“SEGUIR AL BUEN PASTOR”

« Yo soy el buen pastor, conozco las mías y las mías me conocen» (Jn 10,14).

¡El Buen Pastor! ¡Qué comparación tan reconfortante, aunque hoy en día ya no es frecuente toparse con un pastor guiando a su rebaño! Sin embargo, esta imagen nos habla en lo más profundo. En nuestro interior, sabemos muy bien lo que significa el Buen Pastor: es aquel que nos cuida, que se preocupa por nuestra vida, que nunca nos pierde de vista, que nos advierte de los peligros y nos conduce a las verdes praderas, allí donde está nuestro verdadero hogar.

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Santa Juana de Arco: “Carlos VII presta oído a Juana”  

Con convicción y valentía, Juana emprende el arduo viaje hacia Chinon, que se prolongará durante once días. Sabe que ha recibido una misión de Dios, por lo que no teme ser detenida por nada ni por nadie. Además, anima constantemente a sus acompañantes. Durante el proceso de rehabilitación de la santa, dos de ellos darán testimonio de este viaje.

El caballero Bertrand de Poulengy relata:

«Fue una emocionante travesía, pero Juana nos animaba diciéndonos que no tuviéramos miedo, pues el noble heredero nos recibiría amablemente cuando llegáramos a Chinon. Os aseguro que sus palabras me encendieron, pues realmente me parecía una enviada de Dios. Nunca pude ver en ella el más mínimo mal. Era tan buena como una santa […]. Así llegamos juntos y sin obstáculos a Chinon, donde se encontraba el rey, que por entonces aún era delfín (heredero al trono). Allí presentamos a la Doncella a los nobles y a la comitiva real».

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“NO JUZGUÉIS”

 

«No juzguéis para no ser juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis se os juzgará» (Mt 7,15-16a).

El sentido más profundo de esta palabra del Señor se nos revela cuando pensamos en nuestro Padre celestial. Basta con fijarnos en cómo nos trata para aprender cómo nosotros debemos tratar al prójimo. Lo veremos de forma muy clara en la reflexión de mañana, que nos presentará el encuentro entre Jesús y la mujer adúltera.

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Santa Juana de Arco: “La misión empieza”  

Durante su adolescencia, Juana guardó en su interior el secreto entre Dios y ella. No se lo contó a nadie, ni siquiera a su párroco, sus padres o sus amigos. Poco a poco, sus santos le fueron revelando más detalles sobre la misión que se le encomendaba y, bajo su guía, orientó toda su vida hacia su cumplimiento.

La joven Juana era consciente de la difícil situación militar en la que se encontraba su patria, pues la Guerra de los Cien Años entre Francia e Inglaterra incluso se hacía sentir en su pequeña aldea. La desunión política del país, con sus distintas facciones y las bandas que merodeaban y saqueaban, constituía una amenaza constante y no había perspectivas de paz. Sin duda, la desastrosa situación de Francia era el tema de conversación y la preocupación diaria de los habitantes de Domrémy y sus alrededores.

A lo largo de la guerra, los ingleses habían ido conquistando poco a poco amplios territorios de Francia. Se habían aliado con los borgoñones franceses, por lo que todo apuntaba a que pronto toda Francia quedaría sometida al rey inglés.

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“LA JERARQUÍA ESPIRITUAL”

«Buscad primero el Reino de Dios, y todo lo demás se os dará por añadidura» (Mt 6,33).

¡Cómo se pondría todo en orden en nuestra vida si tan solo acatáramos este consejo del Señor! Se restablecería esa jerarquía espiritual que lo rige todo y que, por desgracia, se ha alborotado tanto. Entonces, nuestro Padre celestial podría concedernos con facilidad todo lo que nos tiene preparado, porque nos encontraría receptivos. En cierto sentido, se anticiparía aquí, en la Tierra, la vida futura, pues, sin duda, la mayor dicha y gloria de todos los ángeles y santos es cumplir la Santa Voluntad de Dios.

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Santa Juana de Arco: “La misión de la santa”

Juana nació el 6 de enero de 1412 en Domrémy (Francia), siendo la cuarta hija de Jacques d’Arc y su esposa, Isabelle. Creció en un entorno rural sencillo. No sabía leer ni escribir, pero aprendió a hilar y a coser, y a veces se ocupaba de las tareas del hogar. Sus padres eran cristianos devotos. Su madre le inculcó la fe desde su más tierna infancia.

