La Cruz: signo de salvación

Fil 2,6-11

Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el “Nombre-sobre-todo-nombre”; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Sólo desde la perspectiva del amor puede comprenderse a profundidad la Cruz de Nuestro Señor. Si no adquirimos esta visión, no podremos entender el verdadero mensaje: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo unigénito” (Jn 3,16). Sin el amor, sólo queda ante nuestros ojos la crueldad de la crucifixión. Por muy “justo y necesario” que sea contemplar cada una de las estaciones del Viacrucis, llorar porque el hombre sea capaz de tal crueldad, conmovernos y compadecernos del Señor, permaneciendo simplemente en silencio junto a Él; es importante recordar y profundizar una y otra vez la motivación del Padre y del Hijo en este acontecimiento salvífico: es el amor.

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“EL COMPROMISO QUE CONLLEVA LA FE”

«Quienquiera que reciba la fe, también tiene el deber de compartirla. La luz del Señor, que brilla en nuestra oscuridad, es la luz para el mundo. Se la debemos a nuestros semejantes» (Papa Juan Pablo II).

Así nos exhorta el papa Juan Pablo II, haciendo un llamamiento para anunciar el Evangelio a todos los hombres. Con ello, respondió a su misión como papa.

Nuestro Padre Celestial no tiene mayor deseo que éste. Para ello envió a su propio Hijo al mundo.

Si queremos amar de verdad y adentrarnos en la aventura de un amor desinteresado, como reflexionamos en la meditación de ayer, debemos tener siempre presente que no hay mayor muestra de amor que llevar el Evangelio a los hombres. Si ya no anhelamos que todos los hombres se encuentren con el Hijo de Dios y le sigan, es señal de que se ha extinguido parte de ese fuego que ardió durante tantos siglos, impulsando a los misioneros hasta los confines de la Tierra para anunciar allí el amor de nuestro Padre.

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Toda la plenitud de Dios

 

Meditaremos hoy la lectura del XVI Domingo después de Pentecostés, según el calendario tradicional.

 Ef 3,13-21

 Hermanos míos, por tanto, os ruego que no caigais de ánimo en vista de tantas tribulaciones como sufro por vosotros; pues estas tribulaciones son para vuestra gloria, y prueba de mi apostolado. Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra, para que, en virtud de su gloriosa riqueza, os conceda fortaleza interior mediante la acción de su Espíritu, y haga que Cristo habite por la fe en vuestros corazones. Y que de este modo, arraigados y cimentados en el amor, podáis comprender con todos los santos la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conozcáis el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento. Y que así os llenéis de toda la plenitud de Dios. A Aquel que tiene poder para realizar todas las cosas incomparablemente mejor de lo que nosotros podemos pedir o pensar conforme a nuestra capacidad, a él la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones y todos los tiempos. Amén. leer más

“LA AVENTURA DEL AMOR DESINTERESADO”   

«Las personas son ilógicas, irracionales y egocéntricas. Ámalas de todas maneras. Si haces el bien, te acusarán de tener motivos egoístas. Haz el bien de todas maneras. Si tienes éxito, ganarás falsos amigos y verdaderos enemigos. Ten éxito de todas maneras. El bien que hagas hoy será olvidado mañana. Haz el bien de todas maneras. Lo que te llevó años construir puede ser destruido en un momento. Construye de todas maneras. Las personas realmente necesitan ayuda, pero pueden atacarte si se la das. Ayúdalas de todas maneras» (Madre Teresa de Calcuta).

Evidentemente, la Madre Teresa descubrió y puso en práctica en su vida la manera en que Dios, nuestro Padre, ama a las personas, pues Él «hace salir su sol sobre buenos y malos» (Mt 5, 45).

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“DIOS NOS LIBRA DE LAS TRAMPAS” 

«El Señor estará a tu lado y librará tus pies de la trampa» (Prov 3,26).

Sin duda, en nuestro camino de seguimiento de Cristo se nos tienden trampas peligrosas. Muchas de ellas las permite el Señor para ponernos a prueba. No en vano, una y otra vez escuchamos la exhortación a la vigilancia, pues existen múltiples tentaciones que quieren desviarnos del camino recto.

