alto ni mucho menos acostumbrarnos a ellas. Más bien, se nos aconseja hoy lidiar sabiamente con nuestras imperfecciones. Aún estamos de camino y no hemos llegado a la meta. Nuestro Padre no espera que seamos perfectos en el momento de encontrarnos con Él, sino que quiere guiarnos hacia la perfección. Un simple acto de autoconocimiento bastará para darnos cuenta de que aún nos falta mucho para llegar a la meta. ¿Quién podría decir que ya ama perfectamente?
El fuego del Espíritu Santo que ha sido encendido en nosotros quiere, por supuesto, que lleguemos a ser tan puros y perfectos como sea posible en esta vida terrenal. De hecho, estamos llamados a ser como nuestro divino Maestro. Cuando nos topemos con nuestras imperfecciones, aunque sean apenas como una mota de polvo, debemos llevarlas inmediatamente ante nuestro Padre, pedirle perdón y dejar que el fuego del amor divino nos purifique, tal y como nos dice san Pablo de la Cruz. Se trata de un proceso que tendremos que repetir una y otra vez en nuestro camino espiritual, y cada vez experimentaremos el amor generoso de nuestro Padre celestial. Al mismo tiempo, nuestro Señor no dejará pasar ninguna oportunidad de ayudarnos a avanzar en el camino de la santidad, siempre y cuando estemos dispuestos.
En este intercambio interior de amor, crece la familiaridad con Dios y se disipa todo miedo a Él, sin que por ello descuidemos la vigilancia. Permanecemos en paz y aceptamos con humildad y gratitud que aún nos queda un largo camino por recorrer.
EL AMOR DE DIOS OTORGA LA VIDA
«Mi amor otorga la vida al hombre en cada instante» (Mensaje del Padre a Sor Eugenia Ravasio).
Si nosotros, los fieles, despertáramos plenamente a esta realidad, toda nuestra vida se convertiría en un himno de alabanza al amor de Dios. Si todos los hombres lo supieran y lo reconocieran, el mundo sería distinto y muchas sombras se disiparían. El amor de Dios brillaría como un sol refulgente en los corazones de los hombres.
¡No son meros sueños! Antes bien, es la realidad que Dios ha dispuesto y eso es precisamente lo que quiere transmitir a los hombres, mostrándoles en todo lugar y circunstancia que es tal cual.
¡Cómo se iluminaría nuestra visión, cómo se transformaría todo! En efecto, el ser humano no está simplemente inmerso en un universo desconocido, sin saber de dónde viene ni adónde va. ¡No! Cada uno de sus pasos ha sido trazado y todo está preparado para que pueda vivir.
Ciertamente, experimentamos la existencia de aquellos poderíos hostiles a la vida, de esas potestades que, a pesar de haber sido creadas maravillosamente y dotadas de una belleza inimaginable, no permanecieron fieles a Dios. Ahora nos envidian la vida a nosotros, los seres humanos, y quieren destruirla. Pero Dios es capaz de valerse incluso de este abuso de libertad de los ángeles caídos para poner a prueba nuestra fidelidad hacia Él. Y, una vez más, nos concede todo lo necesario para resistir y dar testimonio de su amor en esta batalla.
Pero, sobre todo, se trata de hacer saber a las personas —y atestiguar con nuestra vida— que tienen un Padre tan bondadoso, cuyo amor las envuelve en cada instante y cuyo mayor deseo es que reconozcan y correspondan a este amor.
¿Es difícil? No, en realidad es lo más natural cuando es fruto del amor a Dios. ¡Lo único es que no debemos olvidarlo!
Parte VII: El riesgo al interior de la Iglesia
Todo lo que hemos escuchado en las meditaciones previas sobre el Anticristo muestra claramente cuán peligroso resulta el espíritu anticristiano para la humanidad. Es el más tenaz y quizá también el último intento del Diablo por expandir su dominio al mundo entero, subyugarlo y, de ser posible, ser adorado por los hombres.