En el proceso de rehabilitación llevado a cabo en 1456 por orden del rey Carlos VII, con el fin de esclarecer su proceso de condenación por parte de un tribunal eclesiástico, se interrogó a diversos testigos de su aldea natalicia, Domrémy. Todos ellos dieron un testimonio unánime sobre Juana: la describieron como una niña piadosa que acudía gustosamente a la iglesia y ayudaba a los demás. Como ejemplo de muchos otros, escuchemos el testimonio del campesino Simonin Musnier:

«Crecí junto a Juana, a quien llamaban la doncella. Yo vivía cerca de la casa de su padre. En verdad, sé cuán buena era, ¡cuán sencilla y piadosa! Adoraba a Dios y veneraba a sus santos. Iba a menudo y con gusto a la iglesia y a los lugares santos, consolaba a los enfermos y daba limosna a los pobres. Yo mismo pude experimentarlo: una vez, cuando era pequeño, no me encontraba bien y Juana vino a consolarme».

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“¿CÓMO LIDIAR CON LAS PREOCUPACIONES?”

«No andéis preocupados diciendo: ¿qué vamos a comer, qué vamos a beber? (…) Bien sabe vuestro Padre celestial que de todo eso estáis necesitados» (Mt 6,31-32).

Las Sagradas Escrituras nos exhortan una y otra vez a no dejarnos llevar por las preocupaciones, que pueden hacernos sentir que no hay salida. Las preocupaciones pueden acompañarnos constantemente, corroer nuestra fuerza de vivir y hacer que miremos al mundo con cara avinagrada. Están ahí desde que nos despertamos por la mañana y ni siquiera nos dejan en paz por la noche.

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 “LA ORACIÓN DEL SEÑOR”

«Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino; hágase tu voluntad, como en el cielo, también en la tierra; danos hoy nuestro pan cotidiano; y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos pongas en tentación, sino líbranos del mal» (Mt 6,9-13).

Esta es la oración que el propio Jesús nos enseñó para que podamos dirigirnos a nuestro divino Padre de esta manera tan familiar. leer más

Santa Juana de Arco (I): “El corazón de la santa”  

Era el 30 de mayo de 1431 en la ciudad de Rouen (Francia), un día después de la Fiesta de la Santísima Trinidad. Por la mañana, se había congregado un gran número de personas en la plaza del mercado, cerca de la iglesia del Redentor. Además del pueblo y del clero, se encontraban presentes muchos soldados. Sin embargo, no eran soldados franceses, sino ingleses, ya que Rouen era una de las ciudades que habían caído bajo el dominio inglés durante la Guerra de los Cien Años.

Habían montado un andamio en medio de la plaza y habían colocado sobre él a una joven de apenas diecinueve años. Era por ella por quien se habían congregado personas de todo tipo, tanto clérigos como seglares. Todas las miradas estaban puestas en ella.

¿Quién era esa joven? ¿Por qué estaba allí?

Entonces, Nicolás Midi, doctor en Teología, pronunció ante toda la asamblea un sermón sobre el versículo 26 del capítulo 12 de la Primera Carta del apóstol Pablo a los Corintios: «Si un miembro sufre, todos los miembros sufren con él».

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MEDITACIONES SOBRE EL ESPÍRITU SANTO: “La paciencia”

Amado Espíritu Santo, con la meditación de hoy concluimos esta preparación para la gran Fiesta de tu descenso. ¡Que todos tus frutos crezcan y maduren en nosotros, para que podamos glorificar a Aquél de quien todo procede y dar testimonio de ti en el mundo!

Para ello se requiere paciencia, porque estos frutos van madurando poco a poco, día tras día. Sobre todo necesitamos paciencia para el trato con las otras personas, sabiendo esperar a que ellas puedan acoger lo que Dios les tiene preparado.

¡Cuánta paciencia tiene Dios con nosotros! ¡Él no se cansa de intentar una y otra vez llegar a nosotros y a la humanidad entera, que muchas veces está tan extraviada!

Aunque esperamos anhelantes la Segunda Venida de Cristo y nos preparamos día tras día, ya sea para la hora de nuestra muerte o para la Parusía al Final de los Tiempos, sabemos que “no tarda el Señor en cumplir su promesa, como algunos piensan; más bien tiene paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie se pierda, sino que todos se conviertan.” (2Pe 3,9)

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