Después de haber meditado ayer una gran parte del himno cristológico, que exalta la divinidad de Jesucristo e ilumina su persona de forma incomparable, centrémonos ahora en las últimas palabras de este himno, que nos presentan al Señor como Cabeza de la Iglesia:
«Él es también la cabeza del cuerpo de la Iglesia.
Él es el principio, el primogénito de entre los muertos,
y así es el primero en todo.
Porque en él quiso Dios que residiera toda plenitud.
Y por él quiso reconciliar consigo todas las cosas:
haciendo la paz por la sangre de su cruz
con todos los seres, así del cielo como de la tierra» (Col 1,18-20).