Ahora bien, la vigilancia no debe confundirse con la desconfianza. La vigilancia es consciente de la existencia del mal y nos enseña a lidiar con él, mientras que la desconfianza lo ve por doquier y se siente constantemente amenazada. La vigilancia tampoco es compatible con una cierta ingenuidad que no sabe medir correctamente la situación a la que nos enfrentamos y nos hace sentir seguros a nivel emocional porque ni siquiera se percata de los peligros que nos acechan.

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Fiesta del santísimo nombre de María: “El dulce nombre de María”

Is 61,9-11

Lectura correspondiente a la Fiesta del santísimo nombre de María

Su descendencia será conocida en las naciones y sus vástagos entre los pueblos; todos los que los vean reconocerán que son el linaje bendecido por el Señor. Con gozo me gozaré en el Señor, exulta mi alma en mi Dios, porque me ha revestido de ropas de salvación, en manto de justicia me ha envuelto como el esposo se pone una diadema, como la novia se adorna con aderezos. Porque, como una tierra hace germinar plantas y como un huerto produce su simiente, así el Señor hace germinar la justicia y la alabanza en presencia de todas las naciones.

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“VIVIR EN LA CERCANÍA DE DIOS” 

«Los hombres deben vivir cerca de mí y ser partícipes de mi sabiduría» (Palabra interior).

Esto es lo que nuestro bondadoso Padre ha previsto para nosotros: una vida de intimidad y amor natural con Él, cobijados por su cercanía. Al mismo tiempo, también es un llamado a asumir el lugar que nuestro Padre ha dispuesto para nosotros en su Reino.

En las circunstancias de un mundo, alejado de Dios y bajo el acoso de Satanás —que envidia a los hombres esta cercanía con el Señor y la sabiduría que conlleva, y que quiere ponernos trabas—, esto también supone una lucha. Dios no nos exonera de este combate, que nos da la oportunidad de demostrarle nuestro amor y fidelidad, y de corresponder así a su amor. En la unión con su Hijo, tenemos la victoria asegurada. Y la lucha se limita únicamente al tiempo que nos queda en la Tierra.

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La emperatriz Santa Pulqueria: una segunda Elena

El Señor es capaz de despertar a los suyos y guiarlos hacia la santidad. Esto no siempre significa retirarse a un monasterio o servir a Dios en una ermita. También puede suceder en una corte imperial, donde la pompa y la opulencia suelen ser la norma. Incluso en este contexto, encontramos una y otra vez personas que, a pesar de todo el lujo que les rodeaba y de la seducción que el poder puede ejercer sobre las personas, se convirtieron en modelos brillantes para muchos. Supieron sustraerse a la atracción de una vida cortesana, a menudo vanidosa y vacía, y en su lugar se pusieron humildemente al servicio del Señor.

Una de estas personalidades destacadas fue la santa Pulqueria, emperatriz del Imperio bizantino. El obispo san Cirilo la describió como «la esposa más casta de Cristo, la joya del mundo, el ornamento de la Iglesia», y los padres del Concilio de Calcedonia la denominaron «guardiana de la fe, promotora de la paz, combatiente de los herejes, la nueva Helena».

Pulqueria era hija del emperador Arcadio. A los nueve años quedó huérfana. Pero Dios, que quería servirse de ella como instrumento para sus santos designios, atrajo hacia sí el corazón de la joven y, desde muy tierna edad, le concedió el don de la sabiduría, el amor a la oración y a la soledad, y una valentía viril.

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“EL PRINCIPIO RECTOR DE NUESTRA VIDA” 

«Confía en el Señor de todo corazón y no te fíes de tu inteligencia; reconócelo en todos tus caminos y él enderezará tus sendas» (Prov 3,5-6).

Una vez más, el Libro de los Proverbios nos advierte de que no debemos fiarnos demasiado de nuestras propias capacidades. Esto también se aplica a la inteligencia humana. Aunque es un gran don que el Señor nos concede en el plano natural, no debe convertirse en el principio rector de nuestra vida. De hecho, sería una insensatez, ya que, al fin y al cabo, la inteligencia es un don sujeto a las limitaciones del mundo creado y necesita la luz sobrenatural de Dios para comprender las cosas en su dimensión más profunda. Por ello, el Señor nos invita a confiar en Él «de todo corazón». Dios es la verdadera roca sobre la que podemos edificar nuestra vida, una roca que no vacila. Si interiorizamos esta certeza, Dios se valdrá de nuestras facultades naturales para su obra y estas ocuparán el lugar que les corresponde. Así se establece la verdadera jerarquía.

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