EL TRIUNFO DE LA VERDAD

«Deja simplemente que la verdad triunfe» (Palabra interior).

En relación con la frase de hoy, escucharemos a continuación algunas breves reflexiones del sacerdote austríaco Michael Gurtner, que pueden animarnos a considerar el infinito valor de la verdad y a comprometernos de todo corazón a defenderla. Con una mirada crítica sobre la situación actual de la Iglesia, que, como sabemos, está llamada a ser guardiana de la verdad, Don Michael escribe:

«El abandono de la verdad en muchos planteamientos teológicos parece haberse producido precisamente porque el concepto de verdad como tal, incluso en el ámbito profano, es rechazado por una gran mayoría por considerarlo absolutista, intolerante, arrogante o, sencillamente, irreconocible».

Sin embargo, tales ideas no tienen nada que ver con la verdad. Lamentablemente, las personas que piensan así aún no se han encontrado con la luz y la fuerza sanadora y purificadora de la verdad.

A continuación, Don Michael señala lo que sería necesario que estuviera en el centro de la predicación de la Iglesia para ofrecer a las personas el «agua cristalina» que brota del Trono del Cordero (cf. Ap 22,1):

«La teología debe volver a poner de manifiesto dónde reside su fuente: en Cristo, el Verbo eterno engendrado por el Padre. Su propia palabra debe someterse a este Verbo eterno del Padre, que la forma y a través de la cual habla. La palabra de la Iglesia debe proceder del Verbo eterno del Padre, que es la única verdad».

Hoy en día se necesita valentía para profesar la verdad de nuestra fe. Sin embargo, no debemos desanimarnos ante la incredulidad ni ante la hostilidad a la que se enfrenta la fe. Antes bien, hemos de recordar las palabras de Jesús de que su Palabra perdurará y actuar en consecuencia. ¡La confianza en nuestro Padre celestial nos guiará! Sabemos que la verdad triunfará, pues el Señor mismo es la verdad y Él desea manifestarse a las personas también a través de nuestro corazón. ¡Hagamos nuestra parte y dejemos que sea la verdad la que triunfe!

 

Obedecer a la verdad

Lc 12,49-53

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “He venido a arrojar fuego sobre la tierra, ¡y cuánto desearía que ya hubiera prendido! Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué angustiado estoy hasta que se cumpla! ¿Creéis que estoy aquí para poner paz en la tierra? No, os lo aseguro, sino división. Porque desde ahora habrá cinco en una familia y estarán divididos: tres contra dos y dos contra tres. Estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre; la madre contra la hija y la hija contra la madre; la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra.”

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“EL PODER DE PERDURAR”

«La verdad tiene el poder de perdurar» (Palabra interior).

«El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (Mt 24,35).

¡Qué palabras tan reconfortantes nos dirige aquí el Señor! La verdad permanece inmutable y es el ancla segura a la que podemos aferrarnos en una época en la que ésta no es muy apreciada, una época en la que muchas personas, al igual que Poncio Pilato, se limitan a preguntar: «¿Qué es la verdad?» (Jn 18, 38).

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El misterio de Dios ha sido revelado

Ef 3,2-12

Habéis oído hablar de la misión de la gracia de Dios que se me ha dado en favor vuestro: cómo me fue comunicado por una revelación el conocimiento del misterio, tal como brevemente acabo de exponeros. Por la lectura de la carta podréis captar mi conocimiento del misterio de Cristo, un misterio que no fue dado a conocer a los hombres en generaciones pasadas. Ahora, en cambio, ha sido revelado a sus santos apóstoles y profetas por medio del Espíritu: que los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la misma promesa cumplida en Cristo Jesús. Todo ello ha sido anunciado por medio del Evangelio, del cual he llegado a ser ministro, conforme al don que Dios me ha concedido por la fuerza de su poder. A mí, el menor de todos los santos, me fue concedida la gracia de anunciar a los gentiles la insondable riqueza de Cristo, y esclarecer cómo se ha dispensado el misterio escondido desde siglos en Dios, creador del universo, para que la multiforme sabiduría de Dios se manifieste ahora a los principados y a las potestades en los cielos, mediante la Iglesia. De este modo, Dios ha realizado su designio eterno en Cristo Jesús, Señor nuestro, quien, mediante la fe en él, nos da valor para llegarnos confiadamente a Dios. leer más

“LA VERDAD NOS FORMA”

«Con la verdad sucede lo mismo que con la caridad. Cuanto más la expreses y la pongas en práctica, más profundamente penetrará en tu interior y moldeará todo tu ser» (Palabra interior).

Vivir en la verdad y expresarla es un bien supremo que nos hace semejantes al Hijo de Dios, quien puede decir de sí mismo: «Yo soy la verdad» (Jn 14,6). Mientras que la mentira y la deshonestidad deforman nuestra persona, la verdad tiene el efecto contrario. Ella no tolera la mentira ni el engaño, sino que nos moldea según la imagen con la que Dios nos creó.

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Reflexión sobre los santos

En el marco de las meditaciones diarias, además de reflexionar sobre las lecturas o el Evangelio del día o de abordar diversos temas relacionados con la vida espiritual, he incluido en algunas ocasiones la vida de los santos. Siempre es una gran alegría para mí hablar de ellos. Hoy me gustaría compartir y comentar brevemente algunas reflexiones del filósofo alemán Dietrich von Hildebrand sobre los santos en general.

En su esclarecedor libro El caballo de Troya en la Ciudad de Dios, Hildebrand aborda diversos temas para explicar la crisis de la Iglesia. Dedica un capítulo entero a los santos y merece la pena escuchar atentamente sus palabras, que nos ayudarán a comprender y valorar mejor a los santos, tanto en su persona como en el mensaje que nos han legado. Así escribe Hildebrand:

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Salvados por gracia

Ef 2,1-10

Hermanos: vosotros estabais muertos a causa de vuestros delitos y pecados, en los cuales vivisteis en otro tiempo según el proceder de este mundo, según el príncipe del imperio del aire, el espíritu que actúa en los rebeldes… entre ellos vivíamos también  todos nosotros en otro tiempo, sujetos a las concupiscencias y apetencias de nuestra naturaleza humana, y a los malos pensamientos, de manera que por nuestra condición estábamos condenados a la ira, igual que los demás. Pero Dios, rico en misericordia, movido por el gran amor que nos tenía, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo –por gracia habéis sido salvados–, y con él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos con Cristo Jesús. De este modo, puso de manifiesto en los siglos venideros la sobreabundante riqueza de su gracia, por su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Así pues, por gracia habéis sido salvados mediante la fe; y esto no procede de vosotros, puesto que es un don de Dios: es decir, no procede de las obras, para que nadie se gloríe, ya que somos hechura suya, creados en Cristo Jesús, para hacer las obras buenas, que Dios había preparado para que las practicáramos.

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La gracia del perdón

Meditaremos hoy el evangelio del XXI Domingo después de Pentecostés, según el calendario tradicional.

Mt 18,21-35

En aquel tiempo, Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: “Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?” Le respondió Jesús: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso el Reino de los cielos es semejante a un rey, que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer, sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies y, postrado, le decía: ‘Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré.’ Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó ir y le perdonó la deuda.  Al salir de allí aquel siervo, se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios. Lo agarró y lo ahogaba, mientras le decía: ‘Paga lo que debes.’ Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: ‘Ten paciencia, que ya te pagaré.’ Pero él no quiso. Entonces fue y lo metió en la cárcel, hasta que pagase lo que debía. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido. Su señor entonces lo mandó llamar y le dijo: ‘Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?’ Y encolerizado su señor, lo entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano.”

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