«Yo nunca me eché atrás cuando se trataba de atestiguar la verdad. ¡Nunca reniegues de lo que has reconocido como verdad!» (Palabra interior).
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“EL MODO DE DIOS”
–«Oh, amabilísimo, si te complace tanto que los hombres crean en ti, dime, por favor, ¿qué debo creer respecto a tu inefable bondad?»
–«Con esperanza certera debes creer que, tras tu muerte, te acogeré como un padre a su hijo más querido, y que nunca un padre ha legado tan fielmente la herencia a su único hijo como yo te compartiré todos mis bienes e incluso a mí mismo» (Diálogo entre Santa Matilde de Hackeborn y el Señor).
El cielo: la vida eterna con Dios
Ayer nos centramos en la resurrección espiritual, también denominada «la primera resurrección». No es necesario profundizar más en este tema, ya que se trata del camino diario de la fe unido a la lucha por la santidad. Este tema nos acompañará a lo largo de toda nuestra vida y, por mi parte, intento ofrecer constantemente a los fieles y a los buscadores pautas sobre el camino de la santidad, tanto en mis meditaciones diarias como en mis conferencias.
Pero lo que aún nos queda por abordar en estas meditaciones posteriores a la Resurrección del Señor es la vida eterna. Para los creyentes que han permanecido fieles hasta el final, será el Cielo: la unión plena con Dios en la contemplación de su gloria.
Sería insensato perder de vista la maravillosa meta hacia la que nos dirigimos. Es incomparablemente más gloriosa de lo que podemos imaginar y su belleza debería estimularnos. Al elevar nuestra mirada hacia la gloria del Cielo, de ningún modo nos desconectamos de la vida real, ni nos volvemos pseudomísticos, ni evadimos la realidad. Todas esas ideas son erróneas. Al contrario, el anhelo del Cielo debería aumentar nuestro fervor por cumplir la tarea que se nos ha encomendado en este mundo para glorificar a Dios y servir a los hombres.
La primera resurrección
Tras haber dedicado las tres últimas meditaciones a hablar sobre la resurrección de la carne, que podemos esperar con alegría como fieles, conviene abordar ahora el tema de la resurrección espiritual, que precede a la del cuerpo y es el requisito indispensable para afrontar la muerte con serenidad y confianza. La resurrección espiritual se denomina también «primera resurrección», en referencia al despertar del alma a la verdadera vida.
San Agustín escribe sobre este tema en La Ciudad de Dios, comentando las siguientes palabras de Jesús:
«En verdad, en verdad os digo que llega la hora, y es ésta, en la que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oigan vivirán pues como el Padre tiene vida en sí mismo, así ha dado al Hijo tener vida en sí mismo» (Jn 5,25-26).
“ESPERAR COSAS GRANDES DE DIOS”
«En verdad te digo que me complace sobremanera que los hombres confíen y esperen cosas grandes de mí» (Palabras de Jesús a Santa Matilde de Hackeborn).
“RESPONDER A LOS PLANES DE DIOS”
«Si respondes a los planes de Dios, Él hará de ti un santo» (San Pablo de la Cruz).
Así que, en realidad, no es tan difícil, amado Padre, como nos dice san Pablo de la Cruz. Sin duda, él lo experimentó en carne propia.
La resurrección de la carne (III)
En las dos últimas meditaciones ya abordamos el tema de la resurrección corporal y pudimos constatar cuán maravilloso es el futuro que Dios ha previsto para nosotros. Los cuerpos resucitados ya no estarán sujetos a la corrupción. Tanto el alma como el cuerpo de los fieles, una vez que el Señor los haya vuelto a unir al final de los tiempos, podrán gozar para siempre de la visión beatífica de Dios.
Nuestro cuerpo resucitado poseerá cuatro gloriosas cualidades, tal y como nos enseña el Catecismo Romano de san Pío V:
«Los cuerpos resucitados de los santos tendrán ciertas propiedades maravillosas, que los harán inmensamente más nobles y espléndidos que fueron antes de la resurrección. Los Padres, apoyándose en la doctrina de San Pablo, señalaron cuatro, llamadas dotes:
La resurrección de la carne (II)
Retomemos hoy la sana doctrina sobre la resurrección de los muertos. Esta certeza es tan esencial que san Pablo llega a afirmar: «Si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo ha resucitado. Y si Cristo no ha resucitado, inútil es nuestra predicación, inútil es también vuestra fe» (1Cor 15,13-14).
Puesto que nuestra fe católica nos comunica la luz de la verdad, es sanadora en todo el sentido de la palabra. No hay nada que introduzca más al ser humano en su verdadera identidad que reconocer la verdad por gracia de Dios y aceptar la salvación que Él, en su infinita misericordia, le ofrece en Cristo Jesús. Si permanece en la verdad, el Padre celestial podrá restablecer en él la imagen según la cual lo creó. En la eternidad alcanzará su plenitud. Por otro lado, no podemos pasar por alto el hecho de que el hombre, por su propia culpa, puede fallar al propósito para el cual fue creado y, en consecuencia, estar eternamente separado de Dios, sufriendo indecibles tormentos. Esta verdad de fe sobre el infierno también es provechosa, puesto que puede sacudirnos y recordarnos que tendremos que rendir cuentas de nuestra propia vida, exhortándonos así a optar por la verdad.
¿Qué sucede cuando una persona muere? La Iglesia católica enseña que, inmediatamente después de la muerte, tiene lugar el juicio particular, en el que se decide el destino eterno del difunto mediante una sentencia divina.
“UN INSTRUMENTO IDÓNEO”
«El que se levanta tras sus caídas poniendo su confianza en Dios y con profunda humildad, se convertirá en un instrumento idóneo en las manos de Dios para realizar grandes obras. El que actúa de otra manera, nunca podrá hacer ningún bien» (San Pablo de la Cruz).
Amado Padre, cuánta sabiduría has comunicado a aquellos que te siguen fielmente y, con ella, los has introducido en tu propio ser. Así, san Pablo de la Cruz nos enseña que nadie debe desesperarse si ha sufrido una caída en su camino de seguimiento de Cristo. Antes bien, Tú solo esperas que se arrepienta y se vuelva a levantar, depositando su confianza en Ti.
“UN AMIGO CELESTIAL”
«Ahí tienes un buen amigo, hijo mío, un gran amigo» (Palabra interior).
«El amigo fiel es un apoyo seguro, quien lo encuentra, ha encontrado un tesoro» (Eclo 6,14)
Escuché estas hermosas palabras en mi corazón y supe que el buen amigo al que se refería era el apóstol san Pablo. De hecho, me acompaña en mi camino desde hace mucho tiempo y tanto sus sabias palabras como el ejemplo de su entrega total son una luz en mi vida. Es, al mismo tiempo, un maestro y un amigo al que siempre puedo acudir.
